Estudio Bíblico

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Ministerio Reyes y Sacerdotes - Guatemala

La fe del discípulo (artìculo).



LA CONFIANZA (Mat 7:9).
La confianza es el resultado de la relación, es credibilidad ganada en el conocimiento y la intimidad mutuas. Por lo tanto, no puede haber una verdadera confianza en Dios de parte del discípulo sin antes éste haber adquirido una completa identidad en Cristo.

La identidad de hijo o hija de Dios. ç
Para ello es importante evolucionar de la mentalidad de jornalero (siervo) y de pueblo a la de hijo y familia de Dios. La confianza del siervo y la confianza del pueblo está establecida sobre los méritos propios en tanto que la confianza del hijo está establecida sobre la base de la posición que ocupa en la familia.
Para entender nuestra identidad en Cristo como hijos necesitamos conocer a Dios como Padre. Por ello Pablo, en su carta a los Efesios, que ya eran creyentes, les dice en Efe 1.17-19, que él ora constantemente por ellos (y eso nos incluye a nosotros) para que Dios nos dé espíritu de sabiduría y revelación en el conocimiento de El, para que sepamos:
Primero: quienes somos verdaderamente (hijos, Jn 1:12; herederos de su naturaleza divina, 2 Ped 1:4; simiente de El, 1 Ped 1:23).
Segundo: cuál es la esperanza a que El nos ha llamado (propósito, visión, destino, Efe 2.10, Jer 29.11).
Tercero: cuales son las riquezas de Su herencia que ya poseemos junto con todos los demás creyentes (potencial, habilidades, capacidades, dones, cosas).
Cuarto: cuál es el poder que opera en nosotros (el poder que resucitó a Cristo de entre los muertos), que hace posible que desarrollemos el potencial para cumplir nuestro propósito como hijos e hijas de Dios.



EL MANEJO DE LA PREOCUPACIÓN (MAT 6:25-32).
En este pasaje queda claramente de manifiesto que el manejo del afán, la preocupación, la ansiedad, en todas las cosas, no solo en lo referente a las necesidades y a las cosas materiales, depende fundamentalmente de que entendamos y vivamos en nuestra identidad de hijos.
No hay oración ni fórmula mágica que pueda resolver el problema del afán y la preocupación, que solo puede ser resuelto por el entendimiento de nuestra identidad como hijos de El.
Para ello es imprescindible que le creamos a Dios (Mar 11:22) mediante el oír reiteradamente la Palabra de Dios (Rom 10:17) para que nuestros pensamientos sean transformados de manera tal que transformen nuestra manera de vivir (Rom 12:2) y así podamos vivir en Su buena voluntad, agradable y perfecta, como verdaderos hijos e hijas de Dios, no solo de palabra, sino en verdad, en plena certidumbre de fe.
Otro aspecto que hay que considerar en cuanto al manejo de la preocupación y/o afán es que lo que nos afana y preocupa es lo que tiene prioridad en nuestro corazón (Mat 6:21, Luc 12:34) y de la abundancia del corazón, habla la boca (o se manifiesta en nuestras actitudes, Mat 12:34, Luc 6:45). Si nuestro afán y preocupación son la comida, la bebida, el vestido, las cosas materiales que necesitamos para vivir, por nuestra calidad de hijos (identidad) podemos dejar fuera el afán y la preocupación porque esos asuntos básicos ya fueron resueltos por Dios como Padre. Si podemos descansar en El para esas cosas, nuestra identidad de hijos e hijas de Dios es un asunto resuelto. Si todavía nos afanan, necesitamos trabajar en nuestra identidad para vencerlas, porque cuando nuestras prioridades están en el orden adecuado (Mat 6:33, Mat 22:36-40), no hay afán ni preocupación.
Finalmente, otro aspecto que hay que considerar en relación con el afán y la ansiedad es que siempre van a estar latentes en mayor o menor grado en nuestras vidas, por lo que no podemos descuidarnos en cuanto a fortalecer nuestra identidad y combatirlos desde ella, porque si no podríamos terminar siendo absorbidos por ellos como Salomón, según lo que nos indica el libro de Eclesiastés (el libro del afán y la preocupación por las cosas naturales en lugar de las celestiales).




LA PRIORIDAD DE LA FE (Mat 6:33-34).
La vida del discípulo es una vida de fe de acuerdo a lo que nos enseña Rom 1.17 y otros pasajes paralelos: que el justo vivirá por la fe, para la cual la prioridad la tiene buscar el Reino de Dios y su justicia (Mat 6:33), es decir, buscar al Rey y Su voluntad para con nosotros.
Lo que agrada a Dios es la fe (Heb 11:6) y sin fe es imposible agradarle a El. Dios es un Dios de fe y como discípulos, necesitamos seguir sus huellas, vivir como El vive, ser como El es. Por lo tanto, un discípulo necesita tener fe, abundancia de fe, y ello solo puede venir a través del conocimiento, entendimiento, reflexión, meditación y obediencia a la Palabra de Dios (Rom 10.17). Por ello Jesús nos enseña en Jn 8:32-33, que el que permanece en Su Palabra será verdaderamente libre y será su discípulo.
Un valor adicional cuando tenemos fe es que (Mat 7:7-8) pedimos y se nos da, y como consecuencia de que recibimos lo que se nos da, entonces buscamos y llamamos para encontrar y entrar en lo que hemos recibido. La fe no se queda de brazos cruzados. La fe opera, actúa, planea, desarrolla, acciona, porque la fe sin obras es muerta (Sant 2.20, 2:26). Cuando por fe recibo lo que he pedido, entonces busco y toco para recibir en lo natural lo que por fe ya he recibido en lo espiritual.
En consecuencia, la fe no solo nos lleva a alcanzar aquellas cosas que conforme a la voluntad de Dios para con nosotros, hemos pedido y creído, sino que es el medio ambiente en el cual el discípulo ha de vivir sobre la tierra, buscando el Reino de Dios y su justicia, creciendo en todo en Aquel que es la cabeza, siendo perfeccionando de día en día, enfrentando toda circunstancia difícil en su vida sabiendo que Dios ya la ha convertido en una victoria que obrará para su bien, etc.



06 Mayo 2008
Referencia: Fe