Estudio Bíblico

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Ministerio Reyes y Sacerdotes - Guatemala

Módulo 205. El Reino de Dios.



EL REINO Y LOS CREYENTES, HOY.



El Reino de Dios y el Cielo.

Nuestra ciudadanía principal está en el cielo, aunque también somos ciudadanos de las naciones terrenales (Fil 3:20, 1 Ped 2:9).

El cielo es nuestro verdadero hogar y nuestro tesoro (Mat 6:19-20).

La Biblia nos enseña a tener una mentalidad celestial y solamente los hombres y las mujeres con mentalidad celestial son útiles para Dios en la tierra (Col 3:1-2, Efe 4.22-24, Rom 12.1, 3 Jn 2).

Estamos sentados en los lugares celestiales para gobernar en Cristo y con Él (Efe 2:6).

El cielo es el modelo, patrón o diseño, para la tierra (Mat 6:10, Mat 6:33).

Hemos de vivir con gran expectación por estar con el Señor en el cielo (Fil 1.23) y de la segunda venida de Cristo en gloria, cuando el cielo baje a la tierra en plenitud (2 Tim 4:8).

Nuestra ciudadanía celestial no reduce de ninguna manera nuestras responsabilidades en la sociedad (Rom 13:1-7).

Nuestra expectativa del cielo y de la venida de Cristo no nos permite descuidar nuestras responsabilidades en este mundo (1 Ped 4.10).



Ver y entrar.

La entrada al Reino de Dios es por el nuevo nacimiento (Jn 3:5-6).

Jn 3:3-5: entramos al Reino por la fe (Rom 10:8-10) El ojo natural no puede ver este reino: "…el que no naciere de nuevo, no puede ver el Reino de Dios". Luego, dijo: "…el que no naciere del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios".

Mat 28:18-20: bautizándolos y enseñándoles. Vivimos en el Reino por la obediencia. Necesitamos aprender los principios que rigen la vida en el reino y a aplicarlos en este mundo para vivir en este mundo como ciudadanos del Reino. Heb 11:3: lo invisible debe gobernar lo visible; Cristo debe tener la autoridad en ambas esferas de nuestra vida.

Ver el reino sin entrar en él es permitir que, como creyentes salvos, las condiciones del mundo nos dominen, contrario a las instrucciones del Señor (Gal 4:1-7). Jn 14:22: Jesús es la verdad y el Rey del Reino. La verdad es el fundamento del Reino y sus principios. Rom 8:29: al nacer de Su Espíritu, el siguiente paso es conformarnos a El. Jn 4:23: solo entonces podremos adorar a Dios en espíritu y en verdad. Mat 7:21-23: solo entonces podremos vivir en la verdad.

¿Por qué es importante ver y entrar en el Reino ahora, de inmediato? Col 1:16, Rom 11:36: El es por medio de quien y para quien fueron creadas todas las cosas; El sabe exactamente como funcionamos, con funcionan la vida y el mundo. El diseñó todo para nuestra bendición; entonces solo viviendo en el Reino tendremos la plenitud de vida bendición que El diseñó para nosotros (Jn 10:10, Efe 1:3). El mundo anhela la paz: El es el Príncipe de Paz (Isa 9:6) y anhela darnos su paz que sobrepasa todo entendimiento (Fil 4:7). El mundo desea el amor: El es amor (1 Jn 4:8) y El nos ama (Jn 3:16) y nada nos puede separar de su amor (Rom 8:38-39). El mundo quiere una vida con bienestar: El nos quiere dar todo eso (3 Jn 2, Sal 1.1-3). Solo hay un requisito: nacer de nuevo y obedecer (vivir en y bajo el Reino).



La vida en el Reino.

Los principios del Reino, sus leyes, en oposición a cualquier otro punto de vista ajeno a ellos, conducen a un nuevo sistema de vida (Prov 23:7) mejor que cualquier otro (3 Jn 2, Sal 1:1-3, Deut 28:1-14), un aspecto que buscan las personas hoy, desesperadamente.
Ezeq 36:26-27, Jn 8:26-32: aceptar a Jesús y su obra expiatoria, y hacer la verdad (poner en práctica sus principios en nuestra vida diaria) nos hace libres. Otro aspecto que tan desesperadamente buscan las personas en el mundo hoy.
Nada que el hombre pueda ser de naturaleza, o que pueda alcanzar por cualquier tipo de cultivo de sí mismo, sirve para entrar al Reino. Mat 18:3: para entrar al Reino hay que ser como niños (humildes).

La nueva naturaleza recibida por el nuevo nacimiento es obediencia: solo aquellos que hacen la voluntad de Dios entrarán el Reino futuro (Mat 7:21-23, 2 Ped 1:10-11).
El Reino trae consigo un estilo de vida caracterizado por el amor (1 Cor 13:1-7) y la santidad (1 Cor 6:9-10); los injustos (pecadores) no heredarán el reino de Dios.
La pertenencia al Reino de Dios no es obediencia externa (legalismo) sino de obediencia interna, antes que nada (lo interno sale a luz al exterior): justicia, paz y gozo en el Espíritu (Rom 14:17).

En la aplicación de las enseñanzas del Reino, y en su expansión vamos a entrar en conflicto el diablo y el mundo (sus súbditos):
Jn 17:14: aborrecidos (rechazados) por el mundo.
Mat 19:28-29: dejar casas, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer e hijos, tierras.
Jn 16:33: en el mundo tendremos aflicción pero en nuestro corazón paz.

Sin embargo, como hijos amados y súbditos, objeto del cuidado de Dios y del Rey Jesucristo:
Heb 4:15-16: tenemos un Sumo Sacerdote que se compadece de nuestras debilidades.
Heb 13:5-8: El Señor dijo: No te desampararé, ni te dejaré; de manera que podemos decir confiadamente: El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre.
1 Ped 5:6-11: echar nuestra ansiedad sobre El porque El tiene cuidado de nosotros. Después de los padecimientos (que serán temporales), El mismo nos perfeccionará, afirmará, fortalecerá y establecerá.



El pueblo del Reino y la expansión del Reino.

La caída: el ser humano se aliena (evade, escapa) de Dios, de sí mismo, de los demás y de la tierra misma.

Dios no ha dejado de trabajar (Jn 5:17) para volver todas las cosas al orden original (Joel 2:25-28, Luc 19:10). En relación con las personas, para restaurarlas a la posición de hijos de Dios. En relación a los sistemas sociales, para restaurarlos para que estén fundamentados en relaciones justas y pacíficas. Y en relación a la creación entera, para restaurar la relación de las personas con ella para establecer entre ambos unas relaciones y mayordomía productiva.

Como parte primordial, esencial, prioritaria, punto supremo de ello, Jesús fue enviado por amor del Padre hacia su creación entera Jn 3:16, mundo, "cosmos", universo -toda la creación-. Vino a rescatar todo lo que se había perdido (Luc 19:10). En la Cruz despojó al diablo y a sus huestes de los derechos adquiridos en la caída, no solo sobre las personas sino también de su poder sobre las sistemas sociales y sobre la creación entera (Col 2:15). Es el punto de partida (visible) de la restauración de todas las cosas con Cristo como su cabeza (Col 1:19-20, Efe 1:10, Rom 8:19-21).

El Evangelio es, entre otras cosas:
La buena noticia de la salvación personal.
La buena noticia de la salvación social porque los modelos distorsionados de poder han sido rotos
La buena noticia de la restauración de la naturaleza al propósito de Dios, mediante la liberación de las personas y los sistemas sociales que la han corrompido.

La recepción del Evangelio es abrazar y aceptar, no solo la salvación personal sino también modelos de relaciones sociales transformadas radicalmente y una nueva actitud hacia la naturaleza entera (mayordomía): el Reino hoy es una realidad en construcción cuya total implementación y perfección se consumarán en la segunda venida de Cristo.

No somos los autores del Reino, Jesús lo es. Pero somos sus co-laboradores (1 Cor 3:9) y sus embajadores (2 Cor 5:20) en la expansión y preparación del Reino en este tiempo y en nuestra realidad concreta. Como Iglesia y como creyentes, somos las señales anticipadas del Reino. Nuestra misión fundamental, además de adorar y honrar al Rey del Reino, es la de construir el Reino en nosotros y en nuestras relaciones con Dios, con nosotros mismos, con nuestras familias, organizaciones y comunidades, con los otros y con toda la Creación por medio de nuestro trabajo. Es en este sentido que podemos y debemos realizar nuestra función de reyes y sacerdotes para Dios.

Es en ese contexto que la oración que Jesús nos enseño a orar, en la parte específica que se refiere a "Venga tu reino, hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra" cobra pleno sentido, implicando:
Que el gobierno de Dios sea manifiesto en nuestra vida y que entremos en las bendiciones de Su Reino hoy.
Que Dios traiga la historia humana a su consumación, divinamente ordenada.
Que en nuestras iglesias, la vida y el compañerismo de ellas sea la vida y el compañerismo de personas entre quienes la voluntad de Dios es hecha.
Que los principios y valores del Reino se establezcan, en el mayor grado de alcance posible, en la realidad social en la que estamos inmerso, aquí y ahora, por nuestra aplicación de esos principios y valores, que no solo traigan gloria al Rey, sino que sean vistos por todos a nuestro alrededor, para que ellos también crean y participen en esa construcción del Reino.



La misión del creyente en relación con el Reino de Dios hoy.

Por un lado, el mundo de hoy es un mundo caótico, rápidamente cambiante, donde predomina la cultura de satanás (pecado). Por otro lado, los cambios en el mundo entero son inevitables; son parte del programa de Dios y El los tiene bajo Su control: hay un tiempo para cada cosa.

Los creyentes según Mat 9:17 necesitamos ser odres nuevos, abiertos al mover del Espíritu (no legalismos). Por otro lado, según Mat 5:13-16 somos luz y sal, portadores de la cultura de Dios, la cultura de orden.

Dios tiene un pueblo que El salvó para contribuir al orden en la tierra (Mat 13:33: levadura) y para hacer Su obra en el mundo (cuerpo) equipado con poder (Espíritu Santo y Palabra).

Los cambios son oportunidades para el liderazgo (ejemplo, servicio) de los creyentes: implantar una muestra del Reino de Dios entre nosotros ( Hch 16:31, Hch 1:8): individuo, familia, comunidad, nación (no se puede conquistar afuera lo que no se ha conquistado adentro).

La Iglesia (Efe 4:11-16): el lugar para la preparación, el adiestramiento y el entrenamiento de los creyentes para desarrollar el liderazgo que van a asumir afuera de la iglesia.

Si los principios de Dios no gobiernan nuestras acciones y, por ende, todas nuestras actividades, ¿quién lo hace? el hombre y el diablo. Los principios de Dios traen gobierno, autoridad, orden, poder, unidad. Los principios del diablo a través de los seres humanos traen desgobierno, rebelión, desorden, falso poder (pseudopoder), división.


Dios nos formó para propósitos específicos: amarlo a El, amar al prójimo y cuidar y labrar el "huerto" (el mundo físico). Administrar recursos limitados para necesidades crecientes: responsabilidad. Sobre lo poco para lo mucho. Sobre lo pequeño para lo grande.

El pecado destruye las relaciones, la salvación las reconstruye. Jesús vino con la misión de reconciliar y de traer el Reino de Dios. El Reino de las relaciones justas (Mat 5, 6, 7)(Mat 6:33). El es el Pacificador supremo. El nos envía para ser pacificadores (1 Cor 5:17-21). La reconciliación es prioritaria: está en el corazón mismo del Evangelio. El Reino de Dios, inaugurado por Jesús, es el gobierno de Dios de justicia y paz. Jesús mismo demostró perfectamente con su conducta los ideales del Reino. En el Reino "consumado" se convertirán las espadas en rejas de arados y las lanzas en hoces, y no alzarán sus espadas nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra (Isa 2:4).

Las artes, la política, el comercio, la sociología, los sindicatos, los medios de comunicación, la educación, las ciencias, etc., son de Dios; hay que recuperarlas para Su gloria. A lo largo de todas las épocas y desde el Antiguo Testamento hasta ahora, los creyentes hemos enriquecido la historia con conocimientos, tecnología, ciencia, arte, visión, etc. Debemos, como creyentes y constructores del Reino de Dios mientras Cristo viene por segunda vez, asumir en Su Nombre el liderazgo del mundo en todos los aspectos y campos que nos sea posible:
 Sirviendo.
 Supliendo las necesidades de los necesitados (Mat 25:31-46).
 Reconciliando relaciones entre nosotros y los demás y entre ellos.
 Haciéndolo lo mejor que podamos: el buen samaritano (Luc 10:25-37).
 Con humildad, por amor, sin prepotencia ni por posiciones o buscando algo a cambio (Mar 10:42-45).
 Reparadores de portillos, restauradores de calzadas, constructores de cimientos de genera-ción a generación, etc. (Isa 58:1-12).



El Cristiano y el Reino de Dios.

Es una realidad espiritual que necesitamos buscar, conocer, entender y vivir hoy (Luc 16:16, Mat 6:33, Rom 14:17). No es para después de la vida terrenal solamente. Es para hoy.

Lo primero que es el Reino de Dios es justicia, es decir, el cumplimiento de los mandamientos, estatutos y decretos del Reino, sus principios y valores. Sin obediencia a ellos, entonces, no hay reino.

Mat 20:16: muchos los llamados, pocos los que escogieron. Todos somos llamados a vivir en el Reino de Dios, no vivimos en el Reino automáticamente. Para vivir en él necesitamos buscarlo con dedicación y arrebatarlo (Mat 11:12). Dios quiere que vivamos en El, pero al final, nosotros somos los que elegimos o escogemos vivir en el Reino.

Necesitamos escoger la vida (Deut 30:15-20) y vivirla amando a Dios y andando en sus caminos y guardando (obedeciendo) sus mandamientos, sus estatutos y sus decretos. Si bien los creyentes ya no vivimos bajo la ley (como método de la salvación, Rom 6:15) ello no implica que los mandamientos de ella dejaron de ser mandamientos para nosotros. Jesús no vino a anular los mandamientos de la ley (Mat 5:17), porque ni una tilde ni una jota pasarán de ella hasta que pasen el cielo y la tierra (Mat 5:18). La diferencia es que en el Antiguo Testamento las personas, para cumplir con los mandamientos, dependían solo de sus propias fuerzas, para llegar a la desesperación y volverse al Salvador (Gal 3:22), mientras que nosotros tenemos al Espíritu Santo que es nuestro ayudador para poder cumplirlos. Amar a Cristo, estar bajo Su Señorío, que es lo que nos hace salvos (Rom 10:8-10) implica cumplir con Su Palabra, sus mandamientos, sus estatutos y sus decretos (Jn 14:23, 1 Jn 2:4-5, 1 Jn 3:24). Por lo tanto, los creyentes en Cristo, necesitamos estar bajo Su Señorío para ser salvos, y ello implica guardar, cumplir, obedecer, toda la Palabra de Dios. Los mandamientos de la Palabra no son opciones ni elecciones, son órdenes, y las órdenes se cumplen. Atendiendo a su voz (buscando la intimidad con El y siendo guiados por el Espíritu Santo). Siguiéndole a El (Su Palabra, Su modelo de vida).

Los resultados de ello: que vivamos (El es vida para nosotros, plenitud) y multiplicación (incrementos). Multiplicación de nuestros años. Bendición en la tierra (bienestar).

Dios quiere liberarnos para vivir en Su Reino: el mundo no quiere dejarnos (Exo 6:2-8). Cuando los Israelitas ya eran suficientes en número, Dios se rebela a ellos como Señor. Ello implica: Que El es su Rey. Que ellos debían obedecerle. Que ese reino sería un reino físico, no solo espiritual, por cuanto les daría un territorio específico donde establecerse y manifestar y desarrollar el Reino. Ellos serían el pueblo del Reino. Pero ellos no escucharon a Moisés a causa del desaliento y de la dura servidumbre (sus ocupaciones inmediatas, urgentes).

La diferencia entre Israel y nosotros la Iglesia no está en los puntos anteriores, que continúan vigentes para nosotros, sino en que nosotros ya no solo somos pueblo, sino familia y en que la extensión del Reino ya no es solo un pueblo en un lugar determinado, sino todos los pueblos en todo lugar.

Al igual que en el tiempo de Israel en Egipto, cuando ellos no escucharon esa tremenda verdad del Reino que Dios quería establecer sobre y con ellos, y todas las implicaciones del Reino, a causa de sus muchas preocupaciones u ocupaciones, hoy la Iglesia está en la misma posición aunque por diferentes situaciones. Hoy nos gustan y nos atraen las añadiduras del Reino (salvación, vida eterna, prosperidad, liberación, sanidad, bendición financiera, etc.), pero no el Señorío, el Reino, la obediencia, la santidad, el compromiso con Dios, etc.

Como la Iglesia de Laodicea (Apo 3:17), queremos las añadiduras del Reino pero no el Reino, queremos estar con un pie en las cosas del mundo y otro en la Iglesia, pero ello, delante de Dios, no sirve. Eso es tibieza, y la tibieza es abominación al Señor (Apo 3:15-16).
 Hoy queremos ser diplomáticos con los que no conocen a Cristo.
 No queremos asumir compromisos claros, definidos y radicales por Cristo. Tenemos temor que nos llamen fanáticos.
 No solo toleramos al pecador; toleramos el pecado (1 Cor 5:1-2) y hasta le llamamos "enfermedad".
 Hemos perdido el equilibrio espiritual y hemos cambiado nuestros valores cristianos relacionados con la santidad, por los valores del mundo y de la carne, siguiendo a dioses ajenos como el dinero, las bienes materiales, la comodidad, la sensualidad, el éxito, etc.
 Hemos permitido pasivamente que el pobre sea explotado lo hemos llamado habilidad empresarial y éxito en los negocios.
 Hemos permitido pasivamente que la pereza sea recompensada y la hemos llamado ayuda social.
 Hemos permitido pasivamente los abortos y lo hemos llamado "la libre elección".
 Hemos sido negligentes al disciplinar a nuestros hijos y lo hemos llamado desarrollo de su autoestima y respeto a sus derechos.
 Hemos permitido que los que están en autoridad abusen del poder.
 Hemos codiciado los bienes de nuestro vecino y a eso le hemos llamado tener ambición.
 Etc.
 En la Iglesia de Laodicea, el Señor no estaba, estaba fuera, a las puertas, pero no dentro (Apo 3:20), y podría ser que en algunas de nuestras iglesias hoy esté sucediendo lo mismo.
 Y ello es así porque no estamos viviendo el Reino sino solo sus añadiduras, solo lo que emocionalmente nos es favorable, nos gusta, o nos conviene.



Rom 10:8-10.

Sin señorío (obediencia a la Palabra completa de Dios, santidad en nuestro estilo de vida) no hay salvación.
Necesitamos volvernos a la obediencia como estilo de vida, no a las añadiduras que la Palabra nos promete.
Cuando vivamos en la obediencia, no tendremos que buscar las añadiduras. Ellas nos vendrán, nos alcanzarán, nos caerán encima.



Causa y efecto de los principios bíblicos

Cuando las personas –como individuos o sociedades, cristianos o no cristianos– siguen en lo general, consciente o inconscientemente, los mandamientos morales, económicos y prácticos de la Biblia, tienden a cosechar como resultado las bendiciones terrenales (Jos 1:8, Deut 28.1-14, 3 Jn 2, Sal 1:1-3).

Cuando las personas generalmente dejan de seguir los mandamientos morales, económicos y prácticos de la Biblia tienden a cosechar como resultado los juicios terrenales (Deut 28.15-68).

Dios no le permite por siempre a las personas sembrar vientos sin cosechar tempestades. Tarde o temprano va a cosechar sus consecuencias. Dios es grande en misericordia y lento para la ira, pero ello no quiere decir que la ira de Dios no se pueda manifestar en algún momento (Gal 6:7, Sal 145:8, 2 Ped 3:9, Deut 4:24, Heb 12.29).

La obediencia no le garantiza al creyente cualquier cosa que le solicite a Dios. Dios no está obligado por nuestra obediencia, sino por Su voluntad (1 Jn 5:14).



El sufrimiento como parte de la vida del Reino
El sufrimiento y la persecución son parte normal, aunque no permanentes ni necesariamente constantes, de la vida cristiana (Mat 5:10-12, 1 Ped 5:8-10) por las que el creyente participa con Cristo en Sus sufrimientos (Col 1:24), en un servicio desinteresado por el avance del Reino.
El sufrimiento no siempre es una señal del juicio o desagrado de Dios por el pecado (Hch 7:52-60).
El sufrimiento no le añade nada a la obra de Cristo en la redención.

31 Ene 2012