Estudio Bíblico

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Ministerio Reyes y Sacerdotes - Guatemala

Paternidad de Dios.



Autoridad.

Para muchos de nosotros, el entorno en el que crecimos fue un entorno lleno de autoritarismo, que incidió en que nuestra vida, desde la infancia hasta ahora, haya sido una larga colección de abusos de autoridad de parte de figuras influyentes en nuestra vida (padres, maestros, tíos, abuelos, jefes, etc.), que nos debieron haber enseñado a amar y apreciar la autoridad (Rom 13), la corrección y la disciplina para que fuera fácil y ligero aceptar la autoridad de nuestro Padre Dios (Mat 11:29).

“El que ama la instrucción ama la sabiduría; mas el que aborrece la reprensión es ignorante.” (Prov 12:1).

“Que el justo me castigue, será un favor, y que me reprenda será un excelente bálsamo que no me herirá la cabeza;...” (Sal 141:5).

“He aquí que Dios es grande, pero no desestima a nadie; es poderoso en fuerza de sabiduría. No otorgará vida al impío, pero a los afligidos dará su derecho. No apartará de los justos sus ojos; antes bien con los reyes los pondrá en trono para siempre, y serán exaltados. Si estuvieren prendidos en grillos, y aprisionados en las cuerdas de aflicción, El les dará a conocer la obra de ellos y que prevalecieron sus rebeliones. Despierta además el oído de ellos para la corrección, y les dice que se conviertan de la iniquidad. Si oyere, y les sirvieren, acabarán sus días en bienestar, y sus años en dicha. Pero si no oyeren, serán pasados a espada, y perecerán sin sabiduría.”(Job 36:5-12).


Sin embargo el ejemplo y sus acciones autoritarias lograron más bien, que en lugar de amar la reprensión y la corrección por el beneficio de apartarnos del mal, lo que lograron fue que si bien la tememos en público y por eso procuramos normalmente comportarnos de manera aceptable, la rechazamos en privado, de tal manera que en la primera oportunidad que tenemos en la que no somos observados, somos capaces de comportarnos dando rienda suelta a toda la rebelión que hierve dentro de nosotros y hacer lo malo irrefrenablemente, a condición de no ser observados por las personas, aunque no nos percatamos que El más importante, Dios nuestro Padre, nos está observando. Somos pulcros por fuera, pero inmundos por dentro, como los sepulcros blanqueados a los que se refirió Jesús en Mat 23:27 hablando de los fariseos.

Esa rebelión y rechazo lo proyectamos a nuestra relación con Dios, buscando subterfugios o argumentos para evadir el cumplimiento simple, llano y puro de sus mandamientos, cuando no entramos en una rebelión franca y abierta a El, comenzando por el hecho de resistirnos con todas nuestras fuerzas a rendir nuestras vidas a El.

Ese autoritarismo generó en nosotros una raíz de amargura y de rebelión hacia toda representación y manifestación de autoridad, de tal manera que en infinidad de veces en nuestra vida, aún como creyentes, nos aleja de Dios y del cumplimiento de sus mandamientos destinados a hacer de nuestra vida una constante fuente de bienestar, cumpliéndose lo que menciona la Palabra en Heb 12:15:

“Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados.”

La gracia de Dios es la cualidad de El por la que recibimos sus bendiciones sin merecerlas. En consecuencia, la raíz de amargura derivada del autoritarismo nos contamina de tal manera que nos impide alcanzar las bendiciones de Dios, y peor aún, no solo nos impide a nosotros, sino que por la contaminación que la rebelión produce en otros, también les impide a los otros alcanzar también las bendiciones de Dios.

Manifestaciones de esa rebelión las encontramos tanto dentro como fuera de la familia de Dios. Dentro, se manifiesta en la división y la falta de coincidencia entre lo que hablamos y lo que vivimos (falta de integridad) y en el legalismo que nos lleva a vivir hacia el exterior una imagen que no coincide con lo que somos en nuestro interior (hipocresía, fariseismo, etc.). Fuera del cuerpo de Cristo se manifiesta en la no aceptación de la autoridad de la Palabra (yo creo en Dios pero a mi modo) y de los métodos de Dios para llegar al cielo (todos los caminos llevan a Dios).

Es evidente y comprobado hasta la saciedad que nuestras experiencias pasadas condicionan nuestras respuestas presentes, y la relación con Dios no es la excepción a esta regla. Nuestras experiencias pasadas con las figuras de autoridad condicionan nuestra respuesta presente a Dios nuestro Padre. A veces, y quizá con demasiada frecuencia, nos evadimos de la autoridad de nuestro Padre porque damos por sentado que será como esas personas con las que estuvimos en contacto en alguna etapa de nuestra vida: abusadoras, perfeccionistas, duras, agresivas, abusivas, autoritarias, violentas, etc., privándonos con ello de recibir el amor incondicional, liberador, emocionante y maravilloso de Dios.


Confianza.

Cuando nacimos en nuestro hogar terrenal y en el entorno social que nos correspondió, lo fuimos como una muestra de confianza de Dios en nuestros padres terrenales y en los adultos que nos rodeaban, que como administradores de la multiforme gracia de Dios, durante nuestros años de formación debían habernos amado y manifestado un amor como el de nuestro Padre Celestial.

Siempre, desde el principio de la Creación, la idea de Dios acerca de la familia es que ella lo manifestara a El a sus miembros y a los demás, que fuera un testimonio viviente, aunque imperfecto, de cómo El es, de su carácter y cualidades, de tal manera que nos preparara para recibirle a El en toda su dimensión y plenitud.

Sin embargo, por la obra destructiva del diablo que no viene sino a robar, matar y destruír (Jn 10:10, acciones de las cuales la paternidad, la familia y la sociedad no se han sustraído), nuestros hogares y nuestras relaciones con los adultos, para muchos de nosotros, en nuestra infancia, estuvieron llenas de promesas incumplidas, rotas, frustradas, traicionadas, etc., lo que nos convirtió en personas incrédulas y/o desconfiadas de las promesas que cualquiera nos haga.

En nuestra mente, muchas veces, no existe diferencia entre la personas y Dios, razón por lo cual se nos hace muy difícil creer y confiar en las promesas de Dios, por lo que cuando intentamos acercarnos a El, muchas veces, lo hacemos con escepticismo, desconfianza o incredulidad.

Aún cuando las personas nos hubieran engañado, fallado, hecho falsas promesas, incumplido su palabra, etc., sin embargo, nuestro Padre Maravilloso no rompe sus promesas ni nos traiciona. Todo lo contrario.

“Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. El dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará?” (Num 23:19).

Otros pueden pensar en que sus padres, cuando ellos aún eran pequeños, necesitaban de su protección y cuidado, y sin embargo los abandonaron, se fueron de casa y se olvidaron de ellos, y la relación se volvió muy esporádica, eventual y/o hasta inexistente, y por ello, tener desconfianza acerca de que Dios en algún momento de su caminar los puede abandonar y no tener cuidado de ellos. Pero Dios no es un Padre irresponsable. Ese aspecto, esa necesidad de seguridad que tenemos de que El siempre estará con nosotros, El la tiene cubierta en Su Palabra para nosotros:

“Pero Sion dijo: Me dejó Jehová, y el Señor se olvidó de mí. ¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti.” (Isa 49:14-15).

Es más, El ha garantizado que sus promesas se cumplirán en nuestra vida independientemente de nosotros mismos. El ha jurado por sí mismo que esas promesas se harán realidad en nuestra vida (Heb 6:13-14), más abundantemente de lo que nosotros pedimos o esperamos (Efe 3:20).

“Si fuéremos infieles, El permanece fiél; él no puede negarse a sí mismo” (2 Tim 2:13).


“porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios.” (2 Cor 1:20).


Conclusión.

Dios no es, ni por asomo ni por mínima aproximación, como las figuras de autoridad terrenales a las que hemos sido expuestos en las diferentes etapas de nuestra vida. De hecho, es totalmente diferente, contrastante. Dios no es ni el ser frío, distante y rígidamente legalista que la religión nos ha presentado (el ojo vigilante) ni el Dios exigente e impaciente que tantos de nosotros nos hemos esforzado por complacer.

“Estas cosas hiciste, y yo he callado; pensabas que de cierto sería yo como tú; pero te reprenderé, y las pondré delante de tus ojos.” (Sal 50:21).

Con demasiada frecuencia, toda nuestra relación con Dios la hemos definido no en base a la Gracia y a la relación filial que tenemos con El sino en función de nuestra relación legal con El y con Su ley. En una relación de este tipo nunca llegamos ni podremos llegar a estar concientes de un Dios cuyo corazón está repleto y enamorado, arrebatado y lleno de deleite por los suyos, por cada uno de nosotros.

“Porque juicio sin misericordia se hará con aquel que no hiciere misericordia; y la misericordia triunfa sobre el juicio.” (Sant 2:13).

Dios nunca consideró nuestra salvación solamente como un intercambio legal que afecta nuestra posición ante El. Esta es una consideración inicial y necesaria por nuestra culpabilidad de pecadores, pero la finalidad última de nuestra salvación era derramar Su amor en nosotros eternamente, comenzando a partir del día de nuestra salvación. A través de ella El nos comunica su gozo, sus ansias y su afecto por nosotros, y a nuestra vez, nosotros le respondemos de manera similar:

“En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor. Nosotros le amamos a El, porque El nos amó primero” (1 Jn 4:18-19).

“Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta; y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos le amará más? Respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquel a quien perdonó más. Y él le dijo: Rectamente has juzgado. Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con perfume mis pies. Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama.” (Luc 7:41-47).

Ello implica que nunca vamos a tener más afecto o pasión por Dios, que lo que entendamos que El nos tiene a nosotros y nunca vamos a entregarnos a Dios más de lo que entendamos que El se nos ha entregado a nosotros. En consecuencia, el avivamiento y el fuego ardiente de pasión por nuestro Dios y Padre, que muchos hemos anhelado por años tener y que nos consuma, no va a venir sin el previo conocimiento de El en toda su plenitud de amor que se expresa en su Paternidad única y totalmente diferente a cualquier cosa que conozcamos por ese nombre.

Aunque Dios es autosuficiente por completo, El anhela recibir nuestro amor. El, que no tiene necesidad de nosotros, ha “atado” su corazón a nosotros para siempre.

“Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren.” (Jn 4:23).

“¿O pensáis que la Escritura dice en vano: El Espíritu que él ha hecho morar en nosotros nos anhela celosamente?” (Sant 4:5).

“En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados.” (1 Jn 4:10).

El ha estado esperando por años, décadas, centurias y milenios que nos acerquemos a El con la confianza de un hijo buscando la plenitud de su paternidad. El nos ha amado desde antes de la fundación del mundo, envió a su Hijo al mundo para que rompiera todas las barreras que nos lo pudieran impedir y nos formó en el vientre de nuestra madre para que llegara ese momento. Para acercarnos a Dios y cumplir con el anhelo de su corazón debemos arrepentirnos y despojarnos de la tendencia a atribuirle a El características humanas, principalmente de una humanidad tan deteriorada como la de nuestra generación. Dios no es distante, ni pasivo, ni autoritario, ni abusador, ni ausente, ni acusador. Dios es Amor.

“Pensabas que de cierto sería yo como tú”, (Sal 50:21),

pero

“Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos…” (Isa 55:8-9).

Los caminos, los pensamientos y los afectos de Dios están muy por encima, pero muy por encima, extremadamente por encima, de los de cualquier ser humano, aún el mejor de ellos. Aún cuando nosotros no hubiéramos experimentado en nuestras relaciones con nuestros padres terrenales o con las figuras de autoridad que se hicieron presentes en cualquier etapa de nuestra vida nada de todo lo malo que hemos mencionado anteriormente, el mejor padre o la mejor persona que halla en la tierra está infinitamente por debajo del carácter y las emociones de Dios. No hay modelo humano adecuado para darnos una descripción del corazón de Dios.

“Pues si ustedes, aún siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre que está en el cielo dará cosas buenas a los que le pidan!” (Mat 7:11).

Solo el conocimiento de la Verdad, la persona de Jesucristo y el conocimiento y la experiencia del amor puro, fiel y apasionado que Dios nos tiene, del que Jesucristo es la expresión más evidente y transparente, nos puede hacer verdaderamente libres para acércanos a nuestro Padre Celestial y librarnos de nuestros pecados, heridas, dolores, cadenas, cautividades, etc. Solo cuando captamos (aunque sea solo un pequeño destello) lo que Dios siente por nosotros, se derrumban las fortalezas que tenemos en la mente y el corazón y que son las causantes de todas esas situaciones.

“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien Tú has enviado.” (Jn 17:3).

“Y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres.” (Jn 8:32).

“En esto se ha perfeccionado el amor en nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio, pues como El es, así somos nosotros en este mundo. En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor, porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor.” (1 Jn 4:17-18).

La Iglesia en general, y cada creyente en particular, necesitamos recuperar el verdadero conocimiento de Dios (el conocimiento de la Verdad, que es una Persona, Dios, es el que liberta a las personas). Ese conocimiento hoy es más que necesario, es prioritario, si queremos ver a millones de personas salvas experimentando un avivamiento como nunca en la historia de la humanidad, que para que suceda, primero tiene que ser visto en nosotros mismos, sus hijos. Necesitamos llegar a conocer a Dios tal como El es: PADRE, su ser, su personalidad, su carácter, sus emociones, pasiones y sentimientos, las excelencias de su persona, y dejarnos cautivar por su corazón enamorado para que nuestro testimonio sea congruente con el de El.

“Nosotros le amamos a El porque El nos amó primero” (1 Jn 4:19).

Necesitamos volver a centrar nuestro cristianismo en Dios, no en las añadiduras, sin que ello implique menospreciarlas ni rechazarlas, pero el orden debe ser primero Dios el Padre, Jesucristo y el Espíritu Santo (relaciones) y después las bendiciones.

Debemos regresar a la centralidad real de la persona de Dios en nuestro cristianismo y no ubicar esté en los conceptos, las actividades, las técnicas, los métodos, las bendiciones, los dones, la unción. Todas ellos y ellas vendrán por añadidura cuando la persona de nuestro Amante Padre esté en el centro de nuestra vida.

El Cristianismo actual necesita

“Buscar el reino de Dios y su justicia” (Mat 6:33)

“Y esta es la vida eterna: Que te conozcan (intimidad, profundidad, intensidad) a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quién Tú has enviado.” (Jn 17:3).



02 Nov 2014