Estudio Bíblico

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Ministerio Reyes y Sacerdotes - Guatemala

Paternidad de Dios.



LA DIMENSION DEL AMOR PATERNAL DE DIOS.



“Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra, para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios. (Efe 3:14-19).

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en El cree, no se pierda, más tenga vida eterna.” (Jn 3:16.)

“El amor nunca deja de ser.” (1 Cor 13:8)

La oración de Pablo por los Efesos que está consignada en Efe 3:14-19, nos habla de que el amor de Cristo hacia nosotros, que es el equivalente al amor de Dios, tiene unas dimensiones que implican anchura, longitud, profundidad y altura.

Esas dimensiones del amor de Dios por nosotros (“de tal manera amó Dios al mundo”) no pueden ser percibidas por medio de nuestros sentidos y/o nuestra mente natural porque exceden a todo conocimiento o forma humana o natural de amor que podamos conocer. Es una forma de amor totalmente sobrenatural. Aún el mayor amor humano que hubiéramos percibido o experimentado en nuestra vida, aún el mayor y mejor amor de padre o madre terrenal que hubiéramos podido experimentar en nuestra vida, no es sino una sombra imperfecta, una imagen borrosa, una copia lejana del original maravilloso que viene de Dios, nuestro Padre amoroso:

“Antes bien, como está escrito: cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido, lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual. Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente. En cambio el espiritual juzga todas las cosas; pero él no es juzgado de nadie. Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo.” (1 Cor 2:9-16).

Cuando los seres humanos amamos, generalmente ese amor surge a raíz de la presencia de alguna o varias de las siguientes características de la persona que amamos o experiencias derivadas de su presencia junto a nosotros: sus méritos, alguna necesidad que llena en nosotros, lo bien que nos hace sentir, el placer que podemos experimentar en su presencia, las emociones que nos provee, el atractivo que posee, los beneficios que experimentamos derivados de su presencia o cercanía, o alguna otra cosa por el estilo que nos podamos imaginar. En algunos casos, como el amor familiar, es instintivo. Aún el amor de madre, que tradicionalmente se ha considerado como el amor más desinteresado que existe en el ser humano, aún ese amor, a partir de la forma primaria instintiva, crece motivado por la presencia de alguna o varias de esas características presentes en el niño.

Sin embargo, el amor sobrenatural que nuestro Amante Padre Dios nos tiene no está basado en ninguna de esas características o situaciones. Si hablamos de méritos, ¿cuáles méritos podríamos nosotros exponer como justificativos de que El nos amará? Más bien lo que podríamos exhibir delante de El abundantemente serían los deméritos de nuestros pecados. Si de suplir necesidades se tratara, ¿qué necesidad podría tener El cuya provisión no fuera suplida por el poder creador de Su Palabra, si mediante ese poder creador El creó todo lo que existe? Si El tuviera alguna necesidad simplemente con el poder de Su Palabra ordena que sea creada la provisión para la misma y esa necesidad es suplida, lo que implica que tampoco nos necesita para ello. ¿Qué placer o sensación placentera podríamos nosotros crear en El por nosotros mismos, con todas nuestras imperfecciones, comparados con la belleza de toda su creación? ¿Qué emociones podríamos nosotros proveerle a El sino las emociones frustrantes de nuestros recurrentes errores e imperfecciones que constantemente estamos no solo cometiendo, sino repitiendo, sin tomar aprendizaje muchas veces de las experiencias pasadas? ¿Qué atractivo podemos poseer confrontado con el atractivo de la creación que manifiesta toda ella la gloria de Dios? ¿Qué beneficio puede experimentar El de nuestra presencia o cercanía?

De hecho, ese amor fue derramado sobre nosotros y hacia nosotros, en su máxima expresión, hace 2000 años en la Cruz del Calvario, mucho antes de que siquiera existiéramos y hubiéramos podido hacer algo por merecerlo. Es más, fue derramado sobre nosotros y hacia nosotros, precisamente porque no lo mereceríamos de ninguna manera ni por cualquier situación, sino por todo lo contrario, porque no lo merecíamos ni existiría manera alguna de alcanzarlo, a menos que Jesús muriera por nosotros, por nuestros pecados, y nos abriera la puerta y el camino hacia ese amor sobrenatural:

“Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira. Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación. (Rom 5:6-11).

Como ya mencionamos, ese amor sobrenatural, infinito, maravilloso, inmenso, hermoso, grandioso, solo puede ser percibido espiritualmente. Solo viviendo dentro de ese amor podremos comprender esa dimensión, y aún viviendo dentro del mismo, para alcanzar ese conocimiento necesitamos estar arraigados y cimentados, profundamente enraízados y “metidos” en él como para poder percibir esa dimensión.


De tal manera amó Dios.

Cuando la Palabra utiliza esta expresión se está refiriendo a una medida que está fuera del alcance de nuestra comprensión, de hecho se trata de algo que no puede ser medido de ninguna manera porque es ilimitado, infinito, incomprensible para nuestra mente humana limitada (1 Cor 13:4-7).


El amor nunca deja de ser.

Pasarán los años, las circunstancias que sean, las palabras que sean dichas, los sentimientos que sean expresados, lo que sea, pero el amor, tal como Dios lo concibe y Dios es, es inconmovible, no se modifica, no cambia, no disminuye ni tampoco aumenta porque es dado por Dios a nosotros, desde el principio, en su máxima dimensión: “De tal manera amó Dios” (Jn 3:16). Eso también quiere decir que El nos ha amado con amor eterno desde la eternidad pasada hasta la eternidad futura pasando por el hoy y que nada nos puede separar de su amor. Nada que seamos o dejemos de ser, nada que hagamos o dejemos de hacer, nada que digamos o dejemos de decir, nada que pensemos o sintamos o dejemos de pensar o de sentir. Nada es nada. Absolutamente nada. Totalmente nada. El nos ama desde siempre, para siempre y siempre de la misma manera.

“Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.” (Rom 8:38-39).

Igualmente que sucede con nosotros sucede con el mundo: El los ha amado y los ama de tal manera, y como su amor nunca deja de ser, El los sigue amando, aún cuando estén en rebelión y alejados de El y no quieran saber nada de El. Aún cuando sufre por su pecado y es lastimado por él, no por ello deja de amarlos (como el padre del hijo pródigo que no dejo de amar a su hijo aún cuando este andaba viviendo perdidamente). El hombre y la mujer que no reconocen a Cristo como su Señor y Salvador y por ello se van a ir al infierno, en ese momento se van a enfrentar con dos tragedias irreparables en su decisión:

a) Darse cuenta de que no están en el infierno por sus pecados sino por no reconocer a Jesús como su Señor y Salvador, porque todos sus pecados habían sido pagados de antemano por el Señor Jesucristo en la Cruz del Calvario, donde cargó el pecado de todos nosotros (Isa 53:6, Jn 1:29).

b) Darse cuenta de que fueron amados de y por Dios ilimitadamente, pero no con un amor alcahuete sino con un amor justo que no podría ir contra la santidad y la justicia de Dios (Rom 8:31-37).

Cada vez que una persona sella su destino eterno hacia el infierno, el corazón de Dios se ha de doler de una manera inimaginable, porque esa persona es una persona a la cual El amó de la misma manera que nos amó a nosotros pero que lo rechazó hasta el último momento de su vida. Cuando una persona se arrepiente aunque ello ocurra en el último momento de su vida, Dios tiene misericordia de El y lo convierte en su hijo, y le lleva junto a El al Paraíso (el ladrón arrepentido en el Calvario) aunque no haya hecho ningún mérito ni ninguna obra, porque nuestra llegada al Paraíso no es por nuestras obras sino por el amor de El. Si usted es como una de estas personas que todavía no ha sellado su destino eterno para ir al Cielo a encontrarse con Su Padre Celestial cara a cara, entregándole su vida a Cristo, este es el momento. No requiere ninguna condición o requisito, solo creer en El como su Salvador y Señor:

“Mas ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación. Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado. Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan; porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo. (Rom 10:8-13).


02 Nov 2014