Estudio Bíblico

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Ministerio Reyes y Sacerdotes - Guatemala

El trabajo. Asociados con Dios.



Asociados con Dios.



Introducción.

Cuando Dios creó a los seres humanos primeros (y cuando los creó a ellos nos tenía en mente también a nosotros como su descendencia) les dio la tarea de colaborar con El en el desarrollo y mantenimiento de Su Creación, según lo podemos ver en Gen 2:15 y Gen 1:27-28.

Con la caída y la introducción de las consecuencias del pecado en la vida de los seres humanos y la creación, tal como lo relata Gen 3, y la venida de Jesucristo para rescatar todo lo que se había perdido en la caída (Luc 19:10), el trabajo de Dios, y por ende el nuestro como colaboradores de El, incorporó dos facetas adicionales a las del desarrollo y mantenimiento de Su Creación: el aspecto redentivo (transformador) y el aspecto restrictivo (estorbo del pecado).

De tal manera que hoy, el trabajo que Dios nos ha encomendado a los seres humanos tiene cuatro aspectos: mantenimiento, desarrollo, restricción y redención de todo lo creado. Es a estas tareas a lo que se refiere Rom 8:19-21 como consecuencia de la Gran Comisión.

El objetivo del presente trabajo es reconocer de una manera general, las cuatro facetas del trabajo humano como parte del propósito de Dios para todos los seres humanos, sea que trabajen en lo “secular” o en lo “eclesiástico”.


Versículo clave.

“Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios.” (Rom 8.19-21).


Versículos de apoyo.

Gen 1:27-28, Gen 2:15, Luc 19:10, Col 1:15-20, Col 3:22-24.


Desarrollo del tema.

Cuando se produjo la caída, las consecuencias del pecado no solo alcanzaron a la relación de los seres humanos con Dios, sino también afectó las relaciones entre ellos y las relaciones con la Creación.

“Y Jehová Dios dijo a la serpiente: Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo; sobre tu pecho andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar (el origen de los desequilibrios ecológicos). A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti (el origen de las discriminaciones, la explotación, las diferenciaciones sociales de todo tipo, y por ende, de los conflictos sociales). Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa (el origen del deterioro ambiental); con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan (el origen de las diferencias socioeconómicas entre los seres humanos) hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás.” (Gen 3:14-19).

Por tanto, en la caída encontramos el origen de las relaciones injustas entre los seres humanos y la creación de Dios y entre los seres humanos entre sí (codicia, avaricia, menosprecio a los demás, egoísmo). Estas relaciones injustas, al establecerse y repetirse en una sociedad determinada, derivan en estructuras sociales injustas, que al prolongarse en el tiempo, llegan a generar sistemas sociales injustos, que son productores de la pobreza, la discriminación, la violación de los derechos humanos, la ignorancia, la enfermedad, etc.

Pero ante ese deterioro de toda Su creación (los seres humanos, el mundo social y la naturaleza) Dios no se iba a quedar de brazos cruzados. Desde el momento inmediato a la caída, Dios estableció el plan de redención mediante el cual El volvería, siguiendo una vía legal, todas las cosas a su estado original.

Ese plan fue concretado en Jesucristo. Jn 3:16-17 dice: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.” En estos dos versículos encontramos tres veces la palabra “mundo” que nosotros los cristianos, por mucho tiempo, la hemos interpretado como “personas”. Esta interpretación, si bien no es totalmente equivocada, restringe, limita, lo que Dios nos quiere dar a conocer. La Palabra que Dios usa en el original griego es “cosmos”, que significa o incluye, todo lo creado, es decir, las personas, pero también todo el mundo social y todo el mundo natural, es decir, toda la creación. Como toda la creación fue afectada en la caída, toda la creación debe ser afectada en la redención que Jesús obra en la Cruz. De tal manera que Dios no quiere salvar solo a las personas, sino también a toda su Creación, para lo cual, salva a las personas (la Iglesia) y a partir de ellas, por su influencia en medio del mundo (como sal, como luz y como levadura, Mat 5:13-16 y Mat 13:33), redimir, liberar, volver a su estado original, a toda la creación.

La Gran Comisión (Mat 28.18-20) es el proceso por el cual esto se cumple: las personas son salvadas y discipuladas, y por practicar los principios de la Palabra, todo su entorno es transformado y redimido (sus naciones), de tal manera que la creación entera terminará siendo liberada de la corrupción a la que fue sometida como consecuencia del pecado (Rom 8.19-21).

Cuando Dios nos salva, nos hace sus colaboradores (1 Cor 3:9, 2 Cor 6:1), sus embajadores, para reconciliar al mundo (las personas, el mundo social y el mundo natural) con Su Creador:

“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios.” (2 Cor 5:17-20).

Cuando consideramos el pasaje anterior, junto con Rom 8:19-21, Gen 2:15, Gen 2:17-28, Mat 5:13-16, Mat 13:33 y Col 1:15-20, entendemos, entonces, las cuatro tareas que necesitamos considerar en nuestros trabajos (seculares y/o eclesiásticos) para colaborar con Dios en Su Plan de redención y hacer todas las cosas (seculares y/o eclesiásticas) como para Dios de acuerdo a lo que nos enseña Col 3:22-24:

Uno. El trabajo de desarrollar Su Creación, que implica la parte creativa del trabajo: labrar, fructificando, multiplicando y llenando (Gen 2:15, 1:27-28).

Dos. El trabajo de mantenimiento de Su Creación, que implica la parte administrativa del trabajo, guardando, sojuzgando y señoreando (Gen 2:15, 1:27-28).

Tres. El trabajo restrictivo que implica ser sal (estorbando el pecado) y luz (dando dirección hacia lo bueno), convirtiendo el mundo a Dios, y no nosotros al mundo (Mat 5:13-16, Jer 15:19).

Cuatro. El trabajo redentivo que implica volver toda la Creación al Señorío de Cristo, transformándola de su situación actual a una nueva situación conforme al propósito de Dios (Mat 13:33, 2 Cor 5:17-20, Col 1:15-20).

Como creyentes, y para cumplir con lo que nos enseña la Palabra de Dios a través de este estudio, necesitamos hacernos, no solo hoy, sino todos los días, constantemente, la siguiente pregunta, comenzando con nuestras actitudes y valores: ¿Cómo se verían las cosas en nuestro trabajo si Dios pudiera manejarlas? Ello nos va a permitir ver el potencial en todo lo que hacemos, para cooperar con Dios en la transformación del mundo. No hay ninguno que no puede cooperar con Dios en estas cuatro tareas en mayor o menor grado desde su trabajo cotidiano. Todos podemos, y deberíamos, hacer algo, comenzando con ser fieles en lo poco, hasta llegar a lo mucho.

No hay ningún área de la vida y del trabajo donde los cristianos no podamos ser transformadores para Dios y establecer Su Reino. No hay áreas de la vida ni del trabajo diabólicas. Solo hay áreas que el diablo sigue usurpándolas hasta que nosotros nos levantemos y las rescatemos para Dios. Y donde más notoria sea la influencia del diablo, más notorios son los cambios que podemos y deberíamos lograr para Dios y Su Reino.

Todos en nuestro trabajo podemos ser una influencia positiva y trabajar para Dios, ejerciendo, entre otras, por ejemplo, las siguientes tareas:

Uno. Administrar bien los recursos (1 Ped 4.10).

Dos. Servir a otros con alegría (Mar 10:42-45).

Tres. Utilizar la creatividad que Dios nos ha dado para introducir mejoras sustanciales a lo que hacemos.

Cuatro. Decir la verdad y promover buenos hábitos de trabajo en todo sentido, como la honradez, la integridad, la responsabilidad, la diligencia, la excelencia, etc.

Cinco. Sanar, comprender y reconciliar a nuestros compañeros de trabajo y de vida con Dios, edificar la comunidad y promover la paz y la armonía (Mat 7.12), trabajar por la justicia y la paz, etc.


Conclusión.

El trabajo cotidiano, principalmente el trabajo que hacemos en lo que la tradición cristiana ha dado en llamar lo “secular”, no tiene porque ser un trabajo carente de espiritualidad, fuera de ministerio, sin Dios, tedioso, aburrido, hecho solo mientras Dios nos llama al ministerio eclesiástico o a Su presencia. Todo lo contrario: puede ser una actividad estimulante, hecha para Dios, y por lo tanto, espiritual y ministerial, si cambiamos nuestra forma de pensar respecto a ello.

Podemos introducir, poco a poco, grandes cambios y establecer el Reino de Dios en nuestros trabajos, si tan solo entendemos que somos parte del trabajo de Dios para transformar Su Creación. Por lo tanto, necesitamos asumir ese reto hoy mismo, tomando algunas de las actividades de la última lista de este estudio, para comenzar a desarrollarlas en nuestro trabajo a partir de ahora mismo.


Oración final.

Señor, gracias por mostrarnos que somos parte, desde nuestro trabajo cotidiano, sea secular o eclesiástico, de Tu Ministerio en medio de los tiempos. Señor danos la sabiduría, la inteligencia, el consejo y el entendimiento necesario para poder reenfocar nuestras tareas diarias hacia el desarrollo y mantenimiento de Tu creación, como un freno para la expansión del pecado y como una tarea transformadora que mejore Tu creación. Todo esto te lo pedimos en el Nombre de Nuestro Señor Jesucristo y abrimos los ojos y oídos de nuestro entendimiento espiritual como buscar y obtener Tu dirección para ello, y ponerla en acción inmediatamente.









10 Nov 2008
Referencia: Fundamentos.