Estudio Bíblico

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Ministerio Reyes y Sacerdotes - Guatemala

Módulo 203. Espíritu de la religión.



ALGUNAS ACCIONES ESPECÍFICAS DEL ESPÍRITU DE LA RELIGIÓN HOY (1).



Doctrina del "cesasionismo".

La autoridad y poder del que la Iglesia está dotada para derrotar a las fuerzas espirituales malignas comandadas por el diablo deviene de la acción y operación del Espíritu Santo en la vida de cada uno de los creyentes en particular y de la iglesia en general. El Espíritu Santo de Dios es el proveedor del poder que manifiesta la autoridad que nos ha sido delegada por Jesús (Mat 28:18-20, Luc 4:18-19) y es el proveedor de los dones que manifiestan ese poder.

Por lo tanto no resulta ni remoto ni descabellado pensar que uno de los encargos fundamentales que el espíritu de la religión ha recibido de satanás es bloquear de cualquier forma posible el que los creyentes en particular y la iglesia en general operen en el poder del Espíritu Santo y fluyan en los dones que manifiestan ese poder, para evitar que la iglesia sea, en el orden de la autoridad que Jesús le ha provisto, todo aquello que es el propósito de Dios que sea.

Para ello usa dos formas: bloquear, estorbar o distorsionar el conocimiento del Espíritu Santo en la Iglesia, o cualquier acción parecida a esta, por ser el Espíritu Santo el canal del poder de Dios hacia el creyente y la iglesia. El diablo sabe que la iglesia perece por falta de conocimiento, en este caso, por falta del conocimiento del Espíritu Santo que está en cada creyente. Es por ello que en un fuerte sector de la iglesia el pensamiento acerca del Espíritu Santo sea más el correspondiente con una fuerza, una presencia, una sensación, que el de una persona con todas las características correspondientes a una persona: voluntad, pensamientos, emociones. Con una persona necesito relacionarme, construir, cuidar y desarrollar la relación, invertirle tiempo y esfuerzo, y tratándose de Dios, no contristarlo, obedecerle, sujetarme a El, honrarle, etc. Con una fuerza, presencia o sensación, solo necesito invocarla y esperar que esté allí cuando la necesite.

La segunda línea estratégica en esta dirección sería descalificar la operación del poder y de los dones del Espíritu Santo. Como en Dios la descalificación de los dones no es posible, porque ello implicaría la descalificación del origen de los dones que es Dios mismo, quién no es descalificable, el único camino viable que le queda al espíritu de la religión para lograr su objetivo es manejar el argumento de que la operación del poder y los dones que manifestó la iglesia en el Libro de los Hechos y en las epístolas del Nuevo Testamento era solo para el tiempo de la iglesia “primitiva” pero que en este tiempo, los dones ya no necesitan manifestarse. De esa cuenta se las ingenia para introducir en la Iglesia la doctrina del “cesacionismo”, cuya conclusión primordial, básicamente, se refiere a la finalización del poder, los dones y los ministerios en una época pasada de la iglesia.

Con esta doctrina, además, se cumplen otros objetivos, tanto del espíritu de Grecia como del espíritu de la religión:

• Se elimina la sobrenaturalidad de la operación de la iglesia, y comienza a funcionar en todos sus aspectos desde una perspectiva natural, humana, abriendo las puertas a la penetración del humanismo, el espíritu de Grecia y las normas humanas, en el funcionamiento de la iglesia.

• El cristianismo, entonces, despojado de la sobrenatural, se transforma de un estilo de vida y se convierte en una religión y en una institución con una jerarquía, una organización burocrática y una serie de programas y actividades que simplemente le dan mantenimiento básico a los creyentes pero no los encaminan al cumplimiento de los propósitos de Dios para su vida y de su congregación.

Y si por alguna razón, este argumento no le funcionara, le quedaría todavía la otra opción de limitar su uso de alguna manera, ya sea en el sentido de reconocer el uso de algunos de los dones en este tiempo debido a la abrumadora evidencia práctica de la operación de dichos dones (como las sanidades, las profecías, las lenguas, etc.) pero acompañada de la negación o limitación de la operación de otros dones (palabra de sabiduría, palabra de ciencia, discernimiento de espíritus, diversos géneros de lenguas, etc.).

Y si ninguno de las dos estrategias anteriores le funcionara en relación con la manifestación del poder, los dones y los ministerios, todavía podría apelar a una tercer, que seguramente tendría éxito también: limitar su uso a solo dentro de los edificios y/o actividades de la iglesia institucional o nuclear, dos horas a la semana, en alguno de los servicios o cultos de la iglesia nuclear.


La unidad del gobierno de la iglesia.

Sin temor a equivocarnos podemos manifestar que uno de los más grandes deseos del corazón del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo es el de la unidad de la iglesia, así como ellos son uno.

Jn 17:20-23: “Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado.”

Efe 4:11-16: “Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor.”

Adicionalmente a ello, la unidad de la iglesia no solo es un deseo de Dios, es una necesidad de cara a la responsabilidad y al propósito de Dios para la iglesia, de combatir, derrotar e invadir los dominios usurpados por el diablo y establecer el Reino de Dios en ellos. En Mat 16:18-19, cuando Jesús instituye la iglesia y le asigna el poder y la autoridad, habla de “mi iglesia” no de “mis iglesias”. Ello implica que el poder y la autoridad frente a las tinieblas se manifiesta en su máxima expresión cuando el Cuerpo está en unidad, en armonía, participando coordinada y organizadamente, y ayudándose mutuamente todas las partes, o la mayor cantidad de partes posibles.

Derrotar y echar al diablo de una determinada área geográfica, y establecer el Reino de Dios en ella es una tarea demasiado grande para ser hecha solamente por un grupo de personas, una congregación o una denominación. Requiere de la participación de todo el Cuerpo de Cristo en unidad y ayudándose mutuamente según los dones que Dios le ha dado a cada persona, grupo, congregación y denominación.

Esa unidad se comienza a levantar después de establecer el fundamento de la Principal Piedra del Ángulo (Jesucristo, 1 Ped 2:6), sobre el fundamento que ponen los apóstoles y los profetas (Efe 2:20, 1 Cor 12:28, Efe 4:11). Es solo cuando los apóstoles están puestos en el lugar que les corresponde dentro del andamiaje de todo el Cuerpo de Cristo que la unidad es posible. Ninguno de los otros oficios ministeriales, de acuerdo a las características propias del oficio y de los dones otorgados a ellos, reúne las condiciones de autoridad, gobierno y equipamiento para poder llevar a cabo la unidad del Cuerpo, para reunir alrededor de sí a amplios sectores del Cuerpo. La evidencia escritural de lo anterior está en el hecho de que cuando unos querían seguir a Jesús el les dice que no tiene donde poner la cabeza (eso no significa que no tuviera casa o cama, como una lectura superficial indicaría, porque si las tenía). Ello implica que no existía la Iglesia para establecer la autoridad de la cabeza, y cuando Jesús establece la Iglesia lo hace estableciendo apóstoles, lo que implica que la Cabeza (la autoridad y el orden de Cristo) se establece sobre la Iglesia cuando está establecida la autoridad de El además de la autoridad de los apóstoles. Por ello en la lista de dones de 1 Cor 12:28, la lista comienza con apóstoles, usando la palabra “primeramente” que es la traducción de la palabra “protones”, que significa primeros en autoridad, primeros en orden. Igualmente, cuando la Palabra enseña sobre el fundamento de la Iglesia después de Cristo, habla de los apóstoles (en primer lugar) y los profetas (Efe 2:20).

Por todo ello, el diablo, a través del espíritu de la religión, no solo se manifiesta enemigo de la unidad del Cuerpo, sino desarrolla todos los esfuerzos posibles, y delega todos los demonios posibles, para provocar la división, la fragmentación, la enemistad, los celos, las contiendas, las disensiones, etc., dentro del Cuerpo de Cristo, principalmente en el nivel geográfico básico por donde la unidad del Cuerpo comienza según la Palabra: la ciudad (el ámbito local). La vida cotidiana de la iglesia en cualquier parte evidencia no solo los esfuerzos de las fuerzas del maligno en esa dirección, sino también, desgraciadamente, sus victorias. Y otro ámbito de batalla que las fuerzas de las tinieblas activan contra la unidad de la iglesia es dirigiendo sus ataques a donde comienza la unidad visible de la iglesia, el ministerio apostólico, pretendiendo desactivarlo, destruirlo, eliminarlo, desacreditarlo, etc.

Amó 3:3: “¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo?”

Dios es un Dios de orden (1 Cor 14:33), y El ha establecido que la bendición plena comienza con la Cabeza (Sal 133), lo que implica que, en el caso de la iglesia, por Su gobierno visible: los apóstoles. Por tanto, para impedir la unidad del Cuerpo de Cristo, una de las cosas que el espíritu de la religión va a tratar de hacer es utilizar todos los medios posibles para que los apóstoles no asuman su lugar en el orden y gobierno de la Iglesia, como los padres espirituales que Dios determinó que fueran. Y el modelo apostólico sigue el modelo del servicio en el templo en el Antiguo Testamento: un sumo sacerdote (apóstol) ejerciendo la labor de padre y guía espiritual de todos los levitas que servían en el templo (pastores y otros ministerios locales).

De hecho, la organización de la Iglesia del Libro de los Hechos manifiesta esta situación de una forma clara: Pablo, el Apóstol a los gentiles, era el que ejercía la autoridad superior en el nivel geográfico de cada iglesia gentil de las que tuvo a su cargo: Corintios, Efeso, Galacia, etc., mientras que la Iglesia de Jerusalén tenía su propia autoridad apostólica: Santiago.



La "mitificación" del objetivo de la iglesia: el "Pre-mileniarismo".

*La Palabra nos enseña de múltiples maneras que la influencia predominante en el mundo fuera de Cristo es la del maligno (1 Jn 5:19, Jn 12:31, Jn 14:30, Jn 16:11, Efe 2:2). Cuando Jesús estableció la Iglesia su enfoque estaba claramente orientado hacia el establecimiento del Reino en la tierra (Mat 16:19: “A ti te daré las llaves del Reino de los cielos”, acompañado de la autoridad y poder para atar y desatar en la tierra lo que sería atado y desatado en el mundo espiritual, en virtud de que lo espiritual es lo que determina lo natural, según nos enseña Heb 11:3 y Gen 1.

Por otro lado, Jesús le enseñó a la iglesia a orar que el Reino de los Cielos viniera a la tierra y que Su voluntad de hiciera en la tierra como en el cielo (Mat 6:9-10). De hecho, la Gran Comisión (Mat 28:18-20) es la forma, el medio, y la instrucción de como esa oración tendrá respuesta: discipular a las naciones (traer bajo el Señorío de Cristo a las personas, sus relaciones, sus actividades y sus relaciones con los objetos, 2 Cor 5:18, Rom 8.19-21, Col 1:18-20). Los creyentes no solo somos hechos nuevas criaturas sino también ministros de la reconciliación para traer todas las cosas de vuelta al Reino, de tal manera que Cristo venga a ser nuevamente la cabeza plena de todas ellas.

Como consecuencia de ello, otra estrategia del espíritu de la religión apuntaría a orientarse (como de hecho lo está) a desviar a la iglesia de su objetivo primordial: establecer y desarrollar el Reino de Dios en la tierra. Para ello, usa una estrategia múltiple: lo primero es “mitificar” el Reino de Dios, poniendo en la eternidad futura, y enajenándolo o alejándolo de la eternidad presente. Es decir, sostener que el Reino de Dios, por la imperfección del ser humano, aún del ser humano regenerado, cuyo perfeccionamiento se completará hasta el día de Jesucristo (Fil 1:6), no podrá establecerse en esta era, sino solo hasta que Jesús venga en su Segunda Venida para establecer el Reino Milenial, y que ese era el objetivo primario de la oración del Padre Nuestro cuando dice “Venga tu Reino, hágase tu voluntad aquí en la tierra como se hace en el cielo” (Mat 6:10). A pesar de que el argumento parece lógico (espíritu de Grecia), no toma para nada en cuenta que toda la oración del Padre Nuestro está orientada a peticiones para el tiempo presente: “Santificado sea tu Nombre, hoy; danos el pan nuestro de cada día, hoy; perdona nuestros pecados, hoy; así como nosotros perdonamos a quienes pecan contra nosotros, hoy; no nos permitas caer en tentación, hoy; libranos del maligno, hoy”. Entonces, lo realmente lógico es suponer que también la petición de que “Venga tu Reino y hágase Tu voluntad en la tierra” es para hoy, no para el futuro (Mat 6:9-15). Y notemos que al final de la oración también Jesús dice: “porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos” y eso incluye el presente siglo, el hoy. O sea que el Reino de Dios no es para el futuro, sino para hoy y para el futuro. Hoy comienza a establecerse y desarrollarse para que en la Segunda Venida de Cristo sea perfeccionado (el Reino Milenial) y se complete la perfección absoluta en los Cielos Nuevos y la Tierra Nueva cuando la Nueva Jerusalén descienda del Cielo (Apo 21.1-4).

Derivado de esas dos posiciones “doctrinales”, entonces, la Iglesia solo debe concentrarse en llevar gente al Reino de la eternidad (evangelismo sin discipulado, evangelismo sin influencia hacia la transformación del mundo), dejando el poder del diablo sobre el mundo intocable, porque los negocios, la política, la educación, la ciencia, el gobierno, la economía, el arte, el deporte, etc., son los dominios “naturales” del diablo, mundanos, satánicos, diabólicos, y por ello los cristianos no deben meterse en esos dominios porque se va a “contaminar”. Esa posición se apuntala también con el argumento de que el mundo no se va a componer sino que solo puede empeorar en la medida en la que nos acerquemos a los tiempos del fin. En consecuencia, el ámbito de actividad de los y las creyentes es solo la Iglesia y la vida privada, el espíritu, de las personas. Por ello, las personas deben concentrarse únicamente en ir a la iglesia, participar en las actividades eclesiásticas, evangelizar a los que se lo permitan y esperar en el Señor el arrebatamiento, o irse a Su presencia. Deben concentrarse en su salvación y en mantenerla (no en el discipulado, en la transformación personal y de su entorno), lo que convierte entonces la iglesia (aunque no sea esa la intención, es la consecuencia), en una iglesia de gente pasiva, no una iglesia activa, vencedora, invasora, guerrera, sobrenatural.

Esta corriente de pensamiento, que prevalece en muchos ámbitos del Cuerpo de Cristo y que es conocida como “pre-mileniarismo”, ignora varios hechos importantes que la Palabra afirma, enseña, y establece claramente:
UNO. Que la operación del espíritu de la iniquidad se incrementará significativamente, pero una vez que sea quitado de en medio lo que hasta ahora lo detiene, la iglesia (sal y luz)) (2 Tes 2:6-7), o lo que es lo mismo, después del arrebatamiento de la Iglesia.
DOS. Que la Iglesia fue establecida para ser la plenitud de Cristo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo (Efe 1:15-23) para que efectivamente, en el Nombre del Señor y con la autoridad que le ha sido dada de echar fuera a los demonios, lo llene todo, para transformarlo todo, de tal manera que antes de la venida de Cristo, y aún con imperfecciones propias de la naturaleza aún en proceso de perfeccionamiento de los seres humanos regenerados, todas las cosas sean restauradas (en principio) al Señorío, plan y propósito de Dios (Hch 3:21, Rom 8:19-21, Col 1:18-20) y la gloria de la casa postrera (la Iglesia antes del arrebatamiento) sea mayor que la de la casa primera (la Iglesia del Libro de los Hechos).
TRES. Que la Iglesia fue establecida precisamente para enfrentar y derrotar al mal que hay en el mundo, no para esconderse o encerrarse, siguiendo el ejemplo de Cristo que fue enviado por el Padre para vencer el mal en el mundo, y que El mismo nos transfirió esa delegación del Padre (Jn 20:21, Jn 17:18).
CUATRO. Pone, en la práctica, a los creyentes en una posición de desventaja con respecto a los demonios, porque como todo lo que está en el mundo es del diablo, y si van a tratar de transformarlo se van a “contaminar”, entonces están diciendo, en otras palabras, que los demonios son más fuertes y poderosos que el creyente, que es el templo del Espíritu Santo, o lo que es lo mismo, que el Espíritu Santo que mora en el creyente no es suficientemente poderoso para derrotar a los demonios que están fuera de él, lo que es una clara negación de las Escrituras que claramente nos enseñan y afirman que mayor es el que está en nosotros que el que está en el mundo (1 Jn 4:4), y que en El somos más que vencedores (Rom 8:37) y todo lo podemos en Cristo (Fil 4:13) y que Cristo, que mora en nosotros vino para deshacer las obras del diablo (1 Jn 3:8), y que nosotros les venceremos con la sangre del Cordero y con la Palabra (Apo 12:11).

Como resultado de esa posición teológica se violan también otros principios establecido en la Palabra: la sal pierde su sabor, la luz se esconde bajo la mesa y la levadura no se echa en la masa (Mat 5:13-16, Mat 13:33).


04 Feb 2012