Estudio Bíblico

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Ministerio Reyes y Sacerdotes - Guatemala

Sanidad de la paternidad.



En el plan original de Dios (la Creación), el propósito de Dios era que los padres fueran Sus mensajeros y que lo modelaran a El en sus hijos, para que estos pudieran llegar a un mejor y mayor conocimiento de Dios y del Padre. Una de sus funciones principales era crear en los hijos una imagen del Padre que les hiciera fácil reconocer a Dios como Su Padre, modelar para ellos: fidelidad, integridad, cuidado y. adicionalmente, proveerles de una identidad, un propósito, un destino, una visión, y habilitarlos para que les fuera bien en la vida.

Ese plan, como podemos ver en la Palabra de Dios, a pesar de la caída, siguió vigente, no fue modificado (Deut 6:1-10, 1 Tim 3:4, Efe 6:4).

En la práctica, por la caída y a pesar de todas las instrucciones de Dios, las padres terrenales, en una gran mayoría, si no todos, hemos fallado. No solo nosotros, sino también nuestros padres.

La Palabra de Dios dice que Su pueblo perece por falta de conocimiento (Ose 4:6), y nuestros padres y nosotros hemos fallado por no tener el conocimiento de Dios, por adoptar, para crear a nuestros hijos e hijas, patrones del mundo en lugar de los de Dios.

Nosotros y nuestros padres hemos fallado por una de dos cosas: o por no haber sido buenos padres, o por haber sido tan "buenos" que hicimos a nuestros hijos e hijas dependientes de nosotros e lugar de hacerlos dependientes de Dios (buenos pero sin Dios).

Algunas de las fallas que se evidencian en los modelos de paternidad a los que hemos estado sujetos son:

a) Modelos de autoritarismo y miedo, que impide que los hijos e hijas se puedan acercar con confianza, sinceridad y libremente a los padres, dando como resultado, posteriormente, que de la misma manera le asignemos a Dios un carácter autoritario que produce temor y/o miedo y no tengamos la confianza ni el deseo de acercarnos a El, de tenerle confianza, de tener la libertad de acercarnos a El en busca de socorro, y de acercarnos a El con sinceridad. En muchos casos nos revestimos de religiosidad para poder acercarnos, con algo de confianza, a El. En consecuencia, como resultado de ese patrón de paternidad equivocado, no podemos acercarnos a Dios con confianza, sinceridad ni libertad. Más bien, tratamos de no estar cerca de El. No pueden comprender que El es Amor (no que tiene amor, que El es amor, 1 Cor 13:4-7).

b) Abandono y rechazo. Debido a las necesidades económicas o al egoísmo, una buena cantidad de padres fueron padres que abandonaron a los hijos, que dejaron los hogares, o bien que estaban tan ocupados en sus ocupaciones que no tuvieron el suficiente tiempo para dedicarnos, provocando en nuestros corazones que nos sintiéramos rechazados. Como resultado de ello, tampoco queremos acercarnos a Dios porque pensamos que está demasiado ocupado resolviendo los problemas de otros que no nos va a poner atención, o que nos va a abandonar, o que como no somos los suficientemente perfectos, cometemos errores y pecamos, nos va a rechazar y alejar de El. No pueden entender que nada ni nadie nos podrá separar de Su amor y de Su aceptación que hemos recibido en Cristo (Rom 8:31-39, Efe 1:6).

c) Promesas incumplidas. Para muchos, su infancia se convirtió en una serie de promesas no cumplidas por parte de sus padres, ya sea porque las promesas que hacían no era factible para ellos cumplirlas y en lugar de enfrentarnos a la decepción, nos hacían promesas futuras esperando que algún día las pudieran cumplir o que fuéramos lo suficientemente grandes para comprender que no podrían cumplirlas, o bien porque simplemente, en el trajín de sus ocupaciones cotidianas, se les olvidaba cumplirlas. Como resultado de ello, los hijos desarrollaron la imagen de que un padre no cumple sus promesas, y ahora, en una edad mayor, les cuesta confiar en Dios, el Padre y en Sus promesas; se les hace difícil confiar en que Dios si cumplirá lo que promete. Les cuesta creer que Dios no es hombre para que mienta ni hijo de hombre para que se arrepienta, que si El lo ha dicho, El lo hará (Num 23:19) y que todas sus promesas, sin faltar ninguna de ellas, se cumplirán tarde o temprano en nuestras vidas porque todas sus promesas son en El, si y amén (2 Cor 1:20).

d) Falta de afectividad o afectividad condicional. Para muchas personas hoy se les hace muy difícil creer en la incondicionalidad del amor de Dios a pesar de sus errores y sus pecados, en que la relación con Dios se fundamenta en la gracia y no en los méritos propios, como consecuencia de que en su infancia los padres mostraban afectividad y aceptación cuando ellos hacían las cosas bien a la manera de sus padres, y cuando no lo hacían de esa forma, los padres cortaban la afectividad y la aceptación, más bien manifestaban dureza, rechazo y menosprecio (1 Cor 13:4-7).

e) Muchas personas en su infancia, como consecuencia de su inexperiencia, posiblemente arruinaron algunas cosas de sus casas, por lo que sus padres les trataron muy duramente, los rechazaron, los menospreciaron, mientras que cuando ellos eran dañados personalmente la reacción de los padres era minimizar el daño que otros les habían hecho a los hijos. Ello llevó a esos hijos a crecer pensando que las cosas son más importantes que ellos, y ahora no se acercan a Dios porque creen que ellos no son importantes para Dios, o si se le acercan, lo hacen bajo una actitud que manifiesta que hacer obras (religiosidad, legalismo, servicio) es más importante que ellos como personas.

f) Incomunicación, falta de intimidad. Muchas personas vivieron su infancia sin una comunicación e intimidad real con sus padres a causa de la idea de que no había que molestarlos o importurnarlos cuando estaban en casa porque estaban ocupados en otras cosas o cansados, y que hacerlo podía ocasionar una reacción negativa en ellos, como pudo haber sucedido efectivamente en muchas oportunidades. Por ello, crecieron pensando que a Dios, como Padre, no hay que "molestarlo" tratando de comunicarnos con El o de tener intimidad con El, provocando, en la práctica, un rechazo o una dificultad muy fuerte en cuanto a la oración, si es que llegan a establecer una relación efectiva con El. Les cuesta entender que somos hijos de un Padre que anhela la comunión, la intimidad, la comunicación con nosotros (Sant 4:5, Cant 2:14).

g) Falta de estimulo. Muchos de nuestros padres, en el afán de hacernos personas fuertes, capacitadas para enfrentar los situaciones difíciles de la vida, en lugar de animarnos con cualquier logro que tuviéramos, lo minimizaban y más bien nos ponían un reto más difícil enfrente, haciéndonos sentir que nunca podíamos satisfacerles, quedar bien con ellos, suscitar en ellos algún sentimiento de aprecio o satisfacción hacia nosotros mismos, convirtiéndonos o en personas que nos dejamos de esforzar o bien en perfeccionistas buscando la aprobación de los demás. Posteriormente, ello repercute en la relación con Dios por cuanto no nos queremos acercar a El porque debido a su perfección pensamos que nunca vamos a llenar Su estándar para ser aceptados o bien nos relacionamos con El, en la búsqueda de su aceptación y amor, a través del activismo cristiano (llenarnos de actividades eclesiásticas), sin poder disfrutar de Su aceptación plena que ya recibimos mediante los méritos que Cristo ya hizo en la Cruz (Efe 1:6). Nos cuesta mucho entender que ya fuímos aceptados de una vez para siempre por El, y que somos como la niña de sus ojos, que somos amados por ser sus hijos y no amados por lo bien que realizamos nuestras actividades.

h) Una identidad defectuosa. Como consecuencia de las circunstancias de su vida, muchos padres fueron incapaces de darles a sus hijos una identidad correcta para enfrentar la vida con seguridad, más bien les dotaron de una identidad que les ha hecho muy difícil encarar los retos de la vida (no eres capaz, no sirves, no los vas a lograr, eres un fracasado, no vales la pena, etc.).

Como consecuencia de todo ello, en el corazón de muchos lo que la figura paterna evoca es dolor en lugar de amor, deseos de huír en lugar de acercarse, incredulidad y desconfianza en lugar de fe, etc. Pero Dios, hoy, y en estos últimos tiempos, desea sanar nuestros corazones de todo efecto de una paternidad defectuosa para preparar un pueblo bien dispuesto para El (Mal 4:5-6, Luc 1:17) que pueda vivir en la plenitud de Su paternidad y de Su amor (Efe 3:14-21), y por ende, en la vida abundante (Jn 10.10) en todo sentido.

Pero para ello, en primer lugar, necesitamos sanar nuestro corazón de todo dolor, amargura, resentimiento, etc., que las practicas de la paternidad a las cuales fuímos expuestos produjeron en nosotros entendiendo varias cosas: la primera, que mientras haya amargura en nuestro corazón no podremos alcanzar la plenitud de la gracia de Dios (Heb 12:14-15); que la falta de perdón que podamos estar experimentando hacia nuestros padres nos impide alcanzar el perdón de Dios (Mat 6:14-15); que el hecho de haber juzgado, acusado y declarado culpables a nuestros padres por sus errores nos va a llevar a cometer los mismos o peores con nuestros hijos porque de aquello que juzgamos nosotros vamos a ser también culpables (Luc 6:37, Mat 7.1); y finalmente, el verdadero culpable de nuestros problemas y dolores en esa área no fueron nuestros padres (ellos solo nos dieron lo que ellos mismos habían recibido, que poco o mucho, fue lo mejor que ellos tenían para darnos y que, en la gran mayoría de los casos, aunque equivocados, lo hicieron pensando que era lo mejor para nosotros) sino el diablo que desde la caída ha estado enemistado con la humanidad, principalmente con los hijos e hijas (Gen 3:14-15) porque la simiente de la mujer será la que le herirá en la cabeza -le derrotará-, y antes de que ello pueda suceder, él está tratando de destruír a los niños y los jóvenes, inutilizándolos para que no le puedan derrotar.

En resumen, necesitamos:
1) Perdonar a nuestros padres, estén vivos o muertos, cerca o lejos, y reiterar ese perdón tantas veces como sea necesario hasta que el recuerdo deje de causarnos dolor.
2) Pedirle perdón a Dios por haberle asignado a El las características "negativas" de nuestros padres terrenales, impidiéndonos tener con El una relación amorososa como la que El ha deseado tener con nosotros, no solo desde el día de nuestro nacimiento físico, sino desde antes de la fundación del mundo (Efe 1:4).
3) Buscar en la comunión con el Señor y en la Palabra, la transformación de nuestros pensamientos acerca del Señor.

15 Jul 2012