Estudio Bíblico

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Ministerio Reyes y Sacerdotes - Guatemala

Módulo 210. La Reforma de la Iglesia y el Ministerio Apostólico.



LA REFORMA Y LAS FUNCIONES APOSTÓLICAS.



Funciones generales.

Los apóstoles, junto con los otros dones ministeriales, en colaboración y complementariedad con ellos, en un trabajo en equipo, tienen, dada por Dios, como función:

“Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor.” (Efe 4:11-16).

Ello implica, entre otras cosas, lo siguiente:

• La labor, el ministerio, la actividad primordial de los apóstoles va dirigida hacia las personas, no hacia la institución. El objetivo de todo el trabajo ministerial de los apóstoles (y no solo de ellos por cierto, sino de todos los ministros), no es la consolidación institucional, sino la consolidación, la afirmación, el establecimiento, el perfeccionamiento de las personas que Dios ha traído bajo su cuidado. La institución, la organización, los programas, las enseñanzas, los servicios, etc., no son un fin en sí mismo, son solo los medios para bendecir a las personas. El fin son las personas. Es importante hacer este énfasis porque es muy fácil, y de hecho sucede muy a menudo, que los creyentes y los ministros pensemos más en función de los instrumentos que requerimos para hacer nuestra función en el Cuerpo de Cristo, que en las personas hacia las cuales va dirigida esa función. Ello es así porque todavía tenemos enraízada la forma de pensar del mundo, que nos enseña a usar a las personas para obtener las cosas. Pero en el Señor ello no debe ser así. El ministerio del Señor sigue siendo, por sobre todas las cosas, las personas. Por ellas y para ellas murió Cristo. La organización institucional y los programas de la iglesia surgieron después de que Cristo murió por ellas, como una necesidad de seguir bendiciendo a las personas.

• De lo que se trata, entonces, es de bendecir a las personas. ¿Cómo?. Ayudándolas a ser perfeccionadas (madurar) en la vida cristiana integralmente. Esto es especialmente importante, principalmente en esta época en que el mundo ha hecho mucho énfasis sobre la especialización, y la iglesia se ha “tragado” el anzuelo. Nos enfocamos en una sola área de la vida cristiana, por ejemplo, servicio, ministerio, iglesia, dones, frutos, evangelismo, sanidad, milagros, discipulado, prosperidad, guerra espiritual, etc., y descuidamos las demás. Ello es equivalente a que un fisico-culturista solo desarrollara la musculatura del brazo derecho y no hiciera nada por desarrollar la de las demás parte de su cuerpo, o que una persona solo coma un tipo de alimentos y deseche todos los demás, lo que provocaría un desbalance en las necesidades de insumos que su cuerpo requiere para funcionar correctamente (vitaminas, proteinas, grasa, carbohidratos, etc.). El apóstol, por su función dentro del Cuerpo de Cristo (fundamentar las iglesias) es el llamado para velar por que en cada una de las iglesias se comparta el consejo completo de la Palabra de Dios y no solo una parte (aún cuando El esté llamado a compartir y enfatizar un mensaje específico de parte de Dios; por ello Dios ha puesto otros ministerios en el Cuerpo para que todos trabajen en equipo, en beneficio de las personas y del consejo completo de la Palabra).

• Prueba de lo anterior es que el pasaje con el cual iniciamos este tema habla de tres áreas concretas en las cuales el creyente necesita madurar y ser perfeccionado (adiestrado, entrenado, enseñado, capacitado):

o El área ministerial: la obra del ministerio, la edificación del Cuerpo de Cristo (evangelismo, discipulado, expansión del Reino de Dios, ministración de todas las necesidades de las personas: espirituales, emocionales y materiales).
o El área de la comunión y relación personal con Dios: la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios.
o El área del carácter: llegar al varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo.

El consejo completo de la Palabra de Dios, es entonces, aquel que cubre las tres áreas; relación personal con Dios, carácter y ministerial, con balance y además, que da como resultado la maduración progresiva del creyente en esas áreas, que se reflejará en frutos que glorifiquen a Dios.

Los frutos que glorifican a Dios, lo indica el mismo pasaje, son:

o Creyentes que no son fluctuantes, sino firmes, fieles, perseverantes, que no son “encandilados” fácilmente por “nuevas” doctrinas engañosas, productos de las artimañas engañosas del diablo que buscan hacernos caer en errores.

o Seguidores de la Verdad, fanáticos de la Palabra de Dios, que la usan bien, y que están ejercitados para ello.

o Llenos del amor, la gracia, la misericordia y el favor de Dios hacia el prójimo que se siente atraído a Cristo por la vida práctica de ellos (su testimonio de vida).

o Unidad, respeto y trabajo en equipo con otros creyentes y otras congregaciones, independientemente de las diferencias doctrinales y de interpretación no fundamentales que pudieran existir y sin motivaciones egoístas, con la única meta de que el Reino de Dios sea establecido.


Funciones específicas.


Revelación e iluminación. Una de las funciones específicas del ministerio apostólico, de acuerdo a lo que nos enseña la Palabra de Dios, es la de develar verdades que estaban escritas pero que por la tradición religiosa no habían sido vistas por el Cuerpo de Cristo, que van a producir cambios y frutos en la vida de las personas, comenzando por él mismo, y en la de la iglesia. Estas enseñanzas y verdades que ellos proclaman, como apuntan a provocar un rompimiento en las tradiciones de las personas y en los paradigmas sobre los cuales sustentan sus relaciones con Dios y con el mundo espiritual, van a provocar, usualmente, expectación, conmoción, polémica y persecución hacia los apóstoles, y van a sacudir tanto a los conversos como a los inconversos.

“Por esta causa yo Pablo, prisionero de Cristo Jesús por vosotros los gentiles; si es que habéis oído de la administración de la gracia de Dios que me fue dada para con vosotros; que por revelación me fue declarado el misterio, como antes lo he escrito brevemente, leyendo lo cual podéis entender cuál sea mi conocimiento en el misterio de Cristo, misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio, del cual yo fui hecho ministro por el don de la gracia de Dios que me ha sido dado según la operación de su poder. A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me fue dada esta gracia de anunciar entre los gentiles el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo, y de aclarar a todos cuál sea la dispensación del misterio escondido desde los siglos en Dios, que creó todas las cosas; para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales, conforme al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor, en quien tenemos seguridad y acceso con confianza por medio de la fe en él; por lo cual pido que no desmayéis a causa de mis tribulaciones por vosotros, las cuales son vuestra gloria.” (Efe 3:1-13).


Guerra espiritual. El ministerio apostólico está habilitado por Dios para penetrar en el reino de las tinieblas haciendo guerra contra el enemigo (Isa 10.27, 2 Cor 10:4) por los corazones de las personas y de las organizaciones, comunidades, ciudades y territorios que están tomados por el enemigo. La unción apostólica es una unción de guerra dada por Dios que tiene la habilidad de penetrar en las fortalezas del enemigo porque es una unción de rompimiento de las obras de las tinieblas. Esa penetración se hace a través de la Palabra revelada, la intercesión, la proclamación profética y la guerra espiritual al tomar autoridad sobre toda fuerza del enemigo. Debido a que son los primeros en penetrar en nuevos territorios, encuentran mucha oposición y resistencia del enemigo (tradición, ataduras, religiosidad, ignorancia, críticas, maledicencias, etc.).

“Y levantará Jehová de los ejércitos azote contra él como la matanza de Madián en la peña de Oreb, y alzará su vara sobre el mar como hizo por la vía de Egipto. Acontecerá en aquel tiempo que su carga será quitada de tu hombro, y su yugo de tu cerviz, y el yugo se pudrirá a causa de la unción.” (Isa 10:26-27).

“Pues aunque andamos en la carne, no militamos según la carne; porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo, y estando prontos para castigar toda desobediencia, cuando vuestra obediencia sea perfecta.” (2 Cor 10:3-6).

Por lo mismo, por ser puntas de lanza en penetrar en el reino de las tinieblas que Dios quiere traer a la luz, también son como “trompetas” que convocan a otros a la batalla, sumando un ejército guerreador para extender el Reino de Dios en lugares geográficos, organizaciones, personas, etc.

“Proclamad esto entre las naciones, proclamad guerra, despertad a los valientes, acérquense, vengan todos los hombres de guerra. Forjad espadas de vuestros azadones, lanzas de vuestras hoces; diga el débil: Fuerte soy. Juntaos y venid, naciones todas de alrededor, y congregaos; haz venir allí, oh Jehová, a tus fuertes. Despiértense las naciones, y suban al valle de Josafat; porque allí me sentaré para juzgar a todas las naciones de alrededor. Echad la hoz, porque la mies está ya madura. Venid, descended, porque el lagar está lleno, rebosan las cubas; porque mucha es la maldad de ellos. Muchos pueblos en el valle de la decisión; porque cercano está el día de Jehová en el valle de la decisión. El sol y la luna se oscurecerán, y las estrellas retraerán su resplandor.” (Joel 3:9-15).


Milagros, maravillas y señales. El ministerio apostólico se caracteriza también por tremendas demostraciones de lo sobrenatural con señales y maravillas antes, durante y después de la predicación (la confirmación de Dios a la Palabra compartida).

“Y por la mano de los apóstoles se hacían muchas señales y prodigios en el pueblo; y estaban todos unánimes en el pórtico de Salomón.” (Hch 5:12).

“Con todo, las señales de apóstol han sido hechas entre vosotros en toda paciencia, por señales, prodigios y milagros.” (2 Cor 12:2).


Movilización del pueblo de Dios. El ministerio apostólico esta habilitado por Dios para movilizar y enviar al pueblo de Dios a cumplir diferentes funciones, operaciones y ministerios, convocándole, dándole dirección, adiestrándolo, capacitándolo, enseñándole y enviándolo para que cumpla el propósito de Dios.

“Por tanto, hermanos santos, participantes del llamamiento celestial, considerad al apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión, Cristo Jesús;...” (Heb 3:1).

Esa función implica capacitar y adiestrar siervos y ministros. Los Apóstoles tienen la unción para ganar a las personas para Jesús y luego discipularlas, capacitarlas, adiestrarlas, enseñarlas y llevarlas a conocer su llamado en el Señor, identificándolas como ministros y después enviándolas a la obra del ministerio.


Impartición y confirmación de dones y ministerios. Los apóstoles, como autoridades ministeriales, y por la característica de su llamado, tal como lo manifestara el Señor Jesucristo en su ministerio, son los llamados a impartir, y confirmar dones y ministerios a otros. Si bien es cierto que Dios es el que posee y reparte los dones y los ministerios, también es cierto que Dios usa a los apóstoles para confirmar a individuos su llamado o su don, y para confirmar el llamado de ministerios y ministros en la iglesia local. La confirmación de un apóstol trae fortaleza, seguridad, fe y convicción en la vida de una persona y de un ministerio.

“Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús. Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas, y profetizaban. Eran por todos unos doce hombres.” (Hch 19:5-6).

“Entonces los doce convocaron a la multitud de los discípulos, y dijeron: No es justo que nosotros dejemos la palabra de Dios, para servir a las mesas. Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encarguemos de este trabajo. Y nosotros persistiremos en la oración y en el ministerio de la palabra. Agradó la propuesta a toda la multitud; y eligieron a Esteban, varón lleno de fe y del Espíritu Santo, a Felipe, a Prócoro, a Nicanor, a Timón, a Parmenas, y a Nicolás prosélito de Antioquía; a los cuales presentaron ante los apóstoles, quienes, orando, les impusieron las manos.” (Hch 6:2-6).

“Entonces pareció bien a los apóstoles y a los ancianos, con toda la iglesia, elegir de entre ellos varones y enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé: a Judas que tenía por sobrenombre Barsabás, y a Silas, varones principales entre los hermanos;” (Hch 15:22).


Unción apostólica. De acuerdo a lo que nos enseña el Sal 133, la misma unción que es derramada en la cabeza (el apóstol) es la que baja por las barbas y hasta las vestiduras (el cuerpo). Por lo tanto, la unción apostólica es impartida a los santos que están bajo su cobertura, así como los dones y la gracia que Dios ha puesto en ellos, tales como autoridad, poder, dones, unción y otros, para que cumplan con el llamado de Dios en sus vidas. Transfieren la unción a sus discípulos y a los creyentes, desafiándolas a vivir la Verdad y a recibir constantemente la gracia para avivar y actuar en los dones que Dios les ha dado.

“Porque deseo veros, para comunicaros algún don espiritual, a fin de que seáis confirmados; esto es, para ser mutuamente confortados por la fe que nos es común a vosotros y a mí.” (Rom 1:11-12).

“Tú, pues, hijo mío, esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús. Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros.” (2 Tim 2:1-2).

Pioneros. Son pioneros (Cor 12:28) en establecerse en un territorio, en abrir brecha para que otros sigan, en la actualización de una verdad establecida en la Palabra, con lo que marcan el curso para el futuro de la iglesia de Cristo, en establecer y levantar nuevas iglesias, llevar a cabo proyectos que otros no han realizado, moverse en una unción que otros no se han movido, poseer territorios que otros no han poseído y lograr nuevas victorias que otros no han logrado.

Tienen un espíritu aventurero, y continuamente están tomando riesgos en el mundo espiritual ya que tienen un espíritu de agresión hacia las obras de las tinieblas; son audaces y están listos para confrontar y hacer guerra contra la hipocresía, la tibieza espiritual, el legalismo, el estatus quo y el conformismo.

“Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego los que hacen milagros, después los que sanan, los que ayudan, los que administran, los que tienen don de lenguas.” (1 Cor 12:28).

Son primeros en rango y autoridad, lo que significa primeros en el tiempo, lugar, u orden, antes, al principio, ante todo. La unción apostólica tiene la habilidad de llevar al apóstol a ser primero en una región, en un territorio, en predicar nuevas verdades, en un campo de estudio, etc. Esta unción hace que avancen antes y más allá que el resto.


Aceleran el crecimiento de los creyentes, poniéndoles presión en esa dirección. Establecen y levantan nuevas iglesias y líderes, poniendo el fundamento bíblico correcto (Mar 3:14, Efe 2.20).

“Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu.” (Efe 2.19-22).

“Y estableció a doce, para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar, 15y que tuviesen autoridad para sanar enfermedades y para echar fuera demonios:..” (Mar 3:14-15).

En el contexto de estos pasajes de la Escritura, establecer significa llegar a poner a otros sobre una base firme y sólida, con una doctrina cristocéntrica. Los apóstoles establecen nuevas verdades, enseñan y fundamentan a los líderes principiantes en las doctrinas básicas del Evangelio, los establecen en su carácter, en sus dones, y les dan oportunidades para desarrollarse como líderes para servir a Jesús y para que puedan crecer saludablemente.

“Y al pasar por las ciudades, les entregaban las ordenanzas que habían acordado los apóstoles y los ancianos que estaban en Jerusalén, para que las guardasen. Así que las iglesias eran confirmadas en la fe, y aumentaban en número cada día.” (Hch 16:4-5).


Resolver situaciones problemáticas en la Iglesia. Tienen la habilidad dada por Dios de poder discernir, dividir correctamente y sopesar equitativamente como en una balanza las situaciones y problemas específicos que se produzcan en la iglesia y en la vida de las personas, trayendo corrección y disciplina, y en asuntos doctrinales, estableciendo juicios, dictando sentencias y veredictos contra falsas enseñanzas y conductas incorrectas.

“Como Pablo y Bernabé tuviesen una discusión y contienda no pequeña con ellos, se dispuso que subiesen Pablo y Bernabé a Jerusalén, y algunos otros de ellos, a los apóstoles y a los ancianos, para tratar esta cuestión. Ellos, pues, habiendo sido encaminados por la iglesia, pasaron por Fenicia y Samaria, contando la conversión de los gentiles; y causaban gran gozo a todos los hermanos. Y llegados a Jerusalén, fueron recibidos por la iglesia y los apóstoles y los ancianos, y refirieron todas las cosas que Dios había hecho con ellos. Pero algunos de la secta de los fariseos, que habían creído, se levantaron diciendo: Es necesario circuncidarlos, y mandarles que guarden la ley de Moisés. Y se reunieron los apóstoles y los ancianos para conocer de este asunto.” (Hch 15:2-6).

Cuando resuelven estos asuntos o dictaminan sobre asuntos que han sido puestos a su consideración, dan a conocer abiertamente una resolución que en el mundo espiritual tiene la fuerza de una ley en la que se proclama por lo menos uno sino varios de los propósitos de Dios, que si bien se hace en el mundo natural, tiene efectos en el mundo espiritual y vuelve al mundo natural con resultados y efectos maravillosos.

“Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía.” (Heb 11:3).

“Y al pasar por las ciudades, les entregaban las ordenanzas que habían acordado los apóstoles y los ancianos que estaban en Jerusalén, para que las guardasen. Así que las iglesias eran confirmadas en la fe, y aumentaban en número cada día.” (Hch 16:4-5).

“A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me fue dada esta gracia de anunciar entre los gentiles el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo, y de aclarar a todos cuál sea la dispensación del misterio escondido desde los siglos en Dios, que creó todas las cosas; para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales, conforme al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor, en quien tenemos seguridad y acceso con confianza por medio de la fe en él; por lo cual pido que no desmayéis a causa de mis tribulaciones por vosotros, las cuales son vuestra gloria.” (Efe 3:8-13).


Reformadores. En esencia, el ministerio apostólico es un ministerio reformador, renovador, rectificador de todo aquello que esté, de acuerdo a lo que indica la Palabra de Dios, equivocado, torcido, anticuado, y en fin, contrario a la Palabra de Dios y a los propósitos de Dios, en el cuerpo de Cristo, ya se trate de formas de pensar, creencias y métodos de trabajo obsoletos, pensamientos, argumentos, etc., por medio de nuevas enseñanzas que refrescan verdades de la Palabra que cambian la mentalidad de las personas.

“Como te rogué que te quedases en Efeso, cuando fui a Macedonia, para que mandases a algunos que no enseñen diferente doctrina, ni presten atención a fábulas y genealogías interminables, que acarrean disputas más bien que edificación de Dios que es por fe, así te encargo ahora. Pues el propósito de este mandamiento es el amor nacido de corazón limpio, y de buena conciencia, y de fe no fingida, de las cuales cosas desviándose algunos, se apartaron a vana palabrería, queriendo ser doctores de la ley, sin entender ni lo que hablan ni lo que afirman.” (1 Tim 1:3-7).

“Por esta causa te dejé en Creta, para que corrigieses lo deficiente, y establecieses ancianos en cada ciudad, así como yo te mandé;” (Tito 1:5).

Traen orden divino a todas las cosas a su alrededor y traen, de la presencia de Dios, los diseños de El para la obra a la que han sido llamados (original para cada uno).

27 Ene 2012