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Ministerio Reyes y Sacerdotes - Guatemala

El trabajo y la regla de oro.



El trabajo y la regla de oro.


Introducción.

El trabajo es fundamentalmente un lugar de relaciones. La relación más evidente es la relación con la creación de Dios a través de las cosas que hacemos, pero también desarrollamos relaciones con las personas con las que trabajamos (jefes, compañeros y subalternos), los clientes que servimos, los proveedores que nos proporcionan las materias primas o los insumos que requerimos para nuestro trabajo, los propietarios de la empresa u organización en la que laboramos, y principalmente, aunque es la menos evidente de todas las relaciones en el trabajo, con Dios, que es, en última instancia, el verdadero propietario y la verdadera razón de todo lo que hacemos.

Por otro lado, el Reino de Dios, del cual el Señor Jesucristo nos enseñó a orar para que se estableciera en la tierra y se hiciera Su voluntad tanto aquí como en el cielo (Mat 6.10), es fundamentalmente, un reino de relaciones, comenzando con la relación con El, Su gobierno sobre nuestra vida y sobre todo lo que hacemos (no solo en la Iglesia sino en toda área y actividad de nuestra vida).

La Palabra de Dios en Mat 6:33 nos enseña que el centro de la vida del creyente debe ser buscar el Reino de Dios (el gobierno de El sobre nosotros) y su justicia (la justicia se construye y se manifiesta en las relaciones, es un resultado de ellas), y todas las demás cosas nos serían añadidas.

Por lo tanto, el trabajo, es en última instancia, una actividad que nosotros realizamos para establecer el Reino de Dios en nuestro entorno a través de las relaciones que construimos con las personas con las que nos relacionamos a través de él.

El objetivo fundamental del presente tema es que tomemos conciencia de la importancia del trabajo y de las relaciones que establecemos a través de El, para el propósito de Dios de traer a las personas a nuestro alrededor al conocimiento de El y establecer la plenitud de Su Reino sobre la tierra, y reenfoquemos nuestros esfuerzos a ello, en lugar de a simplemente ejecutar una tarea y devengar un salario, que es como la mayoría de creyentes entienden el trabajo, siguiendo la misma línea de pensamiento del mundo, impidiéndoles experimentar la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta en sus actividades laborales (Rom 12:2).


Versículo clave.

“Más Jehová estaba con José, y fue varón próspero; y estaba en la casa de su amo el egipcio. Y vio su amo que Jehová estaba con él, y que todo lo que él hacía, Jehová lo hacía prosperar en su mano. Así halló José gracia en sus ojos, y le servía; y él le hizo mayordomo de su casa y entregó en su poder todo lo que tenía. Y aconteció que desde cuando le dio el encargo de su casa y de todo lo que tenía, Jehová bendijo la casa del egipcio a causa de José, y la bendición de Jehová estaba sobre todo lo que tenía, así en casa como en el campo. Y dejó todo lo que tenía en mano de José, y con él no se preocupaba de cosa alguna sino del pan que comía. Y era José de hermoso semblante y bella presencia.” (Gen 39:2-6).


Versículos de apoyo.

Prov 10:4, Gen 39:21-23, Col 3:22-24.


Desarrollo del tema.

Cuando Dios creó al ser humano –hombre y mujer- (Gen 1:26), además de hacerlos a Su imagen y semejanza, los envió, comisionó, ordenó, para el trabajo (Gen 1:27). En ese momento Dios definió el trabajo como una triple relación:

Primero. Con El como el Enviador.

Segundo. Con la creación como el objetivo del cuidar y labrar (Gen 2.15), y

Tercero. Con las personas, porque el trabajo debía ser hecho en equipo, no en solitario. La comisión de trabajar les fue dada tanto al hombre y a la mujer para que se relacionaran no solo como hombre y mujer, sino como un equipo de trabajo. De hecho, Gen 2.18 dice: “No es bueno que el hombre esté solo, le haré ayuda idónea para él”. La ayuda idónea implica la idea de apoyo, complemento, para la tarea encomendada, para el trabajo.

Mientras Adán y Eva se mantuvieron en el estado de inocencia, antes de la caída, todo el trabajo que ellos hacían era efectuado en perfecto entendimiento y relación y el trabajo carecía de problemas, circunstancias difíciles, conflictos interpersonales, etc.. No había problemas de ningún tipo entre ellos ni con la tarea que realizaban.

Pero con la caída, todo ello cambió.

En primer lugar, se perdió la relación con Dios (Gen 3:8). Dios dejó de ser el centro de la vida de ellos, y con eso, la humanidad perdió el rumbo del propósito y destino para el cual fue creado: ser un administrador de la creación de Dios. E igualmente se perdió el significado del trabajo como un servicio a Dios, a los demás y a la Creación de Dios, y comenzó a tener el significado egoísta de búsqueda y medio de alcanzar los propios objetivos, independientemente del interés de Dios, de los demás y de la Creación. En otras palabras, se convirtió en la búsqueda del beneficio personal, aún a costa del beneficio de los demás, de la creación, y no digamos, del beneficio del Creador.

En segundo lugar, con la caída se rompió el orden de Dios en las relaciones (Gen 3:6) que implicaba que el hombre era la cabeza en el ejercicio de una perfecta autoridad de servicio y cuidado, y la mujer estaba en perfecta sujeción a él, con lo cual se abrió una puerta para el constante conflicto que caracteriza a la humanidad de rebelión hacia la autoridad, que se manifiesta en todo orden de la vida, y el trabajo no es la excepción.

En tercer lugar, a partir de ese momento, y como consecuencia de la caída, se puso de manifiesto una característica pecaminosa del ser humano que hasta el presente no ha dejado de acompañar su actividad: la evasión de la responsabilidad de sus propios actos (Gen 3:12-13), que da paso a la irresponsabilidad en todos los órdenes de la vida, de los cuales el trabajo no es tampoco una excepción.

En cuarto lugar, el hombre se enseñorearía de la mujer (Gen 3:16), lo que implicaba un deterioro de las relaciones entre ellos, abriéndose una puerta para el abuso, la discriminación, el autoritarismo, etc., que también hoy se encuentran presentes en el trabajo humano.

Y finalmente, la creación misma, recibió maldición como consecuencia del pecado, y con ello, el trabajo adquirió unos niveles de complicación que determinarían que el ser humano necesitaría redoblar los esfuerzos que originalmente estaba ordenado a hacer, así como a recibir menos fruto de su trabajo del que originalmente Dios había establecido (Gen 3:17-19).

En resumidas cuentas, el plan de Dios para el ser humano y el trabajo, se deterioró totalmente.

Pero Dios, en su infinita misericordia para con nosotros, estableció un plan redentor de todas las consecuencias del pecado (Luc 19:10), que fue ejecutado por el Señor Jesucristo (Jn 3:16-17), y que abrió el camino para que la humanidad, como responsable directa del deterioro de la creación y del trabajo, fuera también el instrumento de Dios para su redención:

“Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios.” (Rom 8.19-21).

“Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia; por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz.” (Col 1:16-20).

Es claro, por los dos pasajes anteriores, que el Señor no solo está interesado en la redención del ser humano, sino en la redención de todas las cosas, de la Creación misma. Y para ello, nos entregó toda autoridad en el cielo y en la tierra (Mat 28.18-20) de tal manera que traigamos a todas las personas y a todas las actividades y relaciones que realicemos, bajo el Señorío de Cristo. Y el trabajo es, entre otros, un medio de lograrlo. A partir de la salvación operada por el Espíritu Santo en cada uno de nosotros, gracias al sacrificio de Cristo en la Cruz, Dios nos convierte en ministros de la reconciliación (2 Cor 5:17-18) para traer no solo nuestra persona, sino todo lo que hacemos y todas las relaciones que establecemos, bajo el Señorío de Cristo, bajo Sus principios y valores.

Y uno de los principios más importantes, conocido como la “Regla de Oro” se encuentra en Mat 7.12: “Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas.”

Este principio implica, entre otras cosas, lo siguiente:

Uno. Si queremos tener la colaboración de nuestros compañeros de trabajo, jefes, subalternos, clientes, proveedores, etc., primero necesitamos ser colaboradores con ellos haciéndoles los favores que nos pidan y que nos sea posible hacer.

Dos. Si queremos tener el respeto de nuestros compañeros de trabajo, jefes, subalternos, clientes, proveedores, etc., necesitamos primero, respetarlos a ellos.

Tres. Si queremos tener cordialidad y amistad con nuestros compañeros de trabajo, jefes, subalternos, clientes, proveedores, etc., necesitamos primero, ser cordiales y amistosos con ellos.

Cuatro. Si cuando estemos atrasados con nuestro trabajo queremos tener la ayuda de nuestros compañeros, jefes y subalternos, primero necesitamos ayudarlos a ellos cuando estén atrasados con los suyos y esté en nuestra posibilidad hacerlo.

Cinco. Si queremos recibir buen trato de todas aquellas personas con las que nos relacionamos en el trabajo, necesitamos tratarlas bien primero.


Conclusión.

La regla de oro no es más que una aplicación práctica de la ley de la siembra y la cosecha en las relaciones entre las personas, de las cuales el trabajo no es la excepción. La importancia de esta regla se hace más que evidente cuando notamos que la mayoría de problemas que experimentamos en el trabajo, no tienen que ver con el trabajo en sí, con las tareas propiamente dichas, sino con las personas con las que nos relacionamos, es decir que, en realidad no son problemas de trabajo sino de relaciones. En la medida en la que apliquemos este principio en nuestros trabajos es seguro que el ambiente que nos rodea comenzará a ser transformado, experimentando mejoras que nos harán el trabajo mucho más llevadero y placentero. Y a la vez, y como un subproducto de esa mejora en nuestras relaciones, obtendremos el derecho de hablar de nuestra fe, de testificar de Cristo con poder, como la fuente de nuestras buenas relaciones con los demás, y nuestro testimonio tendrá validez y veracidad delante de los ojos de ellos, convirtiéndonos, de esa manera, en un ministro de la reconciliación y un embajador de Cristo en medio de nuestras labores diarias.


Oración final.

Señor, en el Nombre Bendito de Jesús te pedimos en esta hora que nos des ideas creativas y nos dirijas por Tu Espíritu Santo para poner en práctica en toda situación en nuestros trabajos, desde hoy mismo, la regla de oro, actuando con todas las personas que nos relacionemos, de la misma manera que quisiéramos que ellos actuaran con nosotros, y que aunque no veamos resultados inmediatos, perseveremos en hacer el bien sabiendo que a su tiempo cosecharemos. Amén.





10 Nov 2008