Estudio Bíblico

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Ministerio Reyes y Sacerdotes - Guatemala

Módulo 210. La Reforma de la Iglesia y el Ministerio Apostólico.



LAS TAREAS DE UNA REFORMA DE LA IGLESIA.



Obviamente, como la reforma se trata de cambiar formas de hacer las cosas, de alcanzar mayores niveles de eficacia y eficacia en el establecimiento del Reino de Dios en todos los ámbitos de la vida social, ella debe comenzar, necesariamente, por el cambio en las mentalidades y formas de pensar que le dan origen y soporte a las viejas maneras de hacer. Ello implica una confrontación directa, con amor, pero con firmeza, con las formas religiosas, tradicionales, legalistas, dentro del Cuerpo de Cristo, que constituyen las ataduras que el enemigo ha establecido para impedir que tanto las iglesias locales como los ministros y los creyentes lleguen a desarrollar todo el potencial de dones, ministerio, autoridad, unción y poder que tienen en Cristo para establecer el Reino de Dios y para que no alcancen niveles más profundos de la voluntad y vida de Dios que El ha determinado para Su pueblo.

Algunas de estas ataduras que deben ser quebrantadas por una reforma apostólica en este tiempo son:

• El denominacionalismo que se convierte en un muro que impide la unidad del Cuerpo de Cristo y el fluir del amor que debería caracterizarnos como discípulos del Señor Jesucristo:

“Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer. Porque he sido informado acerca de vosotros, hermanos míos, por los de Cloé, que hay entre vosotros contiendas. Quiero decir, que cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo. ¿Acaso está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en el nombre de Pablo? Doy gracias a Dios de que a ninguno de vosotros he bautizado, sino a Crispo y a Gayo, para que ninguno diga que fuisteis bautizados en mi nombre. También bauticé a la familia de Estéfanas; de los demás, no sé si he bautizado a algún otro. Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio; no con sabiduría de palabras, para que no se haga vana la cruz de Cristo.” (1 Cor 1:10-17).

• El burocratismo religioso unido al denominacionalismo y defensor de éste,que no solo es fuente de privilegios y señoríos no bíblicos, en lugar de una posición de servicio, sino que pretende sujetar los planes, proyectos y el mover de Dios en las iglesias locales a la previa autorización de las autoridades denominacionales constituyéndose estas en superiores a lo que el Espíritu está queriendo hacer (Hch 4:18-20).

“Y llamándolos, les intimaron que en ninguna manera hablasen ni enseñasen en el nombre de Jesús. Mas Pedro y Juan respondieron diciéndoles: Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios; porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.” (Hch 4:18-20).

• La división en el Cuerpo de Cristo que merma nuestras fuerzas y nos pone a gastar palabras en discutir, pelear, competir, etc., unos con otros, en lugar de enfocar nuestra energía en combatir, proclamando la Palabra y dándole a conocer la sabiduría de Dios a los principados, potestades, gobernadores y huestes espirituales de maldad en los lugares celestes que podría liberar al Cuerpo de Cristo y a nuestras naciones de sus garras tenebrosas:

“A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me fue dada esta gracia de anunciar entre los gentiles el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo, y de aclarar a todos cuál sea la dispensación del misterio escondido desde los siglos en Dios, que creó todas las cosas; para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales, conforme al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor, en quien tenemos seguridad y acceso con confianza por medio de la fe en él; por lo cual pido que no desmayéis a causa de mis tribulaciones por vosotros, las cuales son vuestra gloria.” (Efe 3:8-13).

“Pues aunque andamos en la carne, no militamos según la carne; porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo, y estando prontos para castigar toda desobediencia, cuando vuestra obediencia sea perfecta.” (2 Cor 10:3-6).


• El escapismo religioso que encierra a la iglesia entre cuatro paredes de los edificios eclesiásticos impidiendo que esta invada, como parte del ejército de Dios, los campos llamados “seculares” de la actividad humana y mediante la implementación de los principios de la Palabra de Dios en esas áreas, estás sean recuperadas para la Gloria de Cristo, y el Reino de Dios sea extendido a ellas, trayendo bendición en lugar de maldición a nuestras naciones (Rom 8:19-21, Mat 6:10).

“Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios.” (Rom 8:19-21).

“Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.” (Mat 6:10).

• La tradición religiosa en los métodos obsoletos que si bien es cierto funcionaron en su época, no se pueden aplicar para ganar nuestra generación, aferrándose a los métodos olvidando que el mensaje es incambiable pero los métodos deben irse adaptando conforme a los tiempos y las circunstancias con tal de alcanzar a la mayor cantidad de personas posibles para el Reino de Dios (radio, televisión, música, medios de comunicación, internet, etc.). En el ser humano, y los cristianos en su carne (los residuos que quedan de la vieja naturaleza muerta), no son la excepción, hay algo que tiende a la rutina, las fórmulas, la seguridad de lo conocido, y la resistencia al cambio. Pero el Señor Jesucristo nos enseña todo lo contrario: que la vida del justo son cambios constantes (Prov 4:18, Fil 1:6)

“Mas la senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto.” (Prov 4:18).

“estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo;” (Fil 1:6).

y que necesitamos renovarnos constantemente en el Espíritu Santo para ser odres flexibles y dispuestos a recibir el vino nuevo del Espíritu Santo a cada momento:

“Les dijo también una parábola: Nadie corta un pedazo de un vestido nuevo y lo pone en un vestido viejo; pues si lo hace, no solamente rompe el nuevo, sino que el remiendo sacado de él no armoniza con el viejo. Y nadie echa vino nuevo en odres viejos; de otra manera, el vino nuevo romperá los odres y se derramará, y los odres se perderán. Mas el vino nuevo en odres nuevos se ha de echar; y lo uno y lo otro se conservan. Y ninguno que beba del añejo, quiere luego el nuevo; porque dice: El añejo es mejor.”(Luc 5:36-39).

Si leemos bien esa parábola, en la segunda parte del último versículo el Señor se refiere a la tendencia que tenemos los seres humanos de pensar que siempre lo pasado fue mejor y usar ese argumento como pretexto para no cambiar y adaptarnos a los tiempos. Pero en el Señor debe suceder exactamente lo contrario, debemos cambiar y adaptarnos, si queremos ser odres en los cuales el Espíritu Santo pueda derramar el vino nuevo de su unción, recordando que el Espíritu Santo se mueve por oleadas (la de sanidades, la de fe, la de evangelismo, la de prosperidad, la de guerra espiritual, la apostólica, etc.).

Los creyentes necesitamos mantenernos recordando que el odre que hoy es nuevo, dentro de seis meses o un año, ya es viejo y que necesita renovarse nuevamente con el agua de la Palabra y el aceite de la Unción del Espíritu Santo para ser receptivo al mover de Dios en ese momento. Y la Reforma Apostólica se hace necesaria cuando los odres viejos de la tradición religiosa se han perpetuado en el quehacer de la iglesia, y le han restado a esta presencia, influencia, autoridad y eficacia en el mundo para su transformación. Las reformas apostólicas que se producen de tiempo en tiempo son los instrumentos que Dios usa para sacudir los odres viejos eclesiásticos y adaptar la iglesia a los tiempos. Recordemos lo que dice la Palabra de Dios respecto a los hijos de Isacar:

“De los hijos de Isacar, doscientos principales, entendidos en los tiempos, y que sabían lo que Israel debía hacer, cuyo dicho seguían todos sus hermanos.” (1 Cro 12:32).

En este tiempo, los hijos de Isacar son los apóstoles que juntamente con los profetas se están levantando para renovar los odres de la iglesia y hacerla presente, influyente, significante y eficaz en el mundo que debe transformar.

Una tarea también fundamental de una reforma apostólica en el momento actual es la de levantar a los y las creyentes al ministerio, independientemente de su edad, nivel socio-económico y cultural y de cualquier otra característica diferencial, para llevarlos a alcanzar el propósito y el destino de Dios para cada uno de ellos, lo que implica una redefinición y refrescamiento de lo que es la visión de Dios para todos los miembros del Cuerpo de Cristo:

“Juan, a las siete iglesias que están en Asia: Gracia y paz a vosotros, del que es y que era y que ha de venir, y de los siete espíritus que están delante de su trono; y de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén.” (Apo 1:4-6).

Por el pasaje anterior, si notamos el tiempo en el que está escrito, es pasado, algo que ya ha sucedido. Lo que significa, que hoy, en este momento, cada creyente en el Señor Jesucristo ha sido hecho rey y sacerdote para Dios, siendo la calidad de rey una calidad en el mundo natural y la calidad de sacerdote una calidad en el mundo espiritual, porque Dios nos ha designado, como miembros del Cuerpo de Cristo, para que en el nombre de Jesús, tomemos autoridad tanto en el mundo natural como en el espiritual para traer nuestras naciones (personas, actividades, organizaciones, etc.) redimidas a los pies de Cristo:

“Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios.” (Rom 8:19-21).

“Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.” (Mat 28:18-20).

Y ello en respuesta a la oración que Jesús nos enseñó a orar:

“Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.” (Mat 6:10).

La tarea, entonces, de la reforma apostólica en el aquí y ahora es retomar el concepto que siempre estuvo vigente, desde la fundación de la Iglesia hasta finales del siglo XIX en la actividad de la Iglesia, de la participación del creyente en la redención de todo lo humano y lo natural, no solo de las personas, sino de las instituciones sociales, las naciones, la naturaleza, en fin, de toda la Creación, propiedad de Dios (Rom 11:36, Sal 24:1, Col 1:16). Por la comprensión y aplicación de parte de la Iglesia del Señor Jesucristo de esta tarea redentora fue que la Iglesia hizo una contribución significativa al mejoramiento de las condiciones sociales en el mundo tales como la creación de escuelas y universidades, asilos, orfanatorios, hospitales, talleres industriales, reducción de las jornadas de trabajo, eliminación de la esclavitud, los derechos civiles de las minorías raciales, los derechos civiles de la mujer, la paz en el mundo, etc., contribución que, por otra parte, la Iglesia actual, ha estado aportando pero en muy pequeña escala, principalmente frente a la que dan las instituciones impías. Nosotros, que somos el resultado de un Dios de misericordia, que suple todas las necesidades de las personas, deberíamos ser, no solo los pioneros, sino los mayores contribuyentes al bienestar social, material, en salud y hasta político y económico en el mundo, en representación y para la gloria de nuestro Dios que todo lo hizo para si mismo. De hecho, en materia económica la Palabra dice que El nos da la habilidad de hacer las riquezas (Deut 8:18) y en materia política El es el gobernante más sabio que podrá existir, no solo porque gobierna el universo sino porque es el Rey de reyes y Señor de señores, y tenemos a nuestra disposición toda Su sabiduría para gobernar. Por ello la Palabra de Dios dice que cuando el justo gobierna, la ciudad se alegra y es engrandecida (Prov 10:10-11, Prov 29:2).

La Iglesia es la llamada a formar a los creyentes en carácter y en habilidades y capacidades mediante la enseñanza del consejo completo de la Palabra de Dios, así como a impartir los dones y activar los llamados de los creyentes, para que estos en el Nombre del Señor Jesucristo vayan a manifestar con su testimonio de vida y con sus habilidades y dones, la gloria y la presencia de Dios y rediman para El sus lugares de trabajo, organizaciones y actividades independientemente del área donde se desarrollen, como administradores de la multiforme gracia de Dios (1 Ped 4:10).

“Y tal confianza tenemos mediante Cristo para con Dios; no que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios, el cual asimismo nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto, no de la letra, sino del espíritu; porque la letra mata, mas el espíritu vivifica.” (2 Cor 3:4-6).

“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios.” (2 Cor 5:17-20).

La Iglesia debe ser una Iglesia de impacto no solo en la salvación individual de las personas, sino en su formación para la vida, independientemente del área en la que se desarrolle, impactando, de paso, las estructuras sociales, políticas, económicas, educativas, etc., que el diablo ha desarrollado ha través de sus instrumentos humanos, para sojuzgar a la humanidad en la pobreza, la violencia, la enfermedad, la muerte, la violencia, la corrupción, la adicción, la inmoralidad sexual y de todo tipo, etc., que roban a la humanidad su destino de alcanzar un mejor nivel de vida, robando, matando y destruyendo la vida abundante que el Señor Jesucristo compró para todos los seres humanos en la Cruz del Calvario cuando despojó a los principados y potestades de toda autoridad sobre la tierra.

Otra tarea de la Reforma Apostólica es la de adelantar los cambios que sean necesarios en el sistema de gobierno de la iglesia para ponerla en una posición de orden y autoridad tal que no solo obedezca a los modelos bíblicos sino que pueda enfrentar los principados, potestades y huestes espirituales de maldad en los lugares celestes y en las estructuras sociales de sus países y sociedades, y que permitan el retorno del pleno fluír del poder, la unción, la autoridad y las manifestaciones del Espíritu Santo, principalmente en aquellos lugares donde el gobierno de la iglesia ha asumido formas “democráticas” y/o colectivas que limitan y restan autoridad a los dones ministeriales levantados por Dios y que subyugan el desarrollo de la Iglesia, sus tareas, actividades y programas al mantenimiento de las posiciones de poder y privilegios, es decir, al mantenimiento del “status quo” de una iglesia que no impacta lo que debería impactar su entorno, y que no desarrolla todo el potencial que Dios ha puesto en ella para que en Su Nombre las personas, las familias, las comunidades y las naciones sean transformadas y restauradas al diseño original de Dios. Y esos cambios en el gobierno eclesiástico deben ser de tal magnitud que eviten que en el futuro se pueda regresar a la religiosidad, el tradicionalismo, el legalismo, el endurecimiento de los odres, y en fin, a apartarnos del diseño original y glorioso de Dios para la Iglesia para que esta llegue a ser la “plenitud de Aquel que todo lo llena en todo”.

Si usted está pensando en este momento que la reforma apostólica trae consigo predicaciones y enseñanzas polémicas, está en lo cierto. Nunca, en la historia de la humanidad, ninguna reforma en el ámbito que sea y en el tiempo que sea, ha sido una reforma sin polémica, persecución, cambios radicales y rompimientos. De hecho, el que las cosas viejas pasen y todas sean hechas nuevas son una transformación de amplias dimensiones en la vida personal de cada creyente e igualmente lo van a ser en la vida de la iglesia. Así como el creyente es transformado y perfeccionado de día en día (Fil 1:6) la Iglesia también debe serlo, para ser una iglesia viva, y no solo la iglesia, sino también las estructuras sociales en las que está está inmersa. No es posible que las personas sean transformadas por el poder de Dios y que las estructuras que las formaron impías no sean transformadas, porque si no cambiamos la siembra, tampoco vamos a cambiar la cosecha y si esas estructuras no cambian, vamos a seguir cosechando resultados impíos en mayor abundancia.

Por lo tanto, la reforma apostólica va a traer consigo polémica, discusión, hostilidad, oposición, persecución, y hasta violencia (a Jesús lo crucificaron) de parte de aquellos que no quieren cambios en el “status quo” que los beneficia, del que se aprovechan. La reforma apostólica es hostil y fuertes en contra del sistema religioso tradicional al que es llamada a confrontar y desafíar con diferentes maneras de pensar y atacando el error, la tibieza espiritual y la hipocresía.

Que no nos quepa ni la menor duda, hoy, como ayer, los mayores enemigos de la reforma apostólica son los sistemas religiosos. Así ocurrió con Jesús, con Lutero, Calvino y otros reformadores y así ocurre ahora: el liderazgo tradicional tiene miedo de perder su posición, poder y control que ejerce sobre las personas.


27 Ene 2012