Estudio Bíblico

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Ministerio Reyes y Sacerdotes - Guatemala

Paternidad de Dios.



No se irrita.

Dios no es un Padre que se irrita por nuestras equivocaciones, errores, injusticias y/o pecados, de la forma en que lo hacían nuestros padres terrenales u otras personas a nuestro alrededor. Esa es una imagen que a muchos de nosotros nos vendieron, y peor aún, grabaron firmemente en nuestro corazón, personas muy bien intencionadas pero mal informadas cuando nos dieron nuestras primeras enseñanzas o informaciones sobre El. Nuestro amante Padre no es alguien que se irrita con nuestras interrupciones cuando está ocupado, o que cuando está descansando o entretenido con algo nos aleja de El para que no lo distraigamos, o que cuando está irritado por alguna contrariedad ajena a nosotros, o aún por algo que nosotros hayamos hecho o dicho, nos aparte de él descargando su irritación sobre nosotros.

El es más bien un Padre deseoso que reconozcamos su permanencia con nosotros y su interés en nosotros aún a pesar de sus muchísimas ocupaciones y responsabilidades administrando este universo y este mundo que nosotros hemos complicado tanto o atendiendo a todos sus demás hijos. Pero El no es un padre con las limitaciones de nuestros padres terrenales que cuando atendían a uno de nosotros, dejaban por un lado la atención de nuestros demás hermanos, o que cuando nuestro padre se dedicaba a alguno de nosotros, nuestra madre lo hacía con alguno de nuestros hermanos, y a los demás los distraían mientras llegaba el tiempo de ponerles atención, distrayéndolos con juguetes, la televisión, o algo por el estilo. No. El no es así, sino todo lo contrario. Leamos atenta y pausadamente, tomándonos el tiempo suficiente, lo que expresa el Salmo 121 (las anotaciones entre paréntesis son mías):

“Alzaré mis ojos a los montes; ¿de dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene de Jehová, que hizo los cielos y la tierra (El es todopoderoso para socorrerme). No dará tu pie al resbaladero, ni se dormirá el que te guarda. He aquí, no se adormecerá ni dormirá El que guarda a Israel (nunca deja de ponerme atención). Jehová es tu guardador; Jehová es tu sombra a tu mano derecha (mi sombra nunca me abandona). El sol no te fatigará de día, ni la luna de noche. Jehová te guardará de todo mal; El guardará tu alma (mis emociones, mis sentimientos, mis pensamientos). Jehová guardará tu salida y tu entrada desde ahora y para siempre (permanentemente).


Dios es un Padre que siempre está dispuesto a perdonar, no importa el tamaño de nuestra falta ni de nuestro pecado, ni de nuestra equivocación, si volvemos a El con un corazón arrepentido. El es un Dios de nuevas oportunidades. El es “clemente y piadoso, tardo para la ira, y grande en misericordia,” (Neh 9:17). Es un Dios que si bien siente dolor por la caída de cada uno de sus hijos, también es rápido para perdonar, y levanta al caído, tal como dice la Escritura: “Porque siete veces cae el justo, y vuelve a levantarse” (Prov 24:16). Ello no implica que, como algunos padres terrenales, El sea permisivo y despreocupado con nuestros pecados y nuestras faltas y que ello nos de permiso, en nombre de una gracia mal entendida, para sobreabundar en el pecado para que el amor y la gracia de mi Padre también sobreabunde. No. El es un Padre amoroso que desea y ha hecho todas las cosas para que sus hijos tengan lo mejor y no se va a conformar que ellos estén en lo peor, y por lo mismo, también es un Padre que disciplina con amor pero con firmeza y seriedad cuando es necesario.

El padre del hijo pródigo es una magnífica ilustración de esta característica del carácter de nuestro Padre. El padre del hijo pródigo, aún ante el gran tamaño de los pecados de su hijo en contra de él y en contra de Dios, no se irrita contra él, a pesar de que éste hizo todo para desprestigiar y deshonrar el nombre de su padre, reclamando su herencia y dilapidándola, acercándose a los extraños antes que a su familia y cuidando cerdos, todo lo cual, en el tiempo del Nuevo Testamento, cuando Jesús contó esta parábola, era indigno y deshonroso. Sin embargo, el padre, cuando el hijo regresa, no está irritado, no reclama, más bien recibe y restaura, como hace nuestro Padre Celestial cuando venimos a El, arrepentidos, dolidos y heridos por nuestros pecados y rebeliones.

Aún cuando Dios tiene que disciplinarnos, cuando El lo hace, lo hace por amor, porque el Padre que ama a su hijo lo disciplina para evitarle el dolor del pecado, del sufrimiento, y de las cosechas negativas y de desgracia posteriores. Cuando Dios nos disciplina, nuestro dolor se hace su dolor, así como cuando nosotros disciplinamos a nuestros hijos, pero como dice la Palabra: “al momento, la disciplina no es causa de gozo para nadie, ni para el que la da ni para el que la recibe, pero posteriormente, da frutos apacibles”.

“Porque aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado; y habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige, diciendo: Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él; porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos. Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad. Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados.” (Heb 12:4-11).

“El oído que escucha las amonestaciones de la vida, entre los sabios morará. El que tiene en poco la disciplina menosprecia su alma; mas el que escucha la corrección tiene entendimiento. El temor de Jehová es enseñanza de sabiduría; y a la honra precede la humildad.” (Prov 15:31-33).

“Misericordioso y clemente es Jehová; lento para la ira, y grande en misericordia. No contenderá para siempre, ni para siempre guardará el enojo. No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades, ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados. Porque como la altura de los cielos sobre la tierra, engrandeció su misericordia sobre los que le temen.” (Sal 103:8-11).

“Mas la misericordia de Jehová es desde la eternidad y hasta la eternidad sobre los que le temen, y su justicia sobre los hijos de los hijos; sobre los que guardan su pacto, y los que se acuerdan de sus mandamientos para ponerlos por obra.” (Sal 103:17-18).


No guarda rencor.

Cuando Dios perdona, no solo perdona, sino que también olvida, en el sentido de que aún cuando nuestro pecado podría estar en su memoria, El nunca lo va a esgrimir en contra nuestra, nunca lo va a traer a memoria para echarnoslo en cara, o para culparnos o para condenarnos por ese pecado y ese pasado. El nunca nos va a decir “te lo dije” o “qué bueno que te pasó, te lo buscaste” o “ya vés, por no hacerme caso”. Tampoco nos va a recordar todo lo que ya nos ha perdonado antes, aún cuando sea la misma falta o pecado. El no va a decir de nosotros: “gallina que come huevos, aunque le quemen el pico”, refiriéndose a que nunca vamos a cambiar. Más bien, El va a decirnos, “tú puedes, vás a lograrlo, en Mí eres más que vencedor”.

“Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones. Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen.” (Sal 103:12-13).

“Yo, Yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados.” (Isa 43:25).

“¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia. El volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados.” (Miq 7:18-19).

Cuando El perdona, olvida. El no es como nosotros que decimos “perdono, pero no olvido”. No. El no ve para atrás, solo para adelante. Por eso mismo, David, Sansón, Rahab, y muchos otros están en la galería de los héroes de la fe de Hebreos 11. Y tú y yo aún podemos estar en la próxima galería de esos héroes que El inaugure. Aún no es demasiado tarde. Hoy es el día para iniciar ese camino. Nuestro Padre nos está esperando al final de la carrera, en la misma línea de meta porque El está seguro de que terminaremos y ganaremos esa carrera. El tiene una corona en sus manos para cada uno de nosotros. No lo podemos ver aún porque no hemos llegado a la recta final de la carrera, pero El está allí, junto con Jesús, el Espíritu Santo y toda la corte celestial haciendo porras por ti y por mí, celebrando esa victoria que aún no vemos pero nuestro Padre sabe que la vamos a alcanzar. Comencemos a correr, levantemos nuestros brazos y piernas espirituales caídas, aceleremos el paso, no desmayemos, no lo hagamos esperar más. El nos está esperando.


Se goza de la verdad.

De hecho, el amor es la verdad, porque Dios es la verdad y Dios es amor. Dios dijo que El es amor, (1 Jn 4:18) y Jesús dijo que El es el camino, la verdad y la vida (Jn 14:6). Igualmente la Palabra dice que el que ha visto al Hijo ha visto al Padre, en consecuencia, el Padre (amor) es igual que el Hijo (verdad).

A Dios la verdad le produce gozo y se goza de la verdad, porque la verdad es la que hace libres a sus hijos, como dice la Escritura en Jn 8:32: “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”.

Tal vez muchos de nosotros hemos sido traicionados en nuestra vida por personas en las cuales habíamos creído casi ciegamente. Pero nos mintieron, nos engañaron, nos traicionaron, lastimaron nuestros corazones y nos “vacunaron” para ya no creer en nadie más, incluido Dios. O quizá vivimos en nuestra vida como creyentes que una promesa sobre la cual creímos aún no se ha realizado, o peor aún, lo contrario ha sucedido y estamos pensando que la Palabra de Dios quizá no sea para mí, o que no sea para esta época o que quizá no sea toda la verdad que necesitamos. No es así. El cumplimiento de tu promesa está en la agenda personal de Dios. El no se ha olvidado de ella.
A su tiempo la cumplirá porque todas sus promesas son en El sí y amén, y lo hará de una manera mucho mejor de que la tú puedes pedir o entender.

“Mas, como Dios es fiel, nuestra palabra a vosotros no es Sí y No. Porque el Hijo de Dios, Jesucristo, que entre vosotros ha sido predicado por nosotros, por mí, Silvano y Timoteo, no ha sido Sí y No; mas ha sido Sí en él; porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios.” (2 Cor 1.18-20).

“Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén.” (Efe 3:20-21).

El no es hombre para que mienta ni hijo de hombre para que se arrepienta, y si El lo dijo, El lo hará.

“Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. El dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará?” (Num 23:19).

Espera en El, deléitate en El, goza tu salvación y tu victoria, porque tu Padre, la Verdad absoluta, la única verdad que nunca cambiará, está de tu lado.

“No te impacientes a causa de los malignos, nNi tengas envidia de los que hacen iniquidad. Porque como hierba serán pronto cortados, y como la hierba verde se secarán. Confía en Jehová, y haz el bien; y habitarás en la tierra, y te apacentarás de la verdad. Deléitate asimismo en Jehová, y él te concederá las peticiones de tu corazón. Encomienda a Jehová tu camino, y confía en él; y él hará. Exhibirá tu justicia como la luz, y tu derecho como el mediodía. Guarda silencio ante Jehová, y espera en él. No te alteres con motivo del que prospera en su camino, por el hombre que hace maldades.” (Sal 37:1-7).

“Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia; vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. Pero el que no tiene estas cosas tiene la vista muy corta; es ciego, habiendo olvidado la purificación de sus antiguos pecados. Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección; porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás. Porque de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo”. (2 Ped 1:3-11).

“¿Y qué más digo? Porque el tiempo me faltaría contando de Gedeón, de Barac, de Sansón, de Jefté, de David, así como de Samuel y de los profetas; que por fe conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron promesas, taparon bocas de leones, apagaron fuegos impetuosos, evitaron filo de espada, sacaron fuerzas de debilidad, se hicieron fuertes en batallas, pusieron en fuga ejércitos extranjeros. Las mujeres recibieron sus muertos mediante resurrección; mas otros fueron atormentados, no aceptando el rescate, a fin de obtener mejor resurrección. Otros experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles. Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados; de los cuales el mundo no era digno; errando por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra. Y todos éstos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido; proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros.” (Heb 11:32-40).

“Pero en cuanto a vosotros, oh amados, estamos persuadidos de cosas mejores, y que pertenecen a la salvación, aunque hablamos así. Porque Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado hacia su nombre, habiendo servido a los santos y sirviéndoles aún. Pero deseamos que cada uno de vosotros muestre la misma solicitud hasta el fin, para plena certeza de la esperanza, a fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas. Porque cuando Dios hizo la promesa a Abraham, no pudiendo jurar por otro mayor, juró por sí mismo, diciendo: De cierto te bendeciré con abundancia y te multiplicaré grandemente. Y habiendo esperado con paciencia, alcanzó la promesa. Porque los hombres ciertamente juran por uno mayor que ellos, y para ellos el fin de toda controversia es el juramento para confirmación. Por lo cual, queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento; para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros.” (Heb 6:9-18).

02 Nov 2014