Estudio Bíblico

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Ministerio Reyes y Sacerdotes - Guatemala

Relaciones familiares (apuntes).



La relación padres e hijos.
Los hijos son una bendición del Señor, de un valor más allá de lo que puede medir la capacidad humana, y deben ser bienvenidos con gozo al seno de la familia como dones preciosos que provienen de Él. Los hijos pertenecen únicamente a Dios, con los padres como sus mayordomos ordenados por Dios, que le da a los padres la responsabilidad principal y la autoridad para la educación y para el bienestar físico, social, emocional y espiritual de los hijos (Gen 33:5; Sal 78:1-8; 127:3-5; Prov 17:6; 1 Tim 2:15; Efe 6:1-4; Deut 4:9; 6:1-9).
Los padres deben reflejar la rectitud, justicia, misericordia y amor de Dios en la disciplina, entrenamiento y cuidado de los hijos menores (Prov 22:6; 29:15; 1 Sam 3:13; Sal 78:1-8; 2 Tim 1:5; 3:15; 2 Cor 12:14; Efe 6:1-4).
Dios manda a todos los hijos a honrar a sus padres, y a los hijos menores manda obedecerles en el Señor. La Escritura les da a los padres el derecho y la responsabilidad de hacer cumplir la obediencia a través de la disciplina, incluyendo la disciplina corporal (Deut 5:16; 2 Sam 7:14, Prov 3:11-12; Prov 13:24; 22:15; 23:13; 29:15). La obediencia que se hace cumplir en amor no es dañina para el niño (Heb 12.5-11) y contribuye al entrenamiento en la obediencia piadosa que es el fundamento del autogobierno personal y de todos los gobiernos civiles de los hombres y las mujeres libres.
Los padres no deben adoptar el concepto de que la familia debe ser una democracia, como tampoco el espíritu secular anti-niños de la cultura que promueve:
El abuso, el descuido, la explotación, la ausencia o la inaccesibilidad paterna.
La falta de supervisión, la paternidad social en lugar de la crianza de la familia, la excesiva segregación por la edad y la influencia de los iguales sobre los niños.
El uso de las necesidades de los niños como peones políticos, la educación de los niños como experimento social y la usurpación gubernamental de las responsabilidades paternas.
Que los niños sean tratados como un mal que deba ser abortado o impedido, como una carga financiera que deba ser soportada o limitante, o como propiedad ya sea de los padres o del estado.
Es una aberración anti-bíblica, natural y social, que el gobierno civil se asigne a sí mismo el derecho de definir la disciplina corporal sabiamente administrada como “abuso infantil” y el que permita a los niños “divorciarse” de sus padres.
El estado no tiene ningún derecho de socavar o quitar la justa autoridad de los padres, ordenada bíblicamente, como tampoco puede reclamar o usurpar su papel como educadores, proveedores y protectores de los niños, salvo en aquellos casos en que los padres hayan sido convictos de abuso o abandono infantil.


Formando niños hacia la madurez.
La meta de la paternidad cristiana debe ser presentar a los hijos ante el Señor como adultos responsables y espiritualmente maduros para el momento que alcancen su plena madurez física (Luc 2:41-42).
La adolescencia no debe ni necesita ser artificialmente prolongada más allá de la plena madurez física; ni los adolescentes tienen el derecho de ser irresponsables y centrados en sí mismos; y sus mayores no deben esperar o permitir tal conducta de parte de ellos.



Relaciones familiares.
Los resultados tanto del pecado como de la impiedad afectan a las subsiguientes generaciones. Por ello, los padres cristianos deben esforzarse para darles a los hijos un fundamento más bíblico que el que ellos mismos tuvieron para que la Iglesia pueda crecer y no decaer (Deut 5:9-10, 16; Jer 35:18-19; Sal 78:1-8; 51:5; Lam 5:7; Exo 20:5; Hch 2:39, Isa 59:21). Los padres tienen un tremendo impacto sobre las vidas de sus hijos y de las generaciones subsiguientes.
La familia sujeta a Dios es un organismo que funciona unido hacia metas comunes, aún cuando Dios le da a los miembros de la familia diferentes roles y habilidades (1 Cor 12, por analogía). Aquellos en autoridad en las familias pueden, reconociendo las diferencias en roles, dones y habilidades, requerir ayuda de los talentos o de la sabiduría de aquellos puestos bajo su autoridad sin comprometer su propia autoridad (por ejemplo, un esposo puede diferir algunas veces con la sabiduría o juicio de su esposa sin comprometer su posición de liderazgo, igual que puede requerir ayuda de ella o de sus hijos sin que tampoco comprometa su posición de liderazgo). Entro ello, un padre puede aceptar la sugerencia sensible de un hijo sin comprometer la autoridad paterna. La familia no es una dictadura (1 Ped 5:2, por analogía) y ningún miembro de una familia debe manipular, aplastar o reprimir a otro miembro tratándolo como si no fuera una persona o ignorando sus necesidades y dones. Un esposo o esposa no debilitan su autoridad por diferir el juicio santificado de aquellos que se hallen bajo su propia autoridad (Prov 12:15), mientras buscan ponerse de acuerdo al respecto.
El concepto bíblico del amor (1 Cor 13.1-8) incluye la crianza, el sustento, el consuelo, el cuidado, el contacto físico y la expresión verbal del respeto interno como actos de amor entre los miembros de la familia. Por ello, los miembros de la familia deben y necesitan amarse, animarse, apoyarse,
protegerse, consolarse, respetarse, perdonarse y cuidarse cariñosamente unos de otros, tomando el tiempo para expresarse afecto y respeto los unos a los otros de manera física y verbal (1 Cor 13; Mar 10:14; Efe 6:4; Isa 40:11; Sal 27:11). Los miembros de la familia no deberían dar por sentado o privarse unos a otros del amor necesario.
Todos los miembros de la familia, como todos los otros seres humanos, son caídos e imperfectos y necesitados de perdón y redención por parte de Dios, y perdón por parte de los demás miembros de la familia. Los cristianos debiesen esforzarse por mostrarles la misma cortesía a los miembros de la familia que le muestran a aquellos fuera de la familia (Sant 2:8-9), manifestando amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y auto-control hacia ellos (Gal 5:22-23). Por ninguna razón, los miembros de la familia deberían comportarse de manera auto-justificante o negándose el perdón los unos a los otros. Un cristiano tiene la misma necesidad y responsabilidad de ejercer el autocontrol y la cortesía en el hogar como la que tiene en el mundo exterior (Gal 5:13-24; 1 Cor 13).
El principio gobernante de toda la interacción familiar debiese ser un amor justo y bíblico ejercido a través del poder del Espíritu Santo y entregado a pesar del desempeño, actitud o circunstancias. Este amor se expresa al poner las necesidades de los otros miembros de la familia antes que las propias (Jn 15:22; 13:35; 1 Cor 13; Col 3:14; Fil 2:1-4). Las actitudes egoístas de los miembros individuales de la familia, nunca son justas, además de que destruyen la unidad marital, perturban la unidad familiar, conducen al descuido de las necesidades de los cónyuges e hijos e interfieren con el ministerio a los otros.





26 Mar 2016