Estudio Bíblico

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Ministerio Reyes y Sacerdotes - Guatemala

Fe, confesión de fe e identidad.



Introducción.

Prov 23:7: la Palabra nos enseña que una persona es y va a vivir conforme a lo que piensa en su corazón (íntimamente). Ello quiere decir que va a cosechar aquello que piensa que es.

Como creyentes tenemos dos opciones respecto a lo que pensamos de nosotros mismos:
Lo que el mundo a través de la cultura, los medios de comunicación, otras personas, etc., nos dijeron que eramos, y que se enraizo profundamente en nuestro corazón.
Lo que Dios dice que somos, que generalmente llegó después de lo que el mundo nos enseñó que éramos. Por lo mismo, lo que Dios dice acerca de nosotros, muchas veces está en nuestra mente, pero no en nuestro corazón, y es la raíz del conflicto que nos menciona Rom 7:15, 18-19, 22-23: con nuestra mente queremos agradar a Dios pero hay algo interno que nos controla (el corazón no renovado) que nos lleva a hacer lo que no queremos.



La solución.

La Palabra de Dios necesita ubicarse no solo en nuestra mente (Logos), sino también en nuestro corazón (Rhema).
Ello requiere de nosotros dos cosas:
Uno. La fe en Dios (si Dios lo dice es Verdad) y en Su Palabra.
Dos. La confesión de la Palabra (fe viene por el oír y el oír y el oír y el oír….la Palabra, Rom 10:17) y Prov 18:21 nos enseña que en nuestra boca (palabras) está el poder de la vida o el de la muerte, y el que ame alguno de estos dos tipos de palabras (las de vida o las de muerte) se llenará de ellas.

Por lo tanto, si comenzamos a creer y confesar continuamente lo que la Palabra de Dios dice acerca de nosotros mismos, tarde o temprano, nos llenaremos de ello y cosecharemos los frutos que corresponden: victoria sobre todo aquello que nos oprima, sobre nuestras limitaciones, salud, santidad, prosperidad, etc.

De hecho, la Palabra le da importancia a este tipo de confesión:
Joel 3.10: “Diga el débil: fuerte soy”.
Rut 3:11: “Yo haré contigo (Booz, el pariente redentor, tipo de Cristo) lo que tú digas (Ruth, tipo de la Iglesia, nosotros).
Mar 11:22-23: tened fe en Dios (y como la de Dios), de tal manera que cualquiera que dijere… y no dudare, y creyere lo que dijere, le será hecho”.
Jer 1:7: “dirás todo lo que te mande” (la Palabra, incluyendo aquello que Dios dice de nosotros mismos).
Num 22:35: “La Palabra que yo te diga, esa hablarás” (incluye lo que Dios dice de nosotros).

Ello implica que tenemos un mandato a decir acerca de nosotros lo que la Palabra de Dios dice de nosotros, en Cristo:
Diga el débil: fuerte soy.
Diga el pobre: rico soy.
Diga el enfermo: sano soy.
Diga el quebrantado: libre soy.
Diga el que peca: santo soy.
Diga el que no puede: todo lo puedo en Cristo que me fortalece.
Diga el que no tiene: El Señor es mi proveedor, nada me faltará.
Diga el que no sabe: tengo la mente de Cristo y lo que no he aprendido, lo aprenderé.
Etc.


Conclusión.

Rom 12:1-3 nos enseña el proceso:
Primero. Presentar nuestro cuerpo en servidumbre a Dios, lo que implica, rechazar lo que nos digan los sentido, la carne, el mundo, los demás, etc.
Segundo. Renovar nuestra alma con los pensamientos de Dios, no pensando como piensa el mundo.
Tercero. Tener el concepto de nosotros que Dios tiene:
• Diga el débil, fuerte soy.
• Diga el pobre, rico soy.
• Diga el enfermo, sano soy.
• Diga el que peca, santo soy,
• Diga el que está cautivo, libre soy.
• Soy un hijo (a) de Dios.
Todo ello implica no solo decirlo sino ponerlo por obra: la fe sin obras es muerta, lo que significa:
• Vivir como hijo.
• Imitar a nuestro Padre en toda nuestra manera de vivir.
• Honrar a nuestro Padre en todo lo que hagamos, digamos, pensemos, etc.
• Obedecer a nuestro Padre (la Palabra y la dirección del Espíritu Santo).
• Servir a nuestro Padre.

23 Dic 2010
Referencia: Fe e identidad.