Estudio Bíblico

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Ministerio Reyes y Sacerdotes - Guatemala

El Espíritu Santo: Transformador (3).



EL ESPÍRITU SANTO: EL PODER TRANSFORMADOR DE DIOS EN NOSOTROS.
 
 
 
Poder transformador para alcanzar la plenitud de vida en Cristo.
 
Sin el conocimiento y relación plenas con el Espíritu Santo, la vida del creyente y de la Iglesia no va a alcanzar la plenitud diseñada por Dios para ellos, tal como nos lo enseña el Espíritu Santo a través de Pablo en Efe 1:15.23:
 
“Por esta causa también yo, habiendo oído de vuestra fe en el Señor Jesús, y de vuestro amor para con todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones, para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos, y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero; y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo.”
 
Y esa “supereminente grandeza de su poder” es el Espíritu Santo: “pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo,” (Hch 1:8). Notemos bien que la Escritura dice: “cuando venga sobre vosotros el Espíritu Santo” (la Persona del Espíritu Santo), no el poder del Espíritu Santo. Es decir que, para tener el poder necesito conocer a la Persona del Espíritu Santo, si no, no lo tendré (aunque en mi vida y a través de ella puedan manifestarse algunos hechos sobrenaturales). Pero si conozco al Espíritu Santo (Persona), el poder que se va a manifestar en mí y a través de mí (interno y externo) se va a incrementar significativamente, tal como sucedió con los discípulos de Cristo.
 
Mientras Cristo estuvo con ellos, cuando los envió de dos en dos (a los doce y a los setenta), no solo predicaron el evangelio sino que por su mano se produjeron hechos sobrenaturales:
 
Misión de los doce discípulos (Luc 9:1-6): “Habiendo reunido a sus doce discípulos, les dio poder y autoridad sobre todos los demonios, y para sanar enfermedades. Y los envió a predicar el reino de Dios, y a sanar a los enfermos. Y les dijo: No toméis nada para el camino, ni bordón, ni alforja, ni pan, ni dinero; ni llevéis dos túnicas. Y en cualquier casa donde entréis, quedad allí, y de allí salid. Y dondequiera que no os recibieren, salid de aquella ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra ellos. Y saliendo, pasaban por todas las aldeas, anunciando el evangelio y sanando por todas partes.”
 
Misión de los setenta (Luc 10:17-20): “Volvieron los setenta con gozo, diciendo: Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre. Y les dijo: Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. He aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará. Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos.”
 
Pero ellos, aun habiendo realizado esas señales, llegado el momento de que apresaron y crucificaron a Jesús, tuvieron miedo y se encerraron:
 
Jn 20:19. “Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros.”
 
Pero en el día de Pentecostés, estos mismos discípulos que habían tenido miedo, una vez fueron bautizados en el Espíritu Santo, dejaron atrás el miedo, y con denuedo comenzaron a predicar la Palabra sin ningún temor confrontando a los mismos que habían crucificado al Señor Jesucristo:
 
Hch 2:36-37. “Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo. Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?”
 
Y posteriormente, hicieron lo mismo en el Templo y se enfrentaron al mismo Sanedrín:
 
Hch 3:12-16: “Viendo esto Pedro, respondió al pueblo: Varones israelitas, ¿por qué os maravilláis de esto? ¿o por qué ponéis los ojos en nosotros, como si por nuestro poder o piedad hubiésemos hecho andar a éste? El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su Hijo Jesús, a quien vosotros entregasteis y negasteis delante de Pilato, cuando éste había resuelto ponerle en libertad. Mas vosotros negasteis al Santo y al Justo, y pedisteis que se os diese un homicida, y matasteis al Autor de la vida, a quien Dios ha resucitado de los muertos, de lo cual nosotros somos testigos. Y por la fe en su nombre, a éste, que vosotros veis y conocéis, le ha confirmado su nombre; y la fe que es por él ha dado a éste esta completa sanidad en presencia de todos vosotros.
 
Hch 4:8-13. “Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: Gobernantes del pueblo, y ancianos de Israel: Puesto que hoy se nos interroga acerca del beneficio hecho a un hombre enfermo, de qué manera éste haya sido sanado, sea notorio a todos vosotros, y a todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesucristo de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de los muertos, por él este hombre está en vuestra presencia sano. Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos. Entonces viendo el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús.
 
Si analizamos detenidamente, podemos ver con mucha claridad que lo que sucedió es que ellos, por el Espíritu Santo que vino sobre ellos, experimentaron un cambio interno que los transformó de temerosos en valientes, porque de hecho, en ninguno de los tres momentos que hemos enumerado, ellos hicieron algo sobrenatural como sanidades, liberaciones, milagros, etc. Lo que sucedió en ellos fue un cambio de carácter y un cambio de actitud por el poder del Espíritu Santo que vino sobre ellos. El poder del Espíritu Santo primero operó dentro de ellos antes de manifestarse hacia afuera, tal como Jesús les había enseñado cuando estuvo con ellos:
 
Jn 7:37-39: “En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado.
 
Todo lo anterior significa que para tener el poder necesito conocer a la Persona del Espíritu Santo, de lo contrario, lo que se manifestará en mí serán las señales de la fe (Mar 16:16-18) pero no el poder del Espíritu Santo. El auténtico poder del Espíritu Santo es el que primero que nada me transforma hacia una mayor obediencia y entrega al Señorío de Cristo y, por lo mismo, me santifica (Él es Santo), y ese poder obrando dentro de mí fluye hacia afuera incrementando la efectividad de las señales que acompañan a mi servicio para Dios.
 
 
 
 
 
 
El Espíritu Santo. El poder sanador y liberador en nosotros.
 
De acuerdo a Isa 61:1-3 y Luc 4:18-19: primero viene sobre mí (y ello tiene, necesariamente, que producir un cambio en mí: “nacer del Espíritu” para entrar en el Reino de Dios, Jn 3:5) y después me unge:
 
Isa 61:1-3. El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel; a proclamar el año de la buena voluntad de Jehová, y el día de venganza del Dios nuestro; a consolar a todos los enlutados; a ordenar que a los afligidos de Sion se les dé gloria en lugar de ceniza, óleo de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar del espíritu angustiado; y serán llamados árboles de justicia, plantío de Jehová, para gloria suya.
 
Si notamos, en el pasaje anterior, lo que resalta son los cambios que el Espíritu Santo va a producir en nosotros:
 
De abatidos a levantados.
El Espíritu Santo es portador de buenas noticias para todos aquellos que emocionalmente se encuentran abatidos, afligidos, fatigados, necesitados, oprimidos, sufridos. Él nos recuerda que traigamos todas nuestras cargas a Cristo, y tendremos descanso (Mat 11:28). Y el recordarnos de ello, sumado al hecho de que el Espíritu Santo como Espíritu vivificador está operando en nosotros para hacer esa Palabra vida en nuestras vidas, ello necesariamente trae un cambio a nuestra actitud. De abatidos pasamos a ser levantados, más que vencedores por medio de Aquel que nos ama y de Quién nada ni nadie nos puede separar (Rom 8:28-37).
 
De quebrantados a restaurados.
Vendar significa envolver firmemente, afirmar, parar.
La palabra traducida como corazón, en el hebreo abarca los sentimientos, la voluntad, el intelecto y en términos generales, el ser interior, el alma de una persona.
Y la palabra traducida como quebrantada implica alguien que esté dañado, derribado, desgajado, destrozado, destruido, estropeado, fracturado, roto, etc., en cuanto a su alma, que esté experimentando un dolor en su ser interior, sea cual sea su intensidad (moderado o agudo).
Todo ello significa que el Espíritu Santo, como nuestro Consolador, es el poder que se libera y nos capacita, una vez tomamos la decisión de superar esas situaciones, para superarlas, para no solo decidirlo y quererlo, sino hacerlo, por difícil que pudiera parecer (con Él nada hay imposible, Luc 1:37. Él nos habilita con Su poder para superar cualquier situación que nos haya ocasionado ese dolor, nos envuelve firmemente, nos afirma, nos para, para dar los pasos necesarios para salir de esa situación, no importando lo que ella requiera: perdón, desatarnos de la amargura, llevar los pensamientos cautivos a la obediencia a Cristo, obedecer, etc.
 
De cautivos a libres.
Los cautivos son aquellos que están atados a algo que no los deja avanzar, atados a un pasado que se ha constituido en un obstáculo que les impide avanzar hacia el supremo llamamiento de entrar en el Reino de Dios a disfrutar de la libertad con la que Él nos ha hecho libres. Esas cautividades pueden ser fortalezas mentales, hábitos, patrones de conducta carnales (caminos que nos parecen derechos en nuestra opinión pero cuyo fin es muerte, Prov 16:25), dudas, temores, incredulidad, etc., que nos impiden entregarnos de lleno al amoroso Señorío de Cristo.
El Espíritu Santo nos ha sido dado para liberarnos de esa cautividad tal como nos lo enseña 2 Cor 10:4-6 nos habla de ello: “las armas de nuestra milicia no son carnales sino poderosas en Dios (el Espíritu Santo) para la destrucción de fortalezas (prisiones, cautividades) derribando argumentos y altiveces (pensamientos, sistemas de pensamiento) que se oponen al conocimiento de Dios (y de Su voluntad buena, agradable y perfecta para nosotros) y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo (santificándonos, fortaleciéndonos).” Y ello lo hace recordándonos, enseñándonos, la Palabra de Dios que es la Espada del Espíritu (Efe 6:17).
La idea de la palabra que se traduce “libertar” es la de acosar a una persona que una encuentra, llamar afuera, llamar al jubileo, al tiempo de la libertad y del retorno a la situación inicial de libertad, provisión, etc. El Espíritu Santo nos ama tanto, nos anhela celosamente como dice la Palabra en Sant 4:5, que no se va a dar por vencido nunca en la tarea de volvernos a la situación original planeada por Dios para nuestras vidas de libertad y plenitud, al punto de “acosarnos” hasta que finalmente todas las barreras, obstáculos, justificaciones, etc., que el enemigo ha levantado en nuestro interior para impedirnos volvernos de todo corazón a Dios sean derribadas y finalmente se cumpla el objetivo de restaurarnos a la posición plena de hijos e hijas de Dios.
 
De presos a libres.
El preso, en la palabra original hebrea es aquel que está sometido, unido, atado, ligado a un pecado. Y el Espíritu Santo, como Espíritu Santificador, es el poder de Dios listo para operar en la liberación del pecado, siempre que nosotros lleguemos al punto de la decisión de querer ser libres del pecado. Pero aun cuando momentáneamente no hayamos llegado a esa decisión, el Espíritu estará trabajando en nosotros (Jn 16:8) precisamente para convencernos de pecado y llevarnos al arrepentimiento, como lo hizo con el hijo pródigo (Luc 15:11-31) cuando volvió en sí, y de justicia, para convencernos de que en Cristo hay perdón de pecados (1 Jn 1:9-10) y de juicio para convencernos que el enemigo de nuestras almas ya fue derrotado y despojado de cualquier derecho sobre nosotros (Col 2:13-15), para que podamos caminar en libertad de sus maquinaciones y salir de esas prisiones de tinieblas (Jn 8:31-32, Rom 6:18, Rom 6:22).
 
De enlutados, espíritus angustiados, afligidos, a consolados.
Como ya lo vimos en el apartado de quebrantados a restaurados, el Espíritu Santo es nuestro Consolador enviado del cielo para que esté con nosotros todo el tiempo y nos imparta de parte de Dios consuelo.
El Señor sabía, y así lo dejó escrito en Su Palabra, que nuestra vida en el mundo no sería fácil, que por el pecado que aún existe en el mundo, al igual que Él, enfrentaríamos circunstancias contrarias que nos provocarían tristeza, aflicción, dolor, tribulación, angustia, etc. Pero Él no nos dejó ni huérfanos, ni solos. Nos envió al Consolador para que obrara en nosotros, en nuestros corazones, delante de esas circunstancias y trajera consolación y restauración, fortaleza y sabiduría, para enfrentarlas y superarlas, que solo fueran momentos aunque difíciles, pero solo momentos, y transformarlos en circunstancias de aprendizaje, crecimiento, fortalecimiento, afirmación (1 Ped 5:8-10). Para ello, el Espíritu Santo tiene toda la Omnisciencia, Omnipresencia y Omnipotencia de Dios, para ayudarnos.
Por ello, Él nos trasforma de enlutados y angustiados en personas no solo consoladas sino gozosas y alegres, no solo por Su sola presencia (Su fruto, y por ende, el fruto de Su presencia en nosotros es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio) sino también por la operación de su poder y fuerza a través de la Espada del Espíritu (la Palabra) que es m{as cortante que espada de dos filos y penetra en nuestro ser interior para discernir los pensamientos y las intenciones del corazón (carne) y para corregirnos, redargüirnos, enseñarnos e instruirnos (Heb 4:12, 2 Tim 3:16).
 
¿Quiénes son los enlutados y angustiados? Las personas a las que la Biblia se refiere como enlutados y angustiados en Isa 61, son personas que están afligidas, apesadumbradas, enlutadas, que lloran y se lamentan por sus circunstancias, que llevan una vida insubstancial, enojadas, iracundas, tempestuosas, cuya vida tiene, por lo menos, áreas de oscuridad a las que no ha llegado la luz de Dios.
 
¿Cuál es la actitud del Espíritu Santo ante ellas? El Espíritu Santo, por el amor que nos tiene, se duele con y por nosotros. Recordemos que el Espíritu Santo está enamorado de nosotros (Sant 4:5), que nos ama de la misma manera que Dios ama no solo al mundo sino a Sus hijos e hijas, con amor eterno e infinito, y por lo mismo, se compadece de nosotros. Si la Palabra nos manda que nos gocemos con los que se gozan y compartamos el dolor con los que se duelen (Rom 12:15), es porque la actitud de Dios, y del Espíritu Santo como Su representante con nosotros y en nosotros, es precisamente esa. Ello implica que el Espíritu Santo se duele con nuestro dolor, se aflige con nuestra aflicción, se angustia con nuestra angustia, etc.
 
¿Qué hace el Espíritu Santo ante ello? Muchos de nosotros ante la aflicción, la angustia, el dolor de los demás, nos sentimos inútiles o desubicados porque no podemos hacer nada por ellos más que estar allí solidariamente. Pero el Espíritu Santo, por ser Dios, no solo está con nosotros, sino que con su Omnisciencia, Omnipresencia y Omnipotencia, sabe cuál es exactamente la situación y necesidad de nuestro corazón, y obra en consecuencia con ello para darnos la victoria sobre esas circunstancias, y no solo la victoria, sino levantarnos a un nivel por encima de ellas.
 
¿Cómo lo hace? En principio, si la situación es consecuencia del pecado, nos lleva al arrepentimiento y a la confesión, para atenuar el dolor y las consecuencias de ello. Nos conduce a buscar refugio en las misericordias de Dios que son nuevas para con nosotros cada mañana, a buscar las misericordias y la gracia de Dios para con nosotros.
En segundo lugar, la Palabra nos enseña que nos imparte gloria, que significa impartirnos la belleza de un espíritu apacible que corresponde a quienes están en paz con Dios. La palabra hebrea que se traduce que el Espíritu nos imparta gloria significa también un atuendo elegante de cabeza (pensamientos, sentimientos, decisiones, actitudes) que corresponde a la imagen, al carácter de Dios, y ello es algo que surge de nuestro interior y se manifiesta en nuestro exterior, en otras palabras, se va a notar, va a ser evidente para otros.
Por otro lado también dice la Palabra que nos va a impartir óleo (bálsamo sanador, manjar delicioso –comida que nos nutrirá y fortalecerá-, perfume que huele, que se siente) de gozo, y gozo implica alegría y júbilo, como el del jubileo en el Antiguo Testamento, cuando las personas regresaban a la situación inicial del plan de Dios (bendición, liberación, restitución, etc.). En tercer lugar, el Espíritu Santo nos imparte un manto de alegría, que en la palabra hebrea original significa elogio, himno, canto. Es decir que seremos reconocidos por otros, y además habrá en nuestra boca himnos y cantos de alegría.
Con razón la Palabra nos enseña que cuando regresemos de la cautividad (librados del luto y del espíritu angustiado), nuestra boca se llenará de risa y nuestros labios de alabanza y seremos como los que sueñan (Sal 126:1-3).
 
¿Qué más resultados se producirán como consecuencia de la acción del Espíritu Santo en nosotros? La Palabra también nos dice que entonces seremos plantío, huerto, viñedo, jardín, de Jehová, y ello implica productores de fruto, de vino (gozo), de belleza interior y exterior, que serán para la alabanza del Señor (“en esto conocerán que son mis discípulos, en el amor que se tendrán unos con otros” –Jn 13:35--, y el amor produce gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, humildad, dominio propio, --Gal 5:22-23--). De pecadores seremos transformados en árboles de justicia –no solo tendremos justicia para con nosotros sino seremos productores de frutos de justicia para con los demás--, en hijos e hijas dignos de Dios, que sus vidas producen en otros alabanza, gloria, honra, lucimiento, para Dios nuestro Padre, de la misma manera que las personas alaban a los padres por la buena conducta de sus hijos e hijas.
 
 
 
Conclusión.
Todo ello está disponible para cada uno de nosotros cuando mantenemos una comunión constante con el Espíritu Santo, le conocemos más allá del nivel de lo superficial y nos dejamos guiar por Él, o más bien, somos sensibles y obedientes a Su guianza y a su dirección y/o cuando le obedecemos para considerar nuestros caminos y volver nuestros pies a sus testimonios, dejando que enderece nuestros pasos (Rom 8:14, Sal 119:59, Prov 3:6, Prov 11:5).

07 Abr 2016