Estudio Bíblico

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Ministerio Reyes y Sacerdotes - Guatemala

Módulo 201. Naturaleza y carácter de la iglesia.



LA NATURALEZA DE LA IGLESIA EN RELACIÓN A SU INFLUENCIA EN EL MUNDO.



Pertinencia a los tiempos, problemas y necesidades de la modernidad.

Si uno de los objetivos de la iglesia es satisfacer las necesidades de las personas y establecer el Reino de Dios sobre todas las personas y ámbitos de la vida (relaciones, actividades, cosas), entonces la Iglesia necesita darle respuesta de parte de Dios a los problemas que enfrentan las personas y las naciones, y ello implica, no solo evitar su aislamiento (escapismo) sino también su ignorancia respecto a los problemas cambiantes del mundo. Los problemas de las personas y las naciones de hace cincuenta años no son los mismos que ahora, como tampoco lo son las características y las cualidades de las personas y las naciones que hoy necesitan ser alcanzadas, que las que necesitaban ser alcanzadas hace cincuenta años.

La Iglesia necesita cambiar en cuanto a sus conocimientos, métodos y actividades, adaptándose a los cambios que se dan en su entorno, y a los cambios en el mover de Dios en cada momento de la historia. Dios es un Dios dinámico (Dan 2:21), que lleva las cosas en aumento (Prov 4:18), progreso, desarrollo, no solo en la vida de los justos sino también en cuanto a la Iglesia y en cuanto a Su Creación. Todo ello nos sugiere que Dios es un Dios de cambios, no de estatismo, pasividad, estancamiento. Y la Iglesia, que comparte Su naturaleza, también debe ser una iglesia de cambios para adaptarse a los cambios que experimentan las personas y las naciones que debe alcanzar.

Nótese por favor que estamos hablando de cambios de actividades, métodos, conocimientos, NO DE PRINCIPIOS, que son innegociables (Sal 119:89, Isa 40:8, 1 Ped 1.23, 1 Ped 1.25, Mat 5:18). No podemos ser iglesia para personas y naciones con los métodos de hace 50 años ni con los conocimientos que se tenían hace 50 años, cuando todo ha cambiado muchas veces a nuestro alrededor rápidamente durante ese lapso de tiempo. Sin negociar los principios, sin negociar la integridad de la Palabra, sin diluir los mandamientos de Dios, necesitamos reconocer y adaptarnos a los cambios que las personas y el mundo han experimentado, para que a partir de esos cambios podamos darles las respuestas que necesitan (y están esperando, porque los campos ya están listos para la siega, Jn 4:35, el problema es que la segadora no está lista para cubrirlos).

Que la iglesia necesita adaptarse a los tiempos es evidente, y la iglesia misma lo ha reconocido muy tímidamente, pero lo ha hecho cuando se ha involucrado en nuevos métodos y canales para entregar el mensaje evangelístico: la televisión, la radio, el internet, etc.). El problema es que esa introducción ha sido con los métodos de hace cincuenta años, los cuales ya no son atractivos frente a todo lo que el mundo ha puesto enfrente de las personas para atraerlas hacia sí y alejarlas del mensaje de Cristo.

Dios quiere entregarnos nuevos métodos, nuevos conocimientos, nuevas actividades, para alcanzar al mundo (ese es Su interés primordial), pero si nosotros no estamos listos para cambiar, esa entrega no va a suceder. Nuestro mayor enemigo en este sentido no es el diablo ni el mundo, sino nuestra tendencia a la religiosidad, al tradicionalismo, que señalan automáticamente todo lo nuevo como del diablo y de la carne, sin discernir si es realmente de Dios bajo la dirección de Su Espíritu Santo y el entendimiento real e integral de la Palabra. Es lo mismo que hicieron los fariseos con Jesús: señalaban todo lo que El hacía como si fuera del diablo.

Necesitamos, como iglesia, romper con esos paradigmas de tradicionalismo, inflexibilidad a los cambios, religiosidad, y el recurso fácil de señalar lo nuevo como mundano y carnal para evitarnos el esfuerzo de buscar la dirección y el discernimiento de Dios. Necesitamos como iglesia, renovarnos constantemente, y eso es precisamente lo que enseña la parábola de los odres nuevos.

Luc 5:36-39. “Les dijo también una parábola: Nadie corta un pedazo de un vestido nuevo y lo pone en un vestido viejo; pues si lo hace, no solamente rompe el nuevo, sino que el remiendo sacado de él no armoniza con el viejo. Y nadie echa vino nuevo en odres viejos; de otra manera, el vino nuevo romperá los odres y se derramará, y los odres se perderán. Mas el vino nuevo en odres nuevos se ha de echar; y lo uno y lo otro se conservan. Y ninguno que beba del añejo, quiere luego el nuevo; porque dice: El añejo es mejor.

Dios quiere utilizar la Iglesia para proveer a las personas, a las familias, a las comunidades y a las naciones, las respuestas a los problemas propios de la modernidad. Y en la Biblia están los principios para dar esas respuestas. Pero la iglesia necesita renovarse, buscar en la Palabra los principios y meditar en las aplicaciones de esos principios a la modernidad, para dar las respuestas adecuadas, sin legalismos, sin tradicionalismos, sin recetas preconcebidas. Y prueba de que la Iglesia, en una buena parte, no está preparada para ello, son las respuestas que en su momento brindó a las nuevas situaciones que se fueron presentando en los últimos 50 años: la respuesta a la televisión (total rechazo como el “ojo del diablo”, que significó un atraso en aprovechar ese medio para divulgar el Evangelio; el problema de los diferentes y nuevos estilos de música, que implicó que antes de aceptarlos, muchos músicos y jóvenes se sintieran rechazados y se alejaran de la Iglesia; la utilización del Internet con todas sus potencialidades, que muchos pastores y líderes, aún no utilizan, unos por falta de conocimiento, y otros por paradigmas que han satanizado el internet, así como la política, los negocios, el trabajo secular, la educación, etc.).

En cuanto a la enseñanza del pasaje de Luc 5:36-39, necesitamos considerar que ese pasaje no es de aplicación una sola vez en la vida del creyente, sino constante. El creyente necesita estar en renovación constante para ser respuesta (sal y luz) a los problemas de la modernidad. El odre que hoy es nuevo y que puede contener y moverse con el vino nuevo del Espíritu, al cabo de un tiempo (6 meses, un año, cinco años, etc.), puede envejecerse e inutilizarse a menos que se renueve con la Palabra (agua) y el Espíritu (aceite). Esta enseñanza nos habla, junto con Rom 12:2, de la necesidad de estar en constante renovación, adaptación, al mover de Dios en cada tiempo. Y que el mover de Dios no es el mismo en todo tiempo, es evidente. Dios no se mueve hoy igual que en el tiempo de Jesús, ni hoy igual que hace 100 años, ni hoy igual que hace 50 años. Va moviéndose de nuevas formas, de acuerdo a los cambios de tiempo que El mismo va provocando (Dan 2:21) y la iglesia necesita moverse en la misma dirección que su Señor, para ser efectiva.

Y la necesidad de ello es evidente en la historia de la Iglesia. Los renovados de ayer, se convierten en los tradicionales y conservadores de hoy, que además, se convierten en los peores críticos, y hasta enemigos, de los renovados de hoy, quedándose atrás del mover de Dios. Y ello es así porque tenemos la tendencia, humana, carnal, no espiritual, de que una vez que entramos en un mover de Dios, para el que requerimos caminar en libertad, comenzamos a reglamentarlo, institucionalizarlo, ponerle moldes y “modelos”, reglas y normas, que lo pretenden encasillar, reglamentar, institucionalizar, normatizar, para toda situación, personas y lugares, pretendiendo que todos hagan lo mismo –uniformidad-, haciendo caso omiso a la diversidad que caracteriza no solo a la humanidad, sino al Cuerpo de Cristo (1 Cor 12). Y lo mismo nos pasa con la realidad que nos rodea como iglesia, con la realidad del mundo. Nos aislamos de ella, pretendiendo que no cambia y que podemos seguir siendo iglesia hoy con los modelos de hace cincuenta años, cuando los problemas de la realidad que tienen que enfrentar los creyentes, y las características de los creyentes en sí, son diferentes a los de hace 50 años. Y prueba de ello es que aún cuando la iglesia era una sola, Jesús, en Apo 2 y Apo 3, manifiesta y trata con la diversidad de ella en cada ciudad. Cada una enfrentaba diferentes problemas, diferentes situaciones y diferentes características, a pesar de coincidir en el mismo tiempo. Y hoy es igual: no se puede ser iglesia de la misma manera en un país tercermundista que en uno del primer mundo, como no se puede ser iglesia de la misma manera en una metrópoli que en una ciudad provincial, en una ciudad que en un área rural, en una situación de opulencia que en una situación de pobreza, etc.

Se le ha hecho un gran daño a la Iglesia local, al querer “venderle” “modelos” “exitosos” en otros lugares, creándole falsas expectativas (y posterior frustración) por no considerar las especificidades de cada una de las situaciones en las que esos modelos se aplican. Dios, en ningún momento, define, en Su Palabra, modelos específicos. Lo que define son principios que se aplican a diversas situaciones, épocas y culturas, de acuerdo a las situaciones específicas en cada una de ellas. Y nosotros necesitamos hacer lo mismo, y ello requiere más que copiar y seguir tradiciones, la intimidad con Dios que nos renova constantemente y nos convierte en odres nuevos para el tiempo, lugar y personas que necesitamos servir.



Servicio y acción sociales.

Para abordar este tema, en principio, necesitamos entender que servicio y acción social no son los mismo. El Servicio social es la acción destinada a suplir necesidades inmediatas (medicina curativa), resultantes de situaciones sociales como la pobreza, la enfermedad, el quebrantamiento, los desastres naturales, la violencia, etc. (muchas de las cuales, si no todas, son derivadas, en última instancia, del pecado). En pocas palabras, el servicio social tiende a darle a la persona el pescado para satisfacer su hambre inmediata (Mat 25:31-46).

Pero la acción social es la acción destinada a transformar la realidad que le da origen a esas situaciones sociales, es decir, a enseñarles a pescar, industrializar y comercializar el pescado, de tal manera que no solo satisfagan su hambre inmediata, sino que les permita no volver a experimentar esa situación en el futuro (que el Reino de Dios venga a la tierra y se haga la voluntad de Dios en la tierra como se hace en el cielo, Mat 6:10).

La Iglesia, principalmente en los últimos cien años, ha estado enfocada en el servicio social, en la mayoría de los casos, en cuanto a las necesidades de sus miembros, y en menor medida, hacia sus comunidades (aún cuando existen bastantes instituciones y organizaciones del Cuerpo de Cristo que si lo hacen). Este esfuerzo, lamentablemente, lo ha hecho cada iglesia, organización o institución involucrada, de manera individual, no con mentalidad de “Cuerpo” (Ecle 4:9-12), y por ende, sus resultados, aunque de bendición, han sido menores que lo que hubiera podido ser si se hubieran realizado de manera coordinada e integral.

En cuanto a la acción social, esta ha sido mucho menos significativa aún, y contrario a la tradición de los primeros diecinueve siglos de la historia de la iglesia, la misma se ha “satanizado” en los últimos cien años, ignorando la historia anterior de la iglesia. En los primeros diecinueve siglos de la iglesia, está estuvo involucrada activamente en la transformación social de sus comunidades y naciones. Prueba de ello son una gran cantidad de tipos de instituciones que fueron creadas por inspiración de las Escrituras y bajo la tutela de la Iglesia, y de las que el mundo hoy sigue recibiendo beneficios tales como las escuelas, universidades, hospitales, asilos, orfanatorios. También conquistas humanas como la emancipación de la esclavitud, el reconocimiento de los derechos civiles de las mayorías (los más pobres y las mujeres), el reconocimiento de los derechos humanos básicos (la vida, la propiedad, la libertad, la dignidad y el valor de la persona, etc.), y otras muchas que en su tiempo, marcaron un cambio trascendental en la sociedad y que las catapultaron hacia mejores condiciones y calidad de vida. De hecho, muchas naciones que hoy forman parte del primer mundo y leyes que hoy son parte del derecho consuetudinario, surgieron bajo la inspiración de los principios judeo-cristianos que fueron impulsados por la Reforma Protestante del siglo XVI. Un caso que merece especial atención es el de Martín Lutero, que además de ser el Teólogo de la Reforma fue el inspirador de la institucionalización del gobierno de Ginebra, en Suiza, que después se expandió a otras ciudades de ese país, y a otros países, y que derivó en un orden social cuyos principios perduran hasta hoy y cuyo resultado es que esos países hoy formen parte del primer mundo (Suiza, Países Bajos –Holanda, Bélgica, Dinamarca-, Inglaterra, Alemania, Estados Unidos, etc.).

La Iglesia, en la Gran Comisión, y siguiendo lo que nos enseña Génesis, recibió de parte de Dios, a través del Señor Jesucristo, tres mandatos:
 El mandato cúltico o a la adoración: a glorificar, exaltar, honrar, traer honor, al nombre de Nuestro Señor con nuestro estilo de vida (Mat 28:17, Jn 4:23).
 El mandato evangelístico. A que la gente reciba las buenas nuevas de la salvación en Cristo por la gracia y la fe (Mar 16:15-18).
 El mandato cultural. A ser discipulados y transformar, mediante su estilo de vida, las naciones (Mat 28:18-20) (Mat 5:13-16, Mat 13:33, Rom 8.19-21, Col 1:18-20).

Jesús envió a la Iglesia a transformar el mundo, así como el Padre lo envió a El a transformar el mundo (Jn 20:21), y ello implica el servicio social así como la acción social. Y ambas cosas la Iglesia necesita retomarlas, mejorarlas, profundizarlas, como parte de su carácter apostólico y del cumplimiento de la Gran Comisión (Hch 17.6).



La Iglesia: luz del mundo.

No hay ninguna otra institución, organización u organismo, solamente la Iglesia, que le pueda dar al mundo las respuestas que necesita para solucionar sus problemas (1 Cro 12:32). Dios la equipó con Su Sabiduría, Entendimiento, Consejo, Ciencia e Inteligencia (Isa 11:2) para ello, para ser entendida en los tiempos de tal manera que el mundo acuda a ella en busca de las respuestas que necesita, y el mundo se convierta a ella (Jer 15:19).

Por otro lado, la Iglesia es la única que puede proveer al mundo del liderazgo auténtico que necesita para todas las áreas de la vida social (Mar 10:42-45, Prov 29:2), y de una visión auténtica (Prov 29:18, Hab 2:2-4) que contribuya a una mejora significativa en la calidad y estilo de vida de nuestras sociedades (Jer 29:11, Prov 4:18, Jn 10:10b, Sal 33:12, Deut 28.1-14). Ya está más que demostrado, que sin Dios y sin las soluciones y respuestas de Dios a los problemas sociales, la sociedad va en picada, como ha sucedido en los últimos cincuenta años cuando el mundo rechazo el temor y la sabiduría de Dios en la vida pública para guiarle en la solución de sus problemas.

En suma, la iglesia fue enviada por Dios al mundo y permanece en ella, para alumbrarle al mundo el camino, la dirección, de la solución de sus problemas y de la transformación que requiere, así como proveerle de hombres y mujeres llenos de sabiduría y entendimiento de lo alto, que se necesitan en todas las áreas para alcanzar la paz, el desarrollo, la vida abundante (2 Cro 7:14, Jer 15:19, 1 Cro 12:32, Mar 10:42-45, Jn 10:10, Luc 4:18-19 -buenas nuevas a los pobres, el año agradable del Señor-).

Sin ello, las naciones, no solo las personas, estarán perdidas (Rom 1:18-31, Prov 16:25, Jer 17:5-6, etc.).




27 Ene 2012