Estudio Bíblico

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Ministerio Reyes y Sacerdotes - Guatemala

La reconciliación.



LA COSMOVISIÓN CRISTIANA BÍBLICA (07).

LA RECONCILIACIÓN.



Fundamento bíblico.

Mat 6:10. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.

Rom 8:19-21. Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios.

2 Cor 5:17-20. De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios.

Mat 6:33. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.

Col 2:13-15. Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz, y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz.

Col 1:15-20. El es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia; por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz.



El plan inamovible de Dios.

En el principio, el propósito de Dios en cuanto al ser humano fue:
UNO. Tener relación con ellos, como Padre e hijos, y que ellos le obedecieran (Gen 2:16-17), le adoraran (Jn 4:23, Sal 150:6) y glorificaran su Nombre en todo lo que hicieran (Col 3:23), todo lo cual configura el mandato a la adoración.
DOS. Que las relaciones entre los seres humanos fueran relaciones de justicia, igualdad de valor y dignidad, ayuda mutua, paz y complementariedad, y establecieran estructuras y sistemas sociales justos, lo que implicaba un mandato a la búsqueda de la justicia (Mat 6:33, Rom 14:17).
TRES. Que el ser humano administrara y señoreara sobre la creación (no sobre los demás seres humanos) lo que constituye el mandato a la mayordomía (Gen 2.15, Gen 1:28).
CUATRO. Que el ser humano viviera eternamente (Gen 2.17, Gen 3:22-24).

Dios no cambia (Mal 3:6) y Sus planes tampoco cambiaron a pesar de la caída, solo tuvieron una desviación temporal (Gen 1:26-28, Gen 9:1).
Cuando estudiamos el mandato que Dios le dio a Adán y el que le dio a Noé y a sus hijos cuando descendieron de la barca, es el mismo, salvo que en el mandato a Noé no le dice que sojuzguen la tierra y señoreen sobre todos los animales que viven en ella, porque temporal y legalmente, ese derecho estaba en manos del diablo y sus huestes.
Es en la Gran Comisión, una vez que Jesús ha despojado al diablo (Col 2:15) y ha recibido toda autoridad en el cielo y en la tierra (Mat 28:18), y se la ha delegado a la Iglesia (Mat 28.19-20) para recuperar “el sojuzgar y señorear” sobre la tierra y la creación, que la segunda parte de ese mandato original es restaurado, no al ser humano en general, sino a un tipo especial de seres humanos: los hijos e hijas de Dios, nacidos de nuevo (2 Cor 5:17) por la obra de la Palabra (1 Ped 1:23) y del Espíritu Santo en sus corazones, que reciben la naturaleza divina (2 Ped 1:4) y han entrado al Reino de Dios (Jn 3:3-5) y viven plenamente bajo el Señorío de Cristo (Mat 6:33) y están llenos del poder para derrotar el enemigo donde quiera que se encuentre (Mat 16:18-19, Mar 16:15-18, Hch 1:8, Luc 4:18-19).

El sojuzgar la tierra y señorear sobre toda la creación que hay en ella (salvo los demás seres humanos), implica la reconciliación de los seres humanos, sus relaciones y sus actividades con el propósito original de Dios, lo que significa:
UNO. Que los hijos e hijas de Dios, dando de gracia lo que de gracia han recibido, lleven el mensaje del arrepentimiento, del señorío y del perdón de pecados por el sacrificio de Cristo en la Cruz, a todos los seres humanos para que estos sean reconciliados con Dios (Mar 16:15-18, Hch 1:8).
DOS. Que las relaciones entre los hijos e hijas de Dios y entre éstos y el resto de la humanidad, sean reconciliadas de acuerdo al plan original de Dios en el Edén y establecidas sobre la base no del señorío y aprovechamiento egoísta de unos por otros, sino del amor (1 Cor 13:1-3) la justicia, la paz y el gozo de Dios (Rom 14:17, Mat 6:33) y el servicio (Mar 10:42-45).
TRES. Que los hijos e hijas de Dios se conviertan en administradores de toda la creación, no en propietarios (1 Ped 4:10), y que esa administración se haga de forma responsable, para el beneficio de toda la humanidad, y para la gloria de Dios (Mat 25:14-30 y Mat 25:31-46, Col 3:22-24) sin que ello implique, necesariamente, la igualdad, pero si la justicia.
CUATRO. Que en la mayor medida de lo posible (2 Tim 2:1, Jos 1:6-9) sobre todos y todas las personas, sus relaciones con Dios y con el prójimo, sus actividades, y a través de estas, sus relaciones con la naturaleza, estén bajo el Señorío de Cristo, es decir, bajo el imperio de la Palabra, de acuerdo a los principios y la enseñanza de la Palabra de Dios (Col 1:20), y para quienes no estén bajo el Señorío de Cristo, las leyes de los países sean tales, que estén fundamentadas en los principios y valores eternos de la justicia divina, no hagan acepción de personas, fortalezcan el derecho, respeten la persona, la vida, la propiedad, la libertad, etc.

Para avanzar hacia el logro de lo anterior, en cuanto a nosotros los y las creyentes, es necesaria una serie de cambios profundos en nuestra manera de pensar y obrar, más allá de lo que tradicionalmente hemos hecho en la iglesia:
En primer lugar, implica no solamente un cambio de pensamientos (Rom 12:2, Fil 4:8), sino un cambio de cosmovisión, del espíritu de nuestra mente, de la base de pensamientos que conforman nuestra visión de Dios, el mundo, la vida y nuestro lugar en todo ello (Efe 4:22-24) y que, en última instancia, es lo que determina la respuesta que damos a la Palabra que escuchamos.
Recordemos que la interpretación y la respuesta a la información que hemos recibido (y ello incluye la información bíblica) ha sido condicionada por la manera de pensar occidental, no la bíblica.
Por lo tanto necesitamos revisar (y rehacer, si es necesario) nuestros conceptos sobre la forma de ser y hacer del cristiano y la iglesia, no a la luz de los conceptos de la teología tradicional de los últimos cien años basada en la forma de pensar occidental, sino a la luz de la re-lectura bíblica desde la perspectiva de la cosmovisión eterna de Dios, que es desde la que fue diseñada.
Ello, seguramente, nos va a llevar (y así tiene que ser) a un cambio en la forma de ver e interpretar los objetivos de nuestra vida, nuestra familia, nuestro trabajo, nuestra iglesia, nuestra comunidad, y ello implicará también un cambio de nuestro hacer en la vida personal, familiar, laboral, ministerial y comunitaria. Vamos a necesitar renovarnos como odres nuevos para recibir la revelación y el propósito de Dios para este tiempo.
En la forma de pensar occidental, nuestro cristianismo se manifiesta, esencialmente, en un concentrarse en la iglesia, separándonos en mayor o menor grado el mundo y restringiendo el llamado ministerial y los dones a lo formalmente eclesiástico, excluyendo todo lo demás que no se haga bajo la sombrilla eclesiástica.
Dentro de este redescubrimiento de la forma de pensar, bíblica, entre muchas otras cosas, se redefine el ministerio y el ejercicio de los dones, no para unos pocos, sino para todos los y las creyentes. Todos los creyentes somos ministros de Dios con un llamado y un lugar específico para ejercerlo en este tiempo, que no necesariamente es la iglesia, sino que en la mayoría de los casos, está en el ámbito de lo definido por el tradicionalismo como el mundo de lo “secular”, el mundo del trabajo, el oficio y/o la profesión.
De esa cuenta, la iglesia se convierte en un centro de entrenamiento (Efe 4:11-16), no de aislamiento, para entrenarnos a todos los y las creyentes para ir al mundo (personas, relaciones, actividades, cosas) a cumplir con nuestro ministerio y llamado de reconciliarlo plenamente con Dios y establecer en él Su reino y Su justicia.
La teología también sufre una transformación, y en lugar de ser la teología de lo que Dios hace en el cielo y de lo que será la vida eterna después del final de estos tiempos desde la perspectiva del pensamiento occidental y del método científico, necesita ser re-escrita también a la luz de la cosmovisión de Dios y la revelación en esos temas, pero también se necesita ampliar y convertirse en la teología de lo que Dios está haciendo hoy en medio de esta tierra y la historia, para establecer Su reino en la persona individual, el matrimonio, la familia, las finanzas personales, el trabajo, la educación, el arte, la ciencia, la tecnología, los negocios, la economía, la política, el gobierno, la sociedad, la pobreza y el desarrollo, la administración de la justicia, la elaboración de leyes, etc., y en cualquier otro campo de la actividad humana que necesita ser reconciliado con Dios. Es decir, la teología se transforma de lo que necesito saber para vivir en el cielo, a la teología de lo que necesito saber para vivir en la tierra y en la sociedad, transformándola y desarrollándolas con el mayor parecido posible al Reino de Dios y a la voluntad de Dios, reveladas en Su Palabra de acuerdo a la oración que nos enseño Jesús (Mat 6:10).











18 Abr 2009
Referencia: Tema No. 07.