Estudio Bíblico

Inicio > Estudio
Ministerio Reyes y Sacerdotes - Guatemala

Módulo 210. La Reforma de la Iglesia y el Ministerio Apostólico.



ANTECEDENTES DE UNA REFORMA DE LA IGLESIA.




Las reformas sean del tipo que sean, y la apostólica no es la excepción, no se producen en el vacío, sino que en condiciones históricas específicas (debemos recordar que la historia no es la historia de la humanidad sino la historia de las relaciones de ésta con Dios y del desarrollo del plan de Dios para la humanidad, y por ello Dios es el Señor de la historia) que constituyen los antecedentes históricos, las condiciones presentes y las tareas futuras que constituyen el contexto histórico en las que una reforma se realiza. En este sentido, los antecedentes para una reforma apostólica, entre algunos otros que requieran reformar nuestro modelo o estilo de vida para amoldarlo a los patrones bíblicos, están los siguientes, que también estuvieron presentes en las reformas de las que nos da información la Biblia y la historia de la iglesia:


No hay una paternidad espiritual responsable.

Una gran cantidad de salvos no permanecen en las iglesias. O se regresan al mundo o andan deambulando de iglesia en iglesia. Cuando Dios salva a sus hijos e hijas no es para que anden deambulando por el mundo enfrentando a nuestro enemigo el diablo en solitario. El nos salva y nos incluye en la familia de la Iglesia en el mundo espiritual, y a ello debe corresponder que cada salvo y salva sean adicionados a una iglesia local en el mundo natural (Heb 1:3). Si ello no sucede es porque la iglesia no está cumpliendo su función, y debe transformarse de alguna manera para cumplirlo:

“Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos.” (Hch 2:47b).

“Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular. Y a unos puso Dios en la iglesia,...” (1 Cor 12:27-28).

En la medida en que los hermanos y hermanas salvos no estén incorporados y establecidos en la iglesia local, en esa misma medida la iglesia es débil y está incompleta. Así como un cuerpo es tan fuerte como el más débil de sus miembros y tan eficaz como el menos eficaz de sus miembros, así lo es también la iglesia:

“De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan.” (1 Cor 12:26).

Una característica fundamental de la Iglesia Apostólica del Libro de los Hechos era la paternidad responsable respecto a los nuevos creyentes, manifestada ampliamente por Pablo y por Juan en sus epístolas:

“Porque nuestra exhortación no procedió de error ni de impureza, ni fue por engaño, sino que según fuimos aprobados por Dios para que se nos confiase el evangelio, así hablamos; no como para agradar a los hombres, sino a Dios, que prueba nuestros corazones. Porque nunca usamos de palabras lisonjeras, como sabéis, ni encubrimos avaricia; Dios es testigo; ni buscamos gloria de los hombres; ni de vosotros, ni de otros, aunque podíamos seros carga como apóstoles de Cristo. Antes fuimos tiernos entre vosotros, como la nodriza que cuida con ternura a sus propios hijos. Tan grande es nuestro afecto por vosotros, que hubiéramos querido entregaros no sólo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas; porque habéis llegado a sernos muy queridos. Porque os acordáis, hermanos, de nuestro trabajo y fatiga; cómo trabajando de noche y de día, para no ser gravosos a ninguno de vosotros, os predicamos el evangelio de Dios. Vosotros sois testigos, y Dios también, de cuán santa, justa e irreprensiblemente nos comportamos con vosotros los creyentes; así como también sabéis de qué modo, como el padre a sus hijos, exhortábamos y consolábamos a cada uno de vosotros, y os encargábamos que anduvieseis como es digno de Dios, que os llamó a su reino y gloria.” (1 Tes 2:3-12).

“El anciano a Gayo, el amado, a quien amo en la verdad. Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma. Pues mucho me regocijé cuando vinieron los hermanos y dieron testimonio de tu verdad, de cómo andas en la verdad. No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad.” (3 Jn 1-4).

Entre otras cosas, el Espíritu de la Iglesia de Cristo, apostólica, es un espíritu paternal que expresa el amor paternal de Dios para con sus hijos, un amor paternal que cuida, nutre, anima, enseña, forma carácter, equipa, da identidad, da propósito, reproduce todo lo bueno que tiene en sus hijos, da visión, corrige, disciplina, exhorta, en fin, que da su vida por sus hijos e hijas espirituales así como un padre natural da la vida por sus hijos e hijas y los impulsa hacia metas más altas y más grandes de las que el mismo ha alcanzado.

La esencia de ese amor , en cuanto a la paternidad espiritual, lo expreso el Señor Jesucristo de esta manera:

“De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre.” (Jn 14:12).

Por tanto, la Iglesia necesita una reforma cuando hay una carencia de padres y madres espirituales formando a los recién convertidos. Cuando la iglesia más que una familia y un hogar, se ha convertido en un centro de trabajo, cuando en la iglesia importa más la organización que las personas, los objetivos institucionales más que la edificación y la restauración de las vidas, cuando los pastores y quienes les ayudan son más jefes y directores de tareas que padres y madres para los creyentes. Y hoy es evidente que en la iglesia hay más jefes que padres, estamos más interesados en formar para el servicio y para las tareas que implican los objetivos institucionales que en formar carácter. Este es otro signo, si no el más relevante de todos, de la profunda necesidad de la reforma apostólica que está en marcha.


La iglesia no está influyendo significativamente en las estructuras sociales.

No estamos siendo sal, luz ni levadura. La razón de ser de la permanencia de los y las creyentes y de la Iglesia en el mundo es para impactar, en el Nombre de Dios, las estructuras sociales de todo tipo, para irlas despojando de la injusticia, la maldad y la pecaminosidad que por el pecado se anida en ellas e irlas ajustando a los principios del Reino de Dios en preparación para la Segunda Venida de Cristo cuando El instalará su Reino en plenitud sobre la tierra. Nosotros estamos llamados por Dios para enseñarle al mundo una nueva manera de vivir, convirtiéndolo a nosotros, y no nosotros convirtiéndonos a ellos. Y desgraciadamente, hoy la tendencia en muchas iglesias es amoldarnos, conformarnos al mundo, y no al revés (aceptación de la homosexualidad, ordenamiento de homosexuales, afán por la riqueza, luchas de poder, competencia, mercadeo y psicología secular, etc.).

“Por tanto, así dijo Jehová: Si te convirtieres, yo te restauraré, y delante de mí estarás; y si entresacares lo precioso de lo vil, serás como mi boca. Conviértanse ellos a ti, y tú no te conviertas a ellos.” (Jer 15:19).

“si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra.” (2 Cro 7:14).

Nuestra función aquí en la tierra es una función transformadora no solo de vidas individuales, sino de la vida colectiva de la nación. Fuimos llamados por Dios a discipular (transformar) naciones, no solamente individuos y familias, a establecer el Reino de Dios y su justicia en toda la tierra, no solo en los corazones de las personas. Por ello Jesús, cuando nos enseña a orar dice:

“Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.” (Mat 6:10).

Recordemos que la entrada del pecado en el mundo no solo afectó a la humanidad sino a la Creación entera, y así como la humanidad necesita ser redimida de la maldición del pecado, la Creación está en la misma situación:

“Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios.” (Rom 8:19-21).

De esa cuenta Jesús nos llama a ser sal, luz y levadura en medio del mundo, y para ello somos Su Cuerpo, para que en Su Nombre y por Su Autoridad, comencemos a establecer el Reino de Dios y su justicia en medio de las estructuras sociales en las cuales estamos inmersos:

“Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres. Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.” (Mat 5:13-16).

“Otra parábola les dijo: El reino de los cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer, y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo fue leudado.” (Mat 13:33).

“Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.” (Mat 28:18-20).

“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia, que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia, dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra.” (Efe 1:3-10).

“la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero; y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo.” (Efe 1:20-23).





Poca manifestación de lo sobrenatural en la iglesia.

En una gran cantidad de congregaciones nadie se sana, no hay señales, maravillas ni prodigios, y si las hay, no es lo “normal” de la vida de la iglesia. Lo sobrenatural se manifiesta escasamente y no tienen una visión predominante para ganar almas (si se salvan, que bueno; y si no, pues también que bueno). No hay lugar para que el Espíritu Santo pueda fluir con libertad.

La Iglesia no fue diseñada por Dios para ser una organización natural, sino sobrenatural. El signo de la iglesia es precisamente esa sobrenaturalidad. Esa es una de las diferencias fundamentales (entre otras) entre Israel y la Iglesia.

Cuando Jesús envió a sus discípulos les instruyó diciendo:

“Finalmente se apareció a los once mismos, estando ellos sentados a la mesa, y les reprochó su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado. Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado. Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán.” (Mar 16:14-18).

De hecho, cuando Jesús ascendió al cielo les instruyó a sus discípulos (a los 500 que estaban en ese momento –no solo a los apóstoles, sino a todos sus discípulos o seguidores--) que no iniciaran el trabajo que les había encomendado hasta que viniera sobre ellos el Espíritu Santo y recibieran el poder sobrenatural, porque la tarea que iban a realizar no era natural sino sobrenatural:

“Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo: Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo? Y les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad; pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.” (Hch 1:6-8).

Y la Iglesia del Libro de los Hechos entendió muy bien esta sobrenaturalidad y caminó en ella y las consecuencias fueron una iglesia de rápido crecimiento y fuerte impacto en su mundo:

“Y sobrevino temor a toda persona; y muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles. Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno. Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos.” (Hch 2:43-47).

“Y por la mano de los apóstoles se hacían muchas señales y prodigios en el pueblo; y estaban todos unánimes en el pórtico de Salomón. De los demás, ninguno se atrevía a juntarse con ellos; mas el pueblo los alababa grandemente. Y los que creían en el Señor aumentaban más, gran número así de hombres como de mujeres; tanto que sacaban los enfermos a las calles, y los ponían en camas y lechos, para que al pasar Pedro, a lo menos su sombra cayese sobre alguno de ellos. Y aun de las ciudades vecinas muchos venían a Jerusalén, trayendo enfermos y atormentados de espíritus inmundos; y todos eran sanados.” (Hch 5:12-16)




No hay un discipulado real, bíblico.

Por lo general, los discipulados para los creyentes, entendidos como procesos de formación del carácter cristiano en los creyentes, no existen, y los que se realizan, cuando existen, por lo general son procesos diseñados para involucrar a los creyentes en el servicio, estructurados bajo los principios de la mentalidad griega: hacedores humanos, no formación del carácter.

El discipulado es otra de las diferencias fundamentales entre Israel y la Iglesia, y esa diferencia fue traída al mundo por el fundador de la Iglesia y Su Cabeza: nuestro Señor Jesucristo. Los fariseos, antes y durante el tiempo del Señor Jesucristo, lo que hacían era enseñar preceptos y reglas, muchas de ellas de invención humana, pero no discipulaban, no formaban el carácter, no entregaban a sus seguidores todo el consejo transformador de vidas de la Palabra. De hecho, sus vidas mismas no eran un ejemplo de transformación. Por ello cuando Jesús se refiere a ellos les señala de hipócritas, porque no practicaban (no vivían) lo que enseñaban con sus Palabras:

“¡Ay de vosotros, guías ciegos! que decís: Si alguno jura por el templo, no es nada; pero si alguno jura por el oro del templo, es deudor. ¡Insensatos y ciegos! porque ¿cuál es mayor, el oro, o el templo que santifica al oro? También decís: Si alguno jura por el altar, no es nada; pero si alguno jura por la ofrenda que está sobre él, es deudor. ¡Necios y ciegos! porque ¿cuál es mayor, la ofrenda, o el altar que santifica la ofrenda? Pues el que jura por el altar, jura por él, y por todo lo que está sobre él; y el que jura por el templo, jura por él, y por el que lo habita; y el que jura por el cielo, jura por el trono de Dios, y por aquel que está sentado en él. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello. ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito, y tragáis el camello! ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis llenos de robo y de injusticia. ¡Fariseo ciego! Limpia primero lo de dentro del vaso y del plato, para que también lo de fuera sea limpio. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia. Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad.” (Mat 23:16-28).

El discipulado es la transmisión, bajo la dirección y la impartición del Espíritu Santo, de la vida de Cristo y de sus enseñanzas para aplicarlas en la práctica, de tal forma que cada uno de los y las creyentes sean transformados a la imagen de Cristo, manifestando el carácter de Cristo en toda área y actividad de su vida, impactando las estructuras sociales en las cuales se encuentran inmersos, trayendo luz y conteniendo la maldad que quiere tomar el control absoluto de la vida. Esto es lo que de acuerdo a las Escrituras constituye el centro, la esencia, la razón de ser de la Iglesia.

“Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.” (Mat 28:18-20).

“”Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor.”(Efe 4:11-16).

Discipulado no es enseñar cualquier cosa que se nos ocurra, aunque tenga base bíblica. Discipulado es enseñar, modelar, transmitir, desarrollar, establecer, afirmar, consolidar, formar, mediante la enseñanza de la Palabra de Dios, el carácter y la vida de Cristo en cada uno de los discípulos. No es informar, es formar; no es conocer, es vivir, practicar.


La alabanza y la adoración son escasas y pobres en su contenido.

Como consecuencia de la falta de sobrenaturalidad en la iglesia, y de las tradiciones, el legalismo, etc., y otras cosas más, la alabanza y la adoración son muy pobres en el sentido de ser parte del estilo de vida diario de los y las creyentes. Generalmente, una iglesia de este tipo es más una iglesia pedidora, demandante, que una iglesia dadora, y la esencia de la alabanza y la adoración es darle a Dios lo que El quiere, no lo que nosotros queremos. Puede haber en la iglesia buena música, mucho movimiento, pero no es alabanza ni adoración, son emociones, que una vez se sale de las cuatro paredes de la iglesia, no trasciende. No es una actitud de vida, es una actividad del servicio religioso.

En estas congregaciones pueden hacerse muchos esfuerzos por tener una buena dotación de instrumentos, músicos y cantantes, pero eso no quiere decir que exista una verdadera actitud de adoración, pues eso puede ser un síntoma o un resultado de querer entretener y emocionar a la gente, pero no implica llevarla a una adoración en el sentido de rendición de sus propias vidas, quebrantamiento de su yo, morir a si mismos, renunciar a las obras de la carne y a su agenda personal por la agenda de Dios, etc. Esa adoración es la verdadera adoración en “espíritu y verdad” que es la que el Padre busca (Jn 4:23). No música, actividad, emociones, sensiblería espiritual, etc., sino un estilo de vida de total rendición a Cristo. Y a la falta de esa adoración es a lo que nos referimos cuando hablamos de pobreza en la alabanza y adoración.


El predominio de líderes y no de siervos.

Hoy en día, en la mayoría de congregaciones, la palabra “siervo” ha desaparecido del lenguaje congregacional y se ha sustituido por la palabra “líder” que no solo es importada del mundo, sino que tiene una connotación, inconsciente, subliminal, totalmente contraria a la de siervo. Ambas denotan actitudes opuestas: el siervo es alguien que ha renunciado a sí mismo en beneficio de otro, en tanto que el líder es alguien que “usa” a otros para alcanzar los objetivos y metas que se ha trazado, aún cuando pudieran ser muy loables. El estilo de siervo y el estilo de líder, en última instancia, son dos estilos diferentes, tan diferentes como el del Espíritu y el de la carne, como el de la luz y el de las tinieblas. Aún cuando hablemos de las características del líder como las del siervo, en el inconsciente colectivo (y la práctica de liderazgo lo demuestra muchas veces en la iglesia) la connotación de “lider” es la de alguién que tiene poder, autoridad, don de mando, que está jerárquicamente en una posición superior, alguien a quién los demás deben honrar, respetar y obedecer, más por la posición que por la unción, etc.

Y tan es así la situación (la preeminencia de lo que está en el inconsciente colectivo que lo que decimos al respecto), que en muchas congregaciones se establece una lucha de poder por los puestos de liderazgo o de dirección y/o como muchos líderes tienen miedo de perder el control de la iglesia y del servicio, no activan a los creyentes para la obra del ministerio, y si los activan, lo hacen parcialmente, para la obra institucional y de construcción del reino del liderazgo, y no en función y para la construcción real del Reino de Dios.

Mucho liderazgo de muchas iglesias, no activan a otros creyentes en obediencia a Dios, porque están cuidando la permanencia y sobrevivencia de su propio liderazgo, y con ello, anulan la enseñanza de Cristo respecto al discipulado:

“De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; Y AUN MAYORES HARÁ, porque yo voy al Padre. Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré.” (Jn 14:12).

El verdadero siervo no está pensando en sí mismo, está pensando en los demás, y aún cuando tiene la tentación de pensar en sí mismo y en lo que le es personalmente beneficioso, lleva esos pensamientos a la obediencia a Cristo, los coloca en el altar de su adoración a Dios, y obedece, dando su vida, al cien por ciento, por los demás, por habilitarlos, por activarlos, por llevarlos a desarrollar su máximo potencial en Cristo, aún por encima de sí mismo, y todo ello lo hace con gozo, sin envidias ni celos ni contiendas, por amor a Aquel que le dio el privilegio de ser plataforma de lanzamiento para que otros vayan más lejos y más alto que él. Eso es ser verdadero siervo, verdadero servicio.

Nuestra oración a Dios, en este sentido, es que en nuestras congregaciones dejemos el uso de la palabra “líder” y el estilo de vida que este conlleva, y volvamos a las sendas antiguas, al uso de la palabra bíblica y al estilo de vida que está implicado en ella, que es “siervo”. Debemos aprender en nuestras congregaciones que el uso de palabras no es un juego, ni una cuestión puramente formal, es una cuestión mucho más profunda que ello porque las palabras no solo son letras, son significados, conceptos, definiciones, estilos de vida, implicaciones profundas del “inconsciente colectivo”, significados “subliminales”, representaciones mentales de hechos, cosas y situaciones, que afectan profundamente nuestras vidas. Por eso el Señor Jesucristo dijo:

“Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede.” (Mat 5:37).

“...¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos? Porque de la abundancia del corazón habla la boca. El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca buenas cosas; y el hombre malo, del mal tesoro saca malas cosas. Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado.” (Mat 12:34-37).



27 Ene 2012