Estudio Bíblico

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Ministerio Reyes y Sacerdotes - Guatemala

El poder de las palabras.



EL PODER DE LA PALABRA HABLADA.


Introducción.

Jesús habló de las dificultades y pruebas que tendríamos en esta vida.
Todas estas pruebas y dificultades Dios las permite en nuestra vida con el propósito de que crezcamos en el conocimiento de Él y que sepamos que Su provisión está con nosotros.
Muchas de ellas son el fruto de nuestras malas decisiones.

La neurología descubrió hace más de 50 años que cuando un enfermo no quería curarse no se curaba sin importar la efectividad del tratamiento que le recetaran, en tanto que los que deseaban y hablaban de curarse, se curaban, descubriendo de esa manera el poder de las palabras en la sanidad de los enfermos (por lo menos en una buen porcentaje).



El poder de nuestras palabras.

Sant 3:5, 9-10. Así es la lengua: un miembro pequeño, pero de insospechable potencia. ¿No veis también cómo una chispa insignificante es capaz de incendiar un bosque inmenso?... Con ella bendecimos a nuestro Padre y Señor, y con ella maldecimos a los seres humanos a quienes Dios creó a su propia imagen. De la misma boca salen bendición y maldición. Pero esto no puede ser así, hermanos míos.

Prov 18:21. La muerte y la vida están en poder de la lengua, y el que la ama comerá de sus frutos.

Lo que decimos es lo que vamos a recibir.
Es importante hablar bien.
Es importante que tengamos bien conectada nuestra boca a nuestro corazón y a nuestra mente para que la palabra que pronunciemos sea de bendición y no de maldición.
El deseo de Dios es que en nuestro corazón esté Su Palabra para que de la abundancia del corazón salga Su Palabra y ella sea la que opere en nuestra vida creando lo que ella dice.
Nadie, excepto Dios, tiene el poder de cambiarnos cuando nuestro corazón se dispone para cambiar de acuerdo a lo que El espera de nosotros. Pero si nosotros no queremos cambiar, nada se puede hacer, ni Dios lo va a hacer, aunque pudiera, porque El puso en nosotros la autoridad de la decisión sobre el tipo de vida que queremos vivir y de las palabras que queremos pronunciar (Deut 30:19-20).

Sal 1:1-3. Dichoso quien no sigue el consejo de los malvados, ni en la senda de los pecadores se detiene, ni en compañía de los necios se sienta, sino que se complace en la ley del Señor sobre la que reflexiona día y noche. Es como un árbol plantado junto al arroyo: da fruto a su tiempo y no se secan sus hojas; consigue todo cuanto emprende.

Jos 1:8. Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien.



De donde deriva el poder de nuestras palabras.

Gen 1:1-24: Dios hace todas las cosas y las sustenta (Heb 1:3) con el poder de Su Palabra. Por lo tanto, hay un poder que está en las Palabras de Dios, y que puede estar en nuestra boca cuando pronunciamos Su Palabra.

Gen 1:26-17: Dios nos hizo a Su imagen y semejanza. Ello implica que tenemos en nuestra boca de que se cree o se produzca lo que decimos. Y esa, aunque es una característica de tremenda bendición para nosotros y los que nos rodean, si no la utilizamos de una manera responsable va a tener tremendas malas consecuencias también para nosotros y para quienes nos rodean. De hecho, el éxito o el fracaso de nuestras vidas en una buena medida dependen de las palabras que pronunciamos.



Mar 11:22-24.
Respondiendo Jesús, les dijo: Tened fe en Dios. Porque de cierto os digo que cualquiera que dijere a este monte: Quítate y échate en el mar, y no dudare en su corazón, sino creyere que será hecho lo que dice, lo que diga le será hecho. Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá.

En primer lugar, este pasaje nos enseña que necesitamos tener fe en Dios.

Al tener fe en Dios nos vamos a someter a Su Voluntad, y vamos a hablar Sus Palabras.
Entonces, como resultado de pedir conforme a Su Voluntad y manifestar Sus Palabras, lo que digamos lo vamos a recibir.
Por ello necesitamos, al pedir cuando estamos orando, pedir conforme a Su Voluntad y pedir conforme a Su Palabra.
Dios sabe de que cosas necesitamos, pero nos dice que se las pidamos porque a través de que pronunciemos Su Palabra, las cosas se materializan.
No importa que a nuestros ojos lo que pedimos sea imposible, pero para Dios nada hay imposible, y si es Su Voluntad y conforme a Su Palabra, al hablarle a esas circunstancias que parecen imposibles, se transformaran en posibles, y más aún, en reales.
Y si creemos, si pedimos conforme a Su Voluntad, y estamos hablando la Palabra de Dios sobre ello, entonces podemos dar por hecho que lo recibimos, y entonces, necesitamos actuar en consecuencia con ello, aún cuando aún no lo veamos con nuestros ojos. Ello implica comenzar a buscar, a planear, a utilizar nuestros recursos para avanzar hacia la manifestación plena de lo que le pedimos.

Otra enseñanza que podemos deducir de este pasaje es que, cuando nos enfrentamos a circunstancias adversas, dificultades, pruebas, etc., necesitamos hablarles a las circunstancias las Palabras de Dios al respecto, para que cambien. Pero no solo se trata de hablar esas Palabras cuando oramos, sino todo el tiempo.
El enemigo de nuestras almas y el que nos quiere robar la vida abundante que Dios tiene para nosotros, no tiene ningún poder en sus palabras ni sobre nosotros, a menos que pueda hacer que nosotros hablemos sus palabras. Nos necesita a nosotros para darle vida a sus pensamientos.
Por lo tanto, sin nuestro acuerdo, el diablo no nos va a poder afectar en nada. Si en lugar de hablar nuestras propias palabras o las palabras del mundo o las palabras de la carne, hablamos las Palabras de Dios no solo el diablo no nos va a poder afectar, sino que tampoco las circunstancias lo van a lograr, y tampoco vamos a ser robados en cuanto a la vida abundante que Dios tiene para nosotros.



Mat 18:18-20.

De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo. Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

El Señor, por la autoridad con la que nos ha investido, nos ha dado la autoridad de que a través de nuestras palabras podamos atar las maldiciones y desatar las bendiciones en la tierra, sobre nuestras vidas y las de los que nos rodean, y será hecho en el cielo (en el mundo espiritual, que es el origen de todas las cosas, Heb 11:3).
Ello implica que podemos atar la enfermedad, la pobreza, el negativismo, etc., y simultáneamente podemos desatar la sanidad, la provisión, el optimismo, etc., que ya nos fueron dados en Cristo Jesús en los lugares celestiales.



Conclusión.

¿Como estamos hablando, que estamos llamando, a donde queremos llegar? Como lo que hablamos está determinando por lo que pensamos, las preguntas también tendrían que ser ¿Cómo estamos pensando, que estamos pensando, a donde nos llevan nuestros pensamientos? Por ello la Palabra en Fil 4:8-9 nos enseña que necesitamos pensar todo lo bueno, es decir, la Palabra de Dios porque solo Dios es bueno. No podemos estar pensando y mucho menos confesando enfermedad, pobreza, insuficiencia, escasez, fracaso, problemas, etc. Necesitamos pensar y confesar lo que la Palabra de Dios dice de nuestras circunstancias: de que en Cristo somos màs que vencedores y que todo lo podemos en El.

Una vez que estemos seguros de que estamos queriendo lo que Dios quiere, necesitamos hablar Su Palabra consistentemente, cuando oramos, cuando vamos en el camino, cuando pensamos, cuando estamos trabajando, cuando estamos descansando, etc.

Y finalmente, debemos oponernos a la duda, no podemos permitirle que la semilla de la duda que el enemigo de nuestra alma trate de sembrar, encuentre terreno fértil en nuestro corazón y en nuestra mente para establecerse y producir fruto. Al contrario, debemos oponer a la duda la Palabra de Dios de manera consistente y perseverante (Sant 1:6).

Si tenemos algo contra alguien, necesitamos perdonar, porque la falta de perdón produce amargura (Heb 12:15) y la amargura nos impide alcanzar la gracia (respuesta) de Dios.


09 Dic 2013