Estudio Bíblico

Inicio > Estudio
Ministerio Reyes y Sacerdotes - Guatemala

El Reino de Dios.



LA COSMOVISIÓN CRISTIANA BÍBLICA (08).

LA COSMOVISIÓN CRISTIANA. EL REINO DE DIOS.



Importancia.
Es el tema esencial de la predicación de Juan el Bautista (Mat 3:2), Jesús (Mat 4:17), los discípulos (Mat 10:7) y la Iglesia del Libro de los Hechos (Hch 8:12).
Es el tema esencial del Evangelio (Mat 4:23, Mat 9:35, Mat 24:14, Mar 1:14, Luc 4:43, Luc 8:1, Hch 8:12).
Su diseño original, su corrupción por el pecado, el plan de Dios para su rescate, la redención, la restauración, y la perfección del Reino de Dios en la tierra es el hilo conductor que une todo el relato bíblico desde Gen 1.1 hasta Apo 22:21) y que le da coherencia, continuidad y sentido a todo el relato bíblico y a la historia.


Definición.
Es el “lugar” a donde todo creyente debe entrar (Jn 3:5), no en la vida eterna, sino en la vida terrenal (Mat 6:10, Mat 6:33).
Es el gobierno de Dios cuyo resultado es justicia, paz y gozo, individual, personal y social (Rom 14:17), que resulta de establecer relaciones justas con Dios, consigo mismo, con los demás y con la creación (Mat 22:36-40, Col 3:22-24).
Es al mismo tiempo radical y conservador. Radical: nada ni nadie está más allá de sus demandas. Conservador: reúne todas las cosas que son buenas y las lleva a su fin, limpia lo malo y va más allá de todo cuanto se pueda pensar o imaginar.
Rechaza la limitación del Evangelio a solamente el individuo: incluye y abarca a las instituciones sociales (Col 1:20, Rom 11:36, Jn 3:16-18, Mar 10:42.45). Las personas las crean pero ellas también moldean a las personas. El alcance del pecado, y por ende, el del Evangelio, incluye tanto lo personal como lo social (Gen 3:6-19). Evadir que el Evangelio debe impactar las instituciones y los sistemas sociales es dejar el orden social en manos del malvado (Prov 29:2, Prov 11:10-11).El Evangelio (las buenas noticias del Reino) es un mensaje no solo de salvación personal sino también el de un mundo transformado hasta en sus estructuras más básicas (Mat 5:13-16, Mat 13.33, Hch 17.6, Col 1:20, Rom 8:19-21).
Necesitamos, como Iglesia, trabajar por la redención de las personas, sus sistemas sociales (Mat 6:33) y el medio que sustenta sus vidas.


El Reino de Dios en la Biblia.

Desde la caída, cuando el ser humano se alienó de Dios, de sí mismo, de los demás y de la tierra misma, Dios no ha dejado de trabajar para volver todas las cosas al orden original: las personas: restaurarlos a la posición de hijos de Dios; los sistemas sociales: restaurarlos para que estén fundamentados en relaciones justas y pacíficas (los profetas en el Antiguo Testamento, Isa 61.1-10); la creación entera: restaurar la relación de las personas con ella para establecer entre ambos unas relaciones y mayordomía productiva (Rom 8:19.21, 1 Ped 4:10, Mat 25:14-30).

El Antiguo Testamento. La escogencia de Israel como pueblo de Dios, bajo un gobierno teocrático, fue para mostrar al mundo el modelo de Dios para la restauración de las naciones (Sal 33:12, Exo 20.1-44).
Su constitución (Exo 20:1-17), sus leyes (Exo 21:1-23:13, Lev 18 al 20, 25 y 26, Deut 19:20-21, etc.).
Las bendiciones de la obediencia (Deut 28.1-14) y las maldiciones de la desobediencia (Deut 28:15-68).
El modelo de gobierno y la impartición de la justicia (Exo 18:1-27).
Programas de reducción de la pobreza y cuidado del medio ambiente (Exo 23:11, Lev 25:4, Lev 25:20-22, Deut 15:9, Lev 25:1-55, etc.).

Jesús.
Luc 19.10: vino a rescatar todo lo que se había perdido.
Col 2:15: despojó al diablo y a sus huestes de los derechos adquiridos en la caída.
Col 1:19-20: es el punto de partida (visible) de la restauración de todas las cosas con Cristo como su cabeza (Efe 1:10).
El Evangelio es, entre otras cosas, la noticia de que los modelos distorsionados de relaciones (económicas, sociales, religiosas, de poder, etc.) han sido rotos; la recepción del Evangelio es abrazar y aceptar modelos de relaciones sociales transformadas radicalmente.

El final del relato bíblico, en cierto sentido, es el fin de la historia en la versión que conocemos ahora.
Jesús vendrá nuevamente en poder y gloria (Apo 19.11-20:6). Establecerá un Reino de mil años (Isa 1.1-16). El lo dirigirá personalmente (Apo 19:15). Será un reino de justicia, paz y gozo (Rom 14:17, Isa 61.1-66:24)
Se realiza el juicio final, el único trascendental y verdadero juicio que concluye con la destrucción eterna del malvado, sus ejércitos y de todos aquellos cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida (Apo 20:9-15). Y junto con ellos, el final de toda injusticia individual y social.
Terminan los cielos y la tierra como los conocemos ahora (Apo 21:1-2) Desde el cielo descienden en la forma de la Nueva Jerusalén, un nuevo cielo y una nueva tierra. Una vez más, la morada de Dios es con los seres humanos (Apo 21:3). Como ya no hay más injusticia, tampoco habrá llantos, muerte, lágrimas, dolor, hambre, sequías, etc. (Apo 7.18, 21:4). Todo es renovado: la gente, la ciudad, los sistemas sociales, la creación (Apo 21:5).
Ya no hay iglesia porque ya no hay necesidad de ella: Dios y el Cordero viven entre las personas. Se ha completado la misión de la Iglesia como la fuerza que construye el Reino (Apo 21:22).
El Reino de Dios es el UNICO reino al final de los tiempos. Todas las naciones caminan a la luz de la gloria de Dios (Apo 21:22-24)- El honor y la gloria de las naciones, todas sus contribuciones artísticas, culturales, políticas, científicas y espirituales (transformadas y sin constituir una tentación que alejen de la gloria de Dios) son traídas a la ciudad (Apo 21:24, 26).
La Nueva Jerusalén es una ciudad de vida (Apo 22:1-3). La tierra misma es redimida y produce de nuevo los frutos y la sanidad que los humanos y las naciones necesitan (Apo 22:1-3). Nuestra verdadera vocación está una vez más al alcance nuestro, ya que “sus siervos lo adorarán” (Apo 22:3).

El Reino hoy: una realidad en construcción.
Su total implementación y perfección se lograrán hasta la segunda venida de Cristo (nosotros no somos los autores del Reino, solo los co-laboradores y sus embajadores, 2 Cor 5:18-20, 1 Cor 3:9, 2 Cor 6:1).
La Iglesia y los creyentes. Las señales del Reino: construirlo en nosotros y en nuestras relaciones (Mat 6:33, Mat 22:36-40)
• Con Dios.
• Con nosotros mismos.
• Con nuestras familias, con los otros (personas, organizaciones y comunidades).
• Con toda la Creación (trabajo, Col 3:22-24).




EL REINO DE DIOS. UN RESUMEN DE LA VISIÓN BÍBLICA E HISTÓRICA.



El reinado eterno y soberano de Dios
Dios ha reinado soberanamente como Rey del universo todo el tiempo y continuará reinando eternamente (Exo 15:18; Sal 96:10; 99:1; 146:10; Prov 8:15; 9:6-7; Isa 24:21, 23; 40:12-17; Jn 19:11; Hch 4:27-28; 17:30; 1 Cor 15:25; Col 1:16-19; Heb 1:13-14; Apo 1:5; 11:15; 17-18; 15:3-4; 19:6; 22:3-5).



Definición del Reino
El término Reino de Dios tiene varias aplicaciones y puede denotar (Gal 5:21-25; Efe 1:20-23; 2:4-9; Fil 2:9-11; 1 Jn 2:8, 15-17; 3:8; 4:4; 5:4-5; Apo 1:5; 5:8-13; 19:11-16; 20-21; 22:3-5):
• El reinado providencial de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.
• El reinado universal de Cristo sobre todas las cosas, tanto redimidas como no redimidas.
• El reinado especial y salvador de Cristo sobre la Iglesia.
• La vida, sabiduría, santidad, poder y autoridad que Cristo le otorga a Su Iglesia.
• La influencia penetrante de la Palabra y el Espíritu en el mundo.



El propósito y la caída del hombre.
Gen 1:27-30; Deut 4:5-8; Sal 8:4-8; Rom 1:18-25; 2:6-12; Fil 2:9-11; Heb 1:13-14; 2:6-8; Apo 1:5.
Dios se propuso desde el principio compartir Su gobierno sobre la tierra con el ser humano.
Dios creó al ser humano a Su propia imagen y le dotó de facultades para gobernar la tierra.
Dios, en su Mandato de Creación, comisionó al ser humano a gobernar la tierra y le concedió autoridad delegada para llevar a cabo esta comisión.
El ser humano, por designio de Dios, fue hecho para ser el ser creado más grande en el universo debido a que es la única criatura que porta la imagen de Dios.
La caída del ser humano en el pecado no erradica la imagen de Dios en él.
La caída no elimina o disminuye la responsabilidad o mandato dado al ser humano de ejercer dominio bajo Dios sobre la tierra.
La humanidad, los justos o los malos, no dejan jamás de ser responsable de vivir bajo el gobierno de Dios en obediencia agradecida a Él como Señor y Rey en todas las áreas de la vida.



La inauguración del Reino
Isa 9:6-7; 52:13-15; 53:1-12; Jer 31:31-34; Dan 2:32-35; 43-44; Miq 5:2; Zac 9:9; Mat 2:2-6; 3:1-3; 4:17, 23; 6:9-10; 10:7; 12:28; 16:18-19; 21:4-5; 22:42-45; 28:18; Mar 1:14-15; Luc 8:1; 23:3; Jn 18:36-37; Rom 16:20; Efe 1:19-23; 2:6; Heb 1:3; 8:10-13; Apo 1:5.
La fase Nuevo Testamentaria del Reino de Dios fue inaugurada, de hecho y en la historia, en la primera venida de Jesús a la tierra.
Ahora opera en realidad y poder entre los hombres en esta era presente.
La Iglesia no debe esperar la segunda venida de Cristo para ver el Reino de Dios inaugurado en la tierra en la realidad de espacio-tiempo y en poder.



La consumación del Reino
Isa 2:2-4; 9:6-7; Dan 2:32-35; Mat 24:14; 25:24-31; Luc 22:29-30; 1 Cor 2:9; 15:23-28, 51-55; Rom 8:21-25.
El Reino de Dios irá en aumento hasta que sea consumado cuando Jesús lo entregue al Padre.
En el tiempo actual, este Reino ya está presente aunque aún no ha sido consumado.
El Reino de Dios no será consumado o realizado de manera total, absoluta o de manera perfecta sobre la tierra antes del regreso de Jesús.



El Reino toca todas las esferas de la vida
Isa 2:2-4; Dan 2:32-35; Sal 2:1-10; 96:1, 7, 9-13; Jn 1:1-4; Hch 4:10-12; 17:30; Rom 1:19-20; 2:6-10; 1 Cor 10:31; Fil 2:9-11; Col 3:17, 22-24.
La Biblia revela las intenciones de Dios de que haya crecimiento de Su Reino en todas las naciones de la tierra durante esta era presente por medio de la proclamación y la aplicación obediente de Su voluntad revelada en la Escritura.
Su intención incluye la manifestación creciente de Su gobierno sobre los individuos, las asociaciones voluntarias, las familias, la iglesia, el estado y todas las esferas de la actividad humana, siendo algunas de ellas la ley, el gobierno, la economía, los negocios, las ocupaciones, la educación, el deporte, la medicina, la ciencia, la tecnología, las artes y los medios de comunicación.
El gobierno de Dios no está limitado únicamente a la transformación de las vidas privadas de individuos para ser conformados a Su voluntad.



El dominio restaurado del hombre sobre la tierra
Gen 1:26-28; 2:19-20; 3:15; Sal 2:6-8; 8:6; 72:1-2, 8; 110:1-2; 132:11; Isa 9:6-; 11:1; 16:5; 42:1; 45:23; Jer 23:5; 27:5-6; 33:14-17; Dan 7:13-14, 18, 22, 27; Zac 9:9-10; Mat 16:18-19; 28:18-20; Luc 1:31-33; 9:1-2; 10:18-19; Jn 5:27; 12:31; Hch 1:6-8; 2:32-35; 4:25-26; 5:31; 7:55-56; Rom 5:14-15, 17; 6:9-11; 8:16-22; 16:20; 1 Cor 15:20-28; Gal 4:4-7; Efe 1:17-23; 2:5-6; Fil 2:9-11; Col 1:13-20; Heb 1:2-4, 8, 13; 2:5-9, 14; 10:12-13; 1 Ped 3:22; 4:11; Jud 1:25; Apo. 1:5-6; 5:9-10; 11:15; 12:5; 19:15-16; 20:6.
Solamente Cristo, como representante de toda la humanidad y el postrer Adán, por Su vida, muerte, resurrección y ascensión al trono a la diestra de Dios, realizó y llevó a cabo la redención, la derrota de Satanás, y el comienzo de la restauración del dominio piadoso del ser humano sobre la tierra como el vice-regente de Dios.
La restauración del dominio del ser humano no se halla fuera del ámbito de la obra redentora de Cristo como mediador en la Cruz. La restauración de ese mandato no está sujeta a que se de la presencia física del Cristo retornado para su inauguración y expansión.



La derrota de satanás y el reinado de Cristo
Sal 2:1-6, 110:1-2; Mat 4:10; 10:1; 12:24-24; 16:18-19; Luc 10:17-19; Jn 12:31; 14:30; 16:11; Hch 2:34; 4:25-26; 13:9-11; Rom 16:20; 1 Cor 15:24-26; 2 Cor 10:3-5; Efe 6:11-13; Fil 2:9-11; Col 1:13; Heb 1:13; 1 Jn 4:4; 5:4-5; Apo 19:15, 19-21; 20:1-3, 10.
Jesucristo gobierna de manera soberana sobre los reyes de la tierra no solo como Dios eterno sino también como el único mediador entre Dios y los hombres.
Derrotó a Satanás legalmente, por Su vida victoriosa, su muerte, resurrección y ascensión.
El diablo no es el gobernador de este mundo en ningún sentido de tal modo que no puede minar de ninguna manera el reconocimiento del reinado legítimo de Cristo sobre la tierra durante esta era presente.



Toda la autoridad le ha sido dada a Cristo
Sal 2:1-6; Isa 9:6-7; Dan 2:32-35; Mat 28:18-20; Hch 4:10-12; 4:25-26; 17:30; 1 Cor 15:25-28; Efe 1:19-22; 2:6; Fil 2:9-11; Heb 1:2-5; Apo 1:5; 5:5-12; 19:11-21.
A Jesús, el Hijo del Hombre, el Hijo de David y el Hijo de Dios, le fue dada toda la autoridad en el cielo y en la tierra por parte de Dios el Padre.
Después de Su ascensión se sentó en el trono a la diestra de Dios.
Desde esta posición de absoluta autoridad en el universo está poniendo todas las cosas en sumisión bajo Sus pies, ejerciendo Su autoridad de manera cada vez más amplia y plena en la tierra a medida que el evangelio se propaga y las personas se convierten a Él.
Su ejercicio de esa autoridad se hará más plenamente manifiesta después de Su segunda venida.
A Cristo no se le va a dar jamás más poder y autoridad sobre la tierra de las que recibió en Su primera venida. Ya recibió absolutamente toda.



Toda rodilla se doblará ante Cristo
Sal 2:1-6; Dan 2:32-35; Mat 4:17, 23; 28:18-20; Hch 4:10-12; 17:30; Rom 3:23-24; 5:8; 8:1-4; Fil 2:9-11; Apo 1:5.
Ahora, aún antes de la segunda venida de Cristo, toda rodilla en toda nación sobre la tierra debiese doblegarse y toda lengua confesar que Jesucristo es Señor de este universo y el Gobernante legítimo de todas las vidas.
Solamente aquellos quienes, confiando solo en Su gracia para el perdón de los pecados, se arrepienten de su rebelión pecaminosa y se someten a Cristo como Señor son justificados y declarados aceptos ante el tribunal del juicio de Dios.
Ningún judío o gentil, creyente o no creyente, ya sea persona privada u oficial público, está exento de la obligación moral y judicial delante de Dios de someterse al señorío de Cristo sobre todos los aspectos de esta vida en pensamiento, palabra y acción.



La sumisión al señorío de Cristo es esencial para la salvación
Mat 4:17-23; 7:21-27; Jn 14:21, 23; 15:5-6, 10; Rom 6:1-2, 12-14; 8:13-14; Gal 6:7-8; Efe 4:20-24; 5:3-6; Col 3:1-7; Heb 10:26-29; Sant 1:22; 2:17-26; 3:11-17; 2 Ped 2:20-22; 1 Jn 2:3-4, 9-11; 2:3-4; 3:10, 17-18.
Debido a que el Rey demanda obediencia de parte de Sus súbditos e hijos: el arrepentimiento es necesario para la ciudadanía en el Reino de Dios. El arrepentimiento genuino se evidencia por la decisión deliberada y continua de someterse obedientemente al señorío de Cristo.
Nadie puede afirmar legítimamente que Cristo es su Salvador si no se somete a Él como Señor.
Cristo no va a salvar a alguien que rehúse someterse en obediencia agradecida a Él como Señor y Rey.
Ello no implica, de ninguna manera, la idea de salvación por medio de las obras; más bien es el resultado verdadero de la fe por medio de la gracia.
Tampoco implica que los cristianos lleguen a ser impecables o a sobrepasar la necesidad de arrepentimiento en esta vida.



La Iglesia y el Reino
Sal 110:1-3; 118:22-23; Isa 28:16; 45:23; 60:3,11-15; 61:3-6; Dan 7:14, 18, 22, 27; Mat 16:18-19; 18:18-20; 21:41-44; 28:18-20; Luc 9:2; Jn 17:18-22; Hch 1:6-8; 20:25-28; 28:28; Rom 8:16-19; 1 Cor 6:2; Efe 1:18-23; Fil 2:9-11; Col 1:13-18; Heb 2:6-9; 8:8-13; 12:22-24; 12:28; 1 Ped 2:6-9; Apo 1:6; 2:26; 5:9-10; 20:6; 21:2-7, 23-27.
La Iglesia, que es el Cuerpo y la Novia de Cristo, consiste de los redimidos y se manifiesta en la comunidad de los creyentes.
La autoridad del Reino de Cristo no se limita a Su Iglesia sino que se extiende sobre todas las áreas de la vida.
La Iglesia es el punto focal de la obra del Reino de Cristo aquí en la tierra.
La Iglesia es el instrumento principal de Dios para la propagación del evangelio y la extensión del Reino de Cristo.



La Gran Comisión
Mat 4:17-23; 10:1, 7-8; 28:18-20; Hch 1:8; Rom 6:12-16; Gal 3:1-5, 23-28; Luc 4:17-20.
La Iglesia tiene la absoluta responsabilidad de obedecer la Gran Comisión.
La tarea de la Iglesia es:
UNO Anunciar a Cristo como Rey sobre toda la tierra y Juez de toda la humanidad, quien ahora manda a todos los hombres en todo lugar que se arrepientan.
DOS Proclamar las buenas nuevas de la salvación por gracia por medio de la fe en la sangre expiatoria de Cristo;
TRES. Hacer discípulos a todas las naciones, bautizándoles en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a obedecer todos los mandamientos de Dios en la Biblia y que se apliquen hoy a nosotros.
La Iglesia no puede hacer caso omiso de la Gran Comisión y aún así caminar en obediencia piadosa.
La Gran Comisión no está restringida únicamente a la proclamación de las buenas nuevas de salvación sin la compañía del llamado al arrepentimiento y a la obediencia fiel.
La liberación de la condenación de la Ley moral que los creyentes disfrutan no les exime de la obligación de obedecerla.
La obediencia a la Ley no es un medio de salvación.



El Padre Nuestro
Gen 1:27-29; Mat 6:9-15; 24:36; 28:18-20; Luc 11:1-4; Hch 1:7.
La intención de la Gran Comisión es esencialmente la misma intención de las peticiones segunda y tercera de la Oración del Señor (el Padrenuestro) y el Mandato de Creación, a saber, que la voluntad del Padre sea hecha en la tierra como se hace en el cielo.
Estas instrucciones de parte de Dios llaman a los creyentes a participar, tanto por medio de la oración como de la acción, en la expansión de Su Reino sobre la tierra como sucede en el cielo en cualquier medida que sea posible antes de la segunda venida de Cristo.
Nadie puede orar la Oración del Señor con sinceridad y entendimiento sin desear que más individuos, grupos privados y estados civiles crezcan en obediencia a la voluntad de Dios el Padre.
Los cristianos no necesitan estar de acuerdo de antemano en qué medida el Reino de Cristo estará en operación sobre la tierra previo a Su segunda venida antes que puedan trabajar juntos de manera humilde y productiva.



El Reino y el Espíritu Santo
Sal 104:29-30; Isa 30:1; 59:19-21; 61:1-3; Eze 36:25-27; Joel 2:28-29; Zac 4:6; Mat 3:11; 12:28; 28:19; Luc 11:13; 12:12; Jn 3:5-6; 6:63; 14:26; 15:26; 16:31; Hch 1:5, 8; 2:4, 16-18; 2:33; 4:31; 9:31; Rom 8:4-17, 26-27; 14:17; 1 Cor 2:4, 14; 3:16; 6:9-11; 12:4-13; 2 Cor 1:22; 3:3-11, 17-18; 10:3-5; Gal 3:3; 5:16-25; Efe 1:13; 4:30; 6:12-18; Fil 3:3; 1 Tes 1:5; Tito 3:5; Heb 2:4; 2 Ped 1:21; 1 Jn 3:24; Judas 1:19.
El Reino de Dios, a pesar de estar garantizado en las promesas del Padre y hallarse encarnado en la persona de Cristo, nunca puede entrar o alcanzar una realización plena en la estructura de la vida humana aparte de la acción diligente del Espíritu Santo, quien es indispensable para:
• Asegurar la entrada del Reino.
• Sellar la membresía en el Reino.
• Implementar la obediencia del Reino.
• Edificar el carácter del Reino.
• Proveer los dones del Reino.
• Capacitar para la extensión del Reino.
• Producir el crecimiento del Reino, y
• Asegurar la victoria del Reino.
Ni la fuerza del carácter, el carisma personal, la administración habilidosa, la imaginación creativa, los talentos evidentes, el genio financiero, la acción política o la habilidad educativa pueden por sí mismas edificar o hacer avanzar el Reino de Dios.



La Iglesia: responsable de impulsar el Reino
Deut 4:5-8; Mat 10:1, 7-8; 16:18-19; 18:1-4; 21:25-28; 28:18-20; Hch 1:8; Jn 15:5-8; 17:13-21.
Dios tiene al Cuerpo de Cristo como responsable de hacer avanzar Su Reino en la tierra, en cualquier medida en que Dios lo haya ordenado, aplicando Sus principios Bíblicos por medio del servicio en todas las esferas de la actividad humana en todas las naciones, previo al retorno glorioso de nuestro Señor.
Ninguna creencia con respecto a la fecha de la segunda venida de Cristo, la secuencia de eventos que le siguen, y la posible extensión del crecimiento del Reino previo al retorno de Cristo exime a nadie de tal responsabilidad.
Buscar aplicar los principios bíblicos a la mayordomía de toda la creación terrenal no le resta méritos a la esperanza celestial del creyente.
Uno no puede conducirse apropiadamente sin una actitud de siervo humilde.



El Reino de Dios y el Cielo
Sal 27:4; Mat 6:19-21, 33; Luc 12:31-34; 20:25; Rom 8:18-25; 13:1-7; 1 Cor 13:12; 2 Cor 4:16-18; 5:1-9; Efe 2:6-7; Fil 3:20-21; 1 Tes 4:13-18; 1 Tim 4:8; 6:13-19; Tito 2:11-13; Heb 12:22-23, 28; 13:14; 1 Ped 2:11-17; 2 Ped 3:13-15; 1 Jn 3:2-3; Apo 21:1-5; 21:10-27; 22:1-5.
Nuestra ciudadanía principal está en el cielo, aunque también somos ciudadanos de las naciones terrenales.
El cielo es nuestro verdadero hogar y nuestro tesoro.
La Biblia nos enseña a tener una mentalidad celestial y solamente los hombres y las mujeres con mentalidad celestial son útiles para Dios en la tierra.
Estamos sentados en los lugares celestiales para gobernar en Cristo y con Él.
El cielo es el modelo, patrón o diseño, para la tierra.
Hemos de vivir con gran expectación por estar con el Señor en el cielo y de la segunda venida de Cristo en gloria, cuando el cielo baje a la tierra en plenitud.
Nuestra ciudadanía celestial no reduce de ninguna manera nuestras responsabilidades en la sociedad.
Nuestra expectativa del cielo y de la venida de Cristo no nos permite descuidar nuestras responsabilidades en este mundo.



La Biblia es la plomada para todas las naciones
Sal 1:1-3; 2:1-6; 99:1; 96:9-10; 148:7-12; Isa 9:6-7; Abd 15; Jon 3:2-6; Miq 1:2; Nah 1:13; Mat 2:1-2; 5:18-19; 28:18-20; Hch 1:8; 17:30; Fil 2:9-11; Apo 1:5.
La tarea del Reino de hacer discípulos de todas las naciones requiere de nosotros que expongamos la Biblia como el estándar de Dios y como la plomada por la cual medir la justicia, la moralidad y la práctica de todos los esfuerzos humanos en todas las jurisdicciones, el individuo, la
asociación voluntaria, la familia, la iglesia y el gobierno civil.
La Biblia y su visión de la realidad no obligan únicamente a aquellos que voluntariamente las afirman como propias, obliga a todos, aún a aquellos que las rechazan. No son irrelevantes para nadie.
La falta de disposición no libera a alguien de la responsabilidad de creer y obedecer la Biblia.



Causa y efecto de los principios bíblicos
Num 21:5-8; Deut 4:2-9; 6:10-19; 28:1-20; Jos 1:8; Jue. 2:1-12, 14-17; Neh 9:26-30; Sal 106:10-15; Prov 1:5-9, 16-19; 3:13-18; 4:4; 11:9-11; Jer 7:5-15, 23; Mat 5:18-19; 10:32-33; Rom 2:6-11; 2 Cor 9:6; Gal 6:7-8; 2 Tim 3:8-9.
Cuando las personas –como individuos o sociedades, cristianos o no cristianos– siguen en lo general, consciente o inconscientemente, los mandamientos morales, económicos y prácticos de la
Biblia, tienden a cosechar como resultado las bendiciones terrenales.
Cuando las personas generalmente dejan de seguir los mandamientos morales, económicos y prácticos de la Biblia tienden a cosechar como resultado los juicios terrenales.
Dios no le permita por siempre a las personas sembrar vientos sin cosechar tempestades. Tarde o temprano va a cosechar sus consecuencias. Dios es grande en misericordia y lento para la ira, pero ello no quiere decir que la ira de Dios no se pueda manifestar en algún momento.
La obediencia no le garantiza al creyente cualquier cosa que le solicite a Dios. Dios no está obligado por nuestra obediencia, sino por Su voluntad.



El sufrimiento como parte de la vida del Reino
Mat 5:10-12; 10:16-25; 16:21-25; Luc 9:23-24; Jn 21:18-19; Hch 7:52-58; 16:25; 8:1; 2 Cor 12:10; Gal 5:11; 2 Tim 3:11-12.
El sufrimiento y la persecución son parte normal, aunque no permanentes ni necesariamente constantes, de la vida cristiana por las que el creyente participa con Cristo en Sus sufrimientos, en un servicio desinteresado por el avance del Reino.
El sufrimiento no siempre es una señal del juicio o desagrado de Dios por el pecado.
El sufrimiento no le añade nada a la obra de Cristo en la redención.



Continuidad entre los dos Testamentos
Hay continuidad entre los principios personales y sociales del Antiguo y del Nuevo Testamento.
Los principios morales del Nuevo Testamento no son diferentes de los principios morales del Antiguo Testamento, sean individuales o sociales, en todo caso, son más desarrollados, o más amplios.
Gen. 15:5-11 (Rom 4:3); Exo 11:3-8 (Jn 1:29; Luc 22:14-20; Apo. 5:4-10); Sal. 2:1-6 (Hch 4:25-26); 110:1 (Hch 2:34-35); 118:22; Dan. 2:32-35 (Mat 21:4, 2; Hch 2:11; 1 Ped 2:7); Isa 6:1-4 (Apo 4:2-8); Jer 31:31-34 (Heb 8:8-10); Joel 2:28-32 (Hch 2:17-18), Mat 5:18-19; Luc 16:17; Heb 1:1-2; 12:26-28.



El Reino en el Antiguo Testamento
El Reino Antiguo Testamentario de Israel fue producido y moldeado por los actos de Dios en la historia.
Este Reino había de basarse en los principios y leyes dados por Dios, pero el pueblo se quedó muy corto del Reino ideal y justo que esas leyes prescribían.
El desarrollo del Reino Davídico fue la manera de Dios de preparar a Su pueblo para el Reino Mesiánico venidero.
El Reino Antiguo Testamentario de Israel no debe entenderse únicamente por medio de principios naturalistas y nacionalistas sin relación alguna con los principios y leyes eternas.
Nadie puede entender o anticipar adecuadamente el Reino Mesiánico aparte de la historia del Antiguo Testamento y el Reino Davídico.
Deut 4:5-9; 1 Sam 8:3-7; 1 Cro 29:11; Sal 2:1-12 (Hch 4:25); 6:8 (Mat 7:23); 16:8-11 (Hch 2:25); 110:1-4 (Hch 2:35); Dan 2:32-35, 44; Miq 2:12-13; 4:1-4; 5:2-5, 15; 7:14-17; Hab 2:14; Sof 3:8-20; Hag 2:6-9, 21-23; Zac 2:10-13; 3:8-9; 9:9; 14:6-11; Mal 3:1-3; 4:1-6; Jer 31:31; Isa 40:3 (Mat 3:3); Mat 5:19; 6:10; Hch 1:6; Rom 9:25-29; 10:19-21; Col 1:12-20.



La Iglesia y el Estado
Deut 4:5-8; Sal 2:1-12; 96:9-13; 110:1-4; Dan 2:32-35; Mat 22:17-21; Jn 18:36-37; Rom 13:1-7; Heb 5:5-10; Apo 1:5.
La relación bíblicamente apropiada entre el gobierno civil y el gobierno eclesiástico en cualquier nación consiste en que cada uno conduzca libremente sus asuntos en obediencia a las leyes de Dios en la creación y en la Biblia, sin usurpar las jurisdicciones legítimas del otro.
El gobierno civil ha de hacer respetar, sobre todas las gentes, las leyes de justicia civil reveladas en la creación y repetidas en la Escritura, con la espada física, mientras que el gobierno eclesiástico ha de hacer respetar en la iglesia las leyes de redención de la moralidad personal y social reveladas en la Escritura, con la espada espiritual.
El estado debe sostener una libertad religiosa para sus ciudadanos sin intentar definir la doctrina religiosa correcta, aunque tampoco debe ser neutral, en cuanto a creencias. Fue establecido por Dios para aplicar los principios de la justicia divina en el ámbito civil.
La libertad religiosa no le otorga a nadie el derecho de perjudicar físicamente a otros en sus personas, libertad o propiedad.
La iglesia no debe gobernar sobre el estado ni el estado debe regir sobre la iglesia, lo que no implica que la iglesia esté por encima de la ley civil.
La separación entre la iglesia y el estado es una separación de jurisdicciones, pero no de creencias, ya que no es posible separar la motivación religiosa de la actividad en cualquier esfera. Ninguna actividad es religiosamente neutral. Aún el ateísmo, con su oposición a la religión, es en sí misma una posición religiosa (la religión de la no religión).
La iglesia no puede usar apropiadamente la coerción de la espada física. No es su responsabilidad asignada por Dios.



El Reino trasciende todas las entidades nacionales
Luc 13:27-30; Jn 12:32; Rom 4:9-13; Gal. 3:7-9, 26-29; Efe 2:11-22; Apo 5:9-13; 21:24.
El Reino de Dios trasciende todas las fronteras nacionales, políticas y étnicas, uniendo a todos los creyentes en su Rey, Jesucristo.
El Reino de Dios no puede ser identificado o igualado con alguna entidad geográfica, nacional, política o étnica. Es muchísimo más amplio que cualquiera de ellos, y supera por mucho sus límites.



La doctrina histórica del cristianismo respalda estas afirmaciones
El Reino de Dios es una enseñanza fundamental del Nuevo Testamento y no puede ser descuidada sin pérdida para la Iglesia y de la influencia de la Iglesia sobre la sociedad.
Todos los puntos considerados anteriormente en relación con el Reino de Dios son consistentes con la corriente dominante del cristianismo histórico ortodoxo (las doctrinas aceptadas desde la Iglesia del libro de los Hechos).
El cristianismo ortodoxo no ha adoptado una posición universalmente aceptada con respecto a la escatología y el cumplimiento del Reino de Dios (premilenialismo, amilenialismo, postmilenialismo), y, consecuentemente, ninguna de esas posiciones debería convertirse en una prueba de ortodoxia. Es más, la ortodoxia es anterior a esos asuntos.
El entendimiento de los asuntos mileniales deben fluir del entendimiento del Reino de Dios en lugar de ser a la inversa.
Es más importante para la Iglesia, estratégicamente hablando, involucrarse en la edificación del Reino de Dios en la tierra que resolver sus desacuerdos con respecto al milenio.


BIBLIOGRAFÍA.

“La Fe Cristiana frente a los desafíos contemporáneos”.
John R. W. Stott.
Libros Desafío. CRC Publications. Primera reimpresión, 1999.

“La Iglesia con enfoque en el Reino”.
Gene Mims.
Broadman & Holman Publishers. 2004.

“Caminar con los Pobres”.
Bryant L. Myers.
Ediciones Kairos, 2002.








18 Abr 2009
Referencia: Tema No. 08.