Estudio Bíblico

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Ministerio Reyes y Sacerdotes - Guatemala

El pecado. Ampliando nuestra comprensión.



Introducción.

Originalmente la palabra pecado se usó en la antigüedad con respecto a los arqueros que en el entrenamiento fallaban en dar con la flecha en el blanco. Cuando ello sucedía significaba que habían "pecado".

Al trasladar el concepto a la Biblia, pecado viene, entonces, a significar, fallar en el blanco de cumplir con la voluntad de Dios. Y ello no significa fallar en cumplir unas cuantas reglas -más o menos extensas- sino fallar en cumplir con toda la voluntad de Dios. Por ello la Biblia claramente nos enseña que si decimos que no tenemos pecado, lo hacemos a Él mentiroso (1 Jn 1:10). Si se tratara de solo cumplir unas cuantas reglas, entonces la que mentiría sería la Biblia y no nosotros. Pero Dios es veraz y todo hombre mentiroso (Rom 3:4). Por otro lado la Palabra de Dios también nos enseña que Dios cumplirá su propósito de santificarnos plenamente hasta el día de Jesucristo (Fil 1:6), por lo tanto, siempre, en mayor o menor medida, en nosotros habrá algún tipo de pecado. Por ello David le oraba al Señor que le perdonará y lo librara de sus pecados, no solo los que a él le eran conocidos sino también los que le eran ocultos (Sal 19:12).

En la Biblia la dimensión del pecado es mucho más grande de lo que nos imaginamos, por ello es que la Palabra claramente nos enseña que no hay bueno ni aún uno (Sal 14:3, Sal 53:3, Rom 3:12) porque engañoso y perverso más que todas las cosas es el corazón (Jer 17:9).


Las dimensiones del pecado.

En la Biblia encontramos varias explicaciones acerca de lo que es el pecado, que es necesario considerar para tener una idea completa acerca del mismo.

En primer lugar, la Biblia nos enseña que el pecado es violar un mandamiento de Dios, como por ejemplo, no matar, no codiciar, no mentir, no honrar a Dios, etc., todos los cuales se encuentran en los Diez Mandamientos (Exo 20:1-17, Deut 5:1-21). En segundo lugar, la Palabra nos enseña que el pecado es no poner por obra, no hacer, no vivir, toda la Palabra de Dios (Deut 28:1-68). Los dos anteriores serían los pecados de comisión.

En tercer lugar, la Palabra nos enseña que el pecado no es solo violar un mandamiento prohibitivo de Dios, como piensa la mayoría de personas, es también violar un mandamiento positivo. Sant 4:17 nos dice que "al que saber hacer lo bueno y no lo hace, le es pecado". Es lo que llamaríamos un pecado de omisión.

En cuarto lugar, la Biblia nos enseña que todo lo que hagamos, lo hagamos para la gloria de Dios, que todo lo que hagamos lo hagamos con amor, (Col 3:22-25, 1 Cor 16:14). De tal manera que cuando hacemos algo, aunque sea lo bueno, pero no lo hacemos por el motivo en nuestro corazón que sea la Gloria de Dios o por amor, sino simplemente porque no es agradable, necesario, bueno o conveniente, en ese momento estamos incurriendo en pecado.

En quinto lugar, la Palabra también nos enseña que todo lo que no proviene de fe es pecado (Rom 14:23). Ello significa que hay en la vida cosas que la Palabra no nos indica taxativa o claramente si son buenas o son malas por lo que podemos o no podemos hacerlo, dependiendo de lo que nos diga nuestra conciencia, o el Espíritu que mora en nosotros. Si vamos en contra de esa convicción, conciencia, o dirección, en ese momento estamos incurriendo en pecado tal como la explica el capítulo 14 del libro de Romanos.

En sexto lugar, y relacionado con lo anterior, hay un pecado en el que incurrimos frecuentemente, diaria y continuamente, y ni siquiera nos percatamos. En Rom 8:14 el Espíritu nos enseña que los hijos de Dios somos guiados por el Espíritu Santo. El Espíritu Santo es Dios morando en nosotros. Por lo tanto, cuando no consideramos la opinión del Espíritu en las cosas que decidimos y/o hacemos, lo que estamos haciendo en realidad, es ignorándolo, menospreciándolo, haciéndolo a un lado, a pesar de ser Dios. Y ello, evidentemente, es ponernos sobre Él, decirle sin palabras, pero si con nuestras actitudes, que nosotros somos más sabios que Él o sabemos mejor que Él lo que nos conviene, o que somos dios para nosotros mismos. Y obviamente, ello es un pecado en contra de Dios.

La Biblia claramente nos enseña que Dios, por medio de la Escritura en la ley lo encerró todo bajo pecado, para que todo aquel que quisiese ser salvo recurriese a la promesa de salvación que es por la fe en Jesucristo (Gal 3:22) para que la salvación fuera por gracia por medio de la fe, no por obras, para que nadie se jacte en Su Presencia (Efe 2:8-9).

Como vemos por todo lo anterior, el pecado es mucho más de lo que la mayoría de nosotros tenemos noción y/o nos imaginamos. Pero todo ello no es un motivo para que nos decepcionemos, nos sintamos condenados, imposibilitados o indefensos frente al pecado. En primer lugar la Palabra nos enseña que si pecáremos, abogado tenemos para con Dios a Jesucristo, quien es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos de toda maldad (1 Jn 1: 8), y en segundo lugar el Espíritu nos dice que ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne sino conforme al Espíritu (Rom 8:1), y que Dios conoce nuestra condición, de que somos polvo (Sal 103:14) y por ello sus misericordias son nuevas cada mañana y no decaen (Lam 3:22-23).


Las implicaciones de conocer el pecado.

Como mencionamos anteriormente, el conocimiento de la amplia dimensión del pecado no es para que como creyentes nos frustremos o vivamos condenados, por cuanto en Cristo tenemos perdón de pecados. De hecho, la oración del Padre Nuestro,, que se supone es direccional para que la oremos todos los días ("Danos el pan de cada día") incluye dentro de si la petición de perdón por nuestros pecados, así como nosotros perdonamos los pecados de otros. Y si Dios nos manda a perdonar setenta veces siete (7 a la setenta potencia), es porque Dios previamente lo hace con nosotros y por adelantado, lo cual tampoco es un permiso para pecar (para aquellos cuya nueva naturaleza no ha sido suficientemente desarrollada o los no conversos que aunque asisten a la iglesia, solo andan buscando excusas para pecar).

El que Dios nos enseñe gradualmente la dimensión completa del pecado tiene, a mi parecer, varias razones importantes, y todas positivas, ninguna negativa.

En principio, el Señor quiere que lo amemos a Él por sobre todas las cosas. Y ello no sucede de la noche a la mañana, sino que es un proceso creciente. Pero a Dios lo amamos porque Él nos amó primero (1 Jn 4:19). Y nos manifiesta su amor, no solo por todo lo hermoso, bello, positivo, que nos provee día a día, sino por la dimensión de su perdón hacia nuestros pecados y faltas. Por lo tanto, una conciencia creciente del pecado, nos lleva a una conciencia creciente del amor de Él por nosotros (Efe 3:18), y ello a un amor creciente por Él.

Por otro lado, Dios aunque nos liberta de las consecuencias espirituales del pecado de una vez y para siempre por el sacrificio de Cristo en la Cruz (Isa 53:6, Rom 6:1-7), vivimos en un mundo que constantemente nos está presionando a través de múltiples medios y principalmente de la carne, para que sigamos realizando acciones pecaminosas que roben, destruyan y maten la plenitud de vida que Cristo vino a traernos por medio de su sacrificio en la Cruz (Jn 10:10b). De esas acciones que se originan en nuestra alma y nuestro cuerpo somos liberados paulatinamente (Jn 8:31-32. Rom 12:1-3, Efe 4:22-23) y esa liberación solo puede ocurrir cuando dependemos del Espíritu Santo y no de nuestro propio esfuerzo (Rom 8:13) y como la dependencia del Espíritu Santo es una cuestión voluntaria de cada uno de nosotros, no impuesta como si fueramos marionetas en las manos de Dios, entonces necesitamos que exista una motivación que continuamente nos lleve a esa dependencia. Nuestra incapacidad para librarnos de los pensamientos y acciones pecaminosas por nosotros mismos, que chocan contra nuestra nueva naturaleza (2 Cor 5:17, Rom 8:12-13) nos hacen venir delante del Señor para depender totalmente de Él. Así que la conciencia de nuestra pecaminosidad nos lleva continuamente a la dependencia del Espíritu Santo y vivir bajo esa dependencia no solo es gloriosos sino que nos acerca cada vez más a la plenitud de la vida en Cristo (Efe 1:19-23).

Esa conciencia del pecado nos "vacuna" contra el orgullo, la arrogancia, la vanidad, etc., con varios efectos positivos para nuestras vidas, algunos de los cuales mencionamos a continuación. En primer lugar, porque el orgullo, la arrogancia, la vanidad, etc., nos impiden alcanzar cada vez más la gracia de Dios pues Dios resiste a los soberbios pero da mayor gracia los humildes (Sant 4:6, 1 Ped 5:5). En segundo lugar, impide que la grandeza de las revelaciones nos exalte (2 Cor 12:7), y por ende, ello impida que podamos seguir creciendo en el conocimiento de Dios y de Su Palabra. En tercer lugar, nos protege de las caídas que son el resultado de la auto-exaltación (Prov 16:18), y las caídas son dolorosas, frustrantes, etc. Otro efecto positivo de esa conciencia es que, indirectamente, nos mantiene mansos y humildes de corazón delante del Señor y ello, aunque parezca contradictorio, nos permite si no perfectamente por lo menos en una buena medida, reflejar el carácter de Cristo (Mat 11:29, Rom 8:28-29), y ello nos guía al descanso para nuestras almas. La conciencia del pecado nos ayuda a mantenernos lejos de él, a mantenernos despiertos y en guardia contra las maquinaciones del diablo que nos quieren hacer tropezar, maquinaciones que en una buena medida tienen que ver con el pecado que no reconocemos en nuestra vida. Si no reconocemos el pecado no vamos a estar alerta contra él, y por ende el enemigo de nuestras almas va a ganar ventaja sobre nosotros (2 Cor 2:11). Finalmente, la conciencia de la misericordia y la gracia de Dios para con nosotros por causa de nuestros pecados, nos permite también impartir misericordia, gracia y perdón a otros, porque si nosotros somos tan grandemente perdonados, ¿porque no vamos a perdonar a otros por sus pocas faltas contra nosotros aunque ellas pudieran ser en algunos casos muy dolorosas? (Mat 18:23-35). Y el perdón hacia otros nos impide caer en amargura, que a su vez nos impide disfrutar a nosotros, y a otros que nos rodean, de la gracia de Dios (Heb 12:15).



16 Mayo 2017
Referencia: Pecado.