Estudio Bíblico

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Ministerio Reyes y Sacerdotes - Guatemala

La cruz y el perdón (3). La práctica del perdón.



LA CRUZ Y EL PERDÓN (3ª. Parte).
Serie “Restauración”.



Introducción.

Dios quiere restaurar nuestras vidas a su plenitud, lo que implica que Él quiere derramar la plenitud de Su gracia sobre nosotros. Y la gracia de Dios es Su cualidad o característica por la cual Él nos provee de todo aquello que no merecemos (sus bendiciones). Los únicos que podemos impedir que Su gracia se derrame sobre nosotros en plenitud somos nosotros mismos si cerramos las puertas a Su bendita gracia. Por ello la Palabra de Dios nos enseña en Heb 12:14: de la necesidad de perdonar, porque la falta de perdón produce amargura, y la amargura impide que podamos alcanzar Su gracia.

Por otro lado Mat 6:14-15 nos enseña que si no perdonamos a los hombres sus ofensas, tampoco nuestro Padre perdonará nuestras ofensas, porque una misma gracia es la que perdona nuestros pecados y la que perdona los pecados de otro. Entonces, al no perdonar a otros, en esencia, lo que estamos diciendo es que la gracia de Dios no es suficiente para perdonar a esa persona. Y como es la misma gracia que nos perdona, entonces, aunque no nos demos cuenta, lo que también estamos diciendo es que la gracia tampoco es suficiente para perdonar los nuestros. Por ello invalidamos la gracia de Dios para perdonar no solo el pecado del otro sino también nuestros pecados, porque la misma gracia por la cual somos perdonados es la misma gracia que cubre el pecado del otro.

Así que el perdón es más que un mandamiento, más que una obligación. Es una necesidad para vivir en la plenitud de la vida que Dios en Cristo quiere que vivamos (Jn 10:10): la vida abundante, y los planes de bien y no de mal que Él tiene para nosotros para darnos un futuro y una esperanza (Jer 29:11, Prov 4:18).

Por otro lado, para nosotros, en nuestras propias fuerzas, por nosotros mismos, es muy difícil perdonar, principalmente las ofensas muy graves. La carne, nuestra humanidad natural no es perdonadora sino todo lo contrario, es vengativa, rencorosa. Por ello el poder real para perdonar no viene de nosotros mismos. Deriva de Dios en nosotros y del poder que emana del sacrificio de Cristo en la Cruz del Calvario.

Jesús en la Cruz nos impartió a todos, creyentes y no creyentes, dos mensajes trascendentales, de la máxima importancia. El primero fue “Consumado es”, que implica que todo lo que concierne a nuestra salvación, perdón, justificación, liberación redención, santificación y glorificación fue concluido en esa Cruz y está disponible para nosotros cuando reconocemos el Señorío de Cristo sobre nosotros que implica que reconocemos que la autoridad que el diablo tenía sobre este mundo y sobre nosotros había sido quebrantada y recuperada para Dios (Col 2:13-15).


Y el segundo mensaje fue: “perdónales”, refiriéndose a todos los que le habían entregado, menospreciado, insultado, lastimado, lacerado, clavado, condenado, se habían burlado de Él, etc. Lo que constituye la máxima lección de perdón que el mundo ha recibido, y que es posible para nosotros por el poder que habita en nosotros, por el Espíritu Santo que está en nosotros, con nosotros y sobre nosotros.

Es importante recordar que en todas nuestras relaciones con otras personas, cercanas y lejanas, necesitamos siempre ir con el perdón por delante, porque no podemos amar a aquellos que no hemos perdonado, y recordemos que el mandamiento más importante que tenemos, después de amar a Dios con todas nuestras fuerzas es amar a nuestro prójimo.

Por la importancia del perdón para nuestras vidas, necesitamos reconocer algunas pautas que nos guíen en el proceso para limpiar totalmente de amargura nuestro corazón (Heb 12:14). Algunas de esas pautas son:



Pedir disculpas o pedir perdón.
La disculpa solo significa el reconocimiento de que nos equivocamos, y de alguna manera, es un escudo para nuestro ego para que no tenga que llegar a la negación de sí mismo que implica el perdón.
Lo que los cristianos pedimos es perdón, no disculpas, porque Dios no nos disculpa nuestros pecados, nos los perdona. La disculpa excusa una culpa, es una especie de justificación que hacemos de nuestra falta, en tanto que el perdón la reconoce, no la justifica.


Perdonar es no echar en cara.
Cuando Dios perdona nuestros pecados Él afirma que los aleja de nosotros como está lejos el oriente del occidente (Sal 103:12), que los oculta en el fondo del mar y que nunca más se acordará de ellos (Isa 43:25, Jer 31:34, Heb 8:12, Heb 10:17). Notemos como Dios dice en Su Palabra reiteradamente que Él no se acordará más de nuestros pecados. Y si Él hace eso, nosotros, lo que de gracia hemos recibido, necesitamos también darlo de gracia (Mat 10:8). Por lo tanto, cuando perdonamos, necesitamos nunca más acordarnos de esos pecados de las demás personas. El echar en cara ofensas anteriores que supuestamente ya perdonamos, implica, en la gran mayoría de casos, que o solo hemos perdonado del diente al labio, o que el proceso del perdón está incompleto y necesitamos reiterar una y otra vez el perdón por esa ofensa anterior hasta que el dolor y/o el malestar causado por la misma desaparezca.


Considerar los sentimientos de la otra persona.
La Palabra nos enseña en Mat 5:23-26 que si hay alguna persona que tiene algo contra nosotros cuando traemos nuestra ofrenda al altar, que dejemos la ofrenda en el altar pero que vayamos a arreglarnos con esa persona y después regresemos a presentar la ofrenda. En este pasaje hay varias enseñanzas, pero hoy necesitamos visualizar una: cuando se refiere a arreglarnos con la otra persona (pedir perdón), no dice que lo hagamos cuando nosotros consideremos que la otra persona tenga razón. Dice que lo hagamos siempre que la otra persona esté ofendida con nosotros (sea que tenga o no tenga razón). Lo que nos está indicando es que nos centremos en los sentimientos de la otra persona para restaurarla y liberarla (y de paso eso nos libera a nosotros). Aunque no hayamos hecho nada que a nuestro juicio hubiera podido lastimar a la otra persona, pero la otra persona se sintió lastimada, necesitamos ir y pedirle perdón y arreglar la situación con ella.
Solo hay una observación al respecto: que la otra persona se sienta lastimada o herida, si nosotros consideramos que tenemos razón en nuestras decisiones, no debe llevarnos a cambiar de decisión pero si a pedir perdón por la lastimadura que causamos en los sentimientos de la otra persona.
Si la otra persona utiliza sus sentimientos para tratar de hacernos cambiar de opinión, o no va a cambiar sus sentimientos por nuestra petición de perdón sino solo cuando cambiemos de decisión, eso se llama manipulación y requiere una forma diferente de manejo.


El perdón completo.
Cuando perdonamos necesitamos recordar que necesitamos perdonar no solo a la persona que nos causó algún daño sino que también la situación que provocó así como las consecuencias que todo ello trajo a nuestras vidas. Además de ello, necesitamos pedirle perdón a Dios por las conductas carnales que asumimos respecto a la otra persona, la situación y las consecuencias (nuestro propio pecado), y si es necesario porque afectamos directamente a la persona que nos ofendió, pedirle perdón por esas conductas nuestras que le afectaron.
Cuando pedimos perdón, igualmente necesitamos recordar que debemos pedir perdón a laa otra persona, no solo por nosotros, sino por la situación que provocamos y las consecuencias que de ello derivaron, y también perdonar a la otra persona por sus respuestas carnales a la situación que nosotros provocamos (esto no hay que decírselo a la otra persona a menos que ella lo mencione si nos pidiera perdón).


La confirmación del perdón.
Cuando pida perdón, pídale a la persona que le confirmé que le ha perdonado. Esto no es solo una formalidad. Es ayudar a la persona a la que le estamos pidiendo perdón a que perdone y ella sea liberada también, no solo nosotros. Recordemos que de la abundancia del corazón habla la boca (Luc 6:45) y que en la boca está el poder de la vida y el poder de la muerte (Prov 18:21). Al pedirle que nos confirme que nos perdona estamos dándole la oportunidad que el perdón se interiorice en su corazón y que sus palabras creen lo que sea necesario para que ese perdón sea establecido plenamente en su vida y en su corazón, y la relación entre nosotros y esa persona sea restaurada lo más posible.
Si después de varios intentos la persona no lo dice con su boca, o manifiesta algo contrario a perdonarnos, ese asunto ya no es nuestra responsabilidad, y delante de Dios somos bendecibles y gratos le obedecimos en su enseñanza. Por ello, el que la otra persona no nos perdone no debería generar en nosotros ninguna culpa ni condenación. La falta de perdón será un problema de la otra persona con Dios, no con nosotros ni nuestro.
Inversamente, cuando sea usted a quién le piden perdón, sea rápido en contestarle a la otra persona que si le perdona, sin excusas, sin argumentos, directamente. De esa manera usted se estará liberando completamente de la falta de perdón y además estará bendiciendo a la otra persona.


No pedir perdón por escrito.
La forma de pedir perdón, hasta donde sea posible y no se ponga en riesgo nuestra integridad personal, debería ser directa, cara a cara, y si por efectos de la distancia ello es imposible, entonces podemos o deberíamos hacerlo de viva voz (teléfono, skype, facetime, y/o cualquier otro medio de comunicación que tengamos a la mano para hablar con la otra persona). En algunas situaciones, si no es que en la mayoría, hacerlo por carta no es recomendable porque la carta es impersonal, lo que puede provocar que la otra persona no nos perdone, que le de vuelta a sus argumentos en su cabeza y se acreciente el dolor y la falta de perdón, o peor aún, que use lo que hemos escrito en nuestra contra.


Las ofensas o daños no percibidos por la otra persona.
Nuestra responsabilidad delante de Dios y las personas es pedir perdón por cosas que efectivamente hayan provocado una ofensa o un daño a la otra persona y que la persona haya vivido la ofensa o el daño. Cuando nuestra conducta o actitud no ha sido percibida o experimentada por la otra persona, cuando las cosas de las que tenemos que pedir perdón solo estuvieron en nuestra mente o corazón, o fueron ocultas para la otra persona y no se percató de ellas, entonces lo que necesitamos no es pedirle perdón a la persona (ojos que no ven o cosas que no se saben, corazón que no siente) sino pedirle perdón a Dios solamente. Ir con la otra persona a pedirle perdón por cosas que ignora, en lugar de lograr que nos perdone, por el impacto que eso le puede causar, puede ser que la metamos en un problema de experimentar un dolor que no había experimentado ni tenía que experimentar y que como consecuencia de ello experimente algún tipo de armagura, y para nosotros que no nos perdone y que por nuestra falta de sabiduría se produzca una relación quebrantada.


¿Perdonar a Dios?
Dios es totalmente perfecto, santo, bueno. De ninguna manera puede cometer un mal porque ello iría en contra de su propia naturaleza. Entonces, lo que de allí surge es la pregunta de ¿Como voy a perdonar a Dios si todo lo que Dios hace es perfecto y para nuestro bien, si Dios no ofende ni daña? Por ello, pretender perdonar a Dios o que El nos pida perdón a nosotros o nos dé explicaciones de sus actos, es negar la perfección, bondad, y santidad de Dios (su esencia).
Más bien nosotros necesitaríamos pedirle perdón a El por juzgarle y condenarle siendo totalmente inocente, además de pedirle perdón por nuestra infinidad de pecados. Que nosotros no entendamos lo que Dios hace, que a nosotros no nos parezca ni nos guste, ello no quiere decir que Dios nos haya provocado un daño o una ofensa. Eso es falta de entendimiento de nuestra parte, no ofensa ni daño de parte de Dios. No es a Dios a quién nosotros necesitamos perdonar, es Dios quién nos tiene que perdonar a nosotros por nuestro absurdo de pretender perdonarlo o que nos pida perdón.


Perdonarnos a nosotros mismos.
En muchos casos, si no la mayoría, a la primera persona que necesitamos perdonar, a la más cercana que necesitamos perdonar, es a nosotros mismos: nuestros pecados, nuestras fallas, nuestros errores, nuestras malas decisiones, el habernos defraudado a nosotros mismos con nuestras acciones, conductas y actitudes, por no llegar a ser la persona que queríamos ser, o a hacer las cosas que queríamos hacer.
Nosotros somos los primeros culpables y responsables de todas las consecuencias negativas que hemos permitido que dañen nuestro corazón (el perfeccionismo) por no estar refugiados en Dios, por no estar firmemente arraigados en Él.
El mayor dañador de nuestro corazón somos nosotros mismos.


Conclusión.
Este es el tiempo de la restauración de la plenitud de la vida que Cristo compró para nosotros en la Cruz del Calvario; el tiempo del cumplimiento de Sus planes de bien y no de mal para cada uno de nosotros, para darnos un futuro y una esperanza; el tiempo en el que El quiere llevar nuestras vidas a otro nivel, en aumento como la luz de la aurora; este es el tiempo en el que El quiere derramar más de Su gracia sobre cada uno de nosotros. Y El lo quiere hacer; los únicos que pueden obstaculizarlo somos nosotros si no vivimos en perdón, con el perdón por delante. Este es el tiempo de escudriñar nuestros corazones para traer a luz todas las causas de la amargura que pueda haber en nuestro corazón y que nos estén impidiendo alcanzar una mayor gracia de parte de nuestro Padre, y sacándolas a luz, perdonarlas hasta que el recuerdo deje de producir dolor. Hoy es el tiempo de la sanidad de nuestros corazones, por el perdón que Cristo Jesús obtuvo para nosotros en la Cruz, por el poder perdonador de la Cruz, y por el poder del Espìritu Santo que mora en nosotros que nos ayuda, nos guía y nos llena de Su poder para perdonar a otros, dando de gracia lo que de gracia hemos recibido.








04 Nov 2013
Referencia: Perdón.