Estudio Bíblico

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Ministerio Reyes y Sacerdotes - Guatemala

Familia.



COSMOVISIÓN CRISTIANA BÍBLICA (35).

LA FAMILIA.



La relación padres e hijos.

Los hijos son una bendición del Señor, de un valor más allá de lo que puede medir la capacidad humana, y deben ser bienvenidos con gozo al seno de la familia como dones preciosos que provienen de Él. Los hijos pertenecen únicamente a Dios, con los padres como sus mayordomos ordenados por Dios, que le da a los padres la responsabilidad principal y la autoridad para la educación y para el bienestar físico, social, emocional y espiritual de los hijos (Gen 33:5; Sal 78:1-8; 127:3-5; Prov 17:6; 1 Tim 2:15; Efe 6:1-4; Deut 4:9; 6:1-9).
Los padres deben reflejar la rectitud, justicia, misericordia y amor de Dios en la disciplina, entrenamiento y cuidado de los hijos menores (Prov 22:6; 29:15; 1 Sam 3:13; Sal 78:1-8; 2 Tim 1:5; 3:15; 2 Cor 12:14; Efe 6:1-4).
Dios manda a todos los hijos a honrar a sus padres, y a los hijos menores manda obedecerles en el Señor. La Escritura les da a los padres el derecho y la responsabilidad de hacer cumplir la obediencia a través de la disciplina, incluyendo la disciplina corporal (Deut 5:16; 2 Sam 7:14, Prov 3:11-12; Prov 13:24; 22:15; 23:13; 29:15). La obediencia que se hace cumplir en amor no es dañina para el niño (Heb 12.5-11) y contribuye al entrenamiento en la obediencia piadosa que es el fundamento del autogobierno personal y de todos los gobiernos civiles de los hombres y las mujeres libres.

Los padres no deben adoptar el concepto de que la familia debe ser una democracia, como tampoco el espíritu secular anti-niños de la cultura que promueve:
El abuso, el descuido, la explotación, la ausencia o la inaccesibilidad paterna.
La falta de supervisión, la paternidad social en lugar de la crianza de la familia, la excesiva segregación por la edad y la influencia de los iguales sobre los niños.
El uso de las necesidades de los niños como peones políticos, la educación de los niños como experimento social y la usurpación gubernamental de las responsabilidades paternas.
Que los niños sean tratados como un mal que deba ser abortado o impedido, como una carga financiera que deba ser soportada o limitante, o como propiedad ya sea de los padres o del estado.

Es una aberración anti-bíblica, natural y social, que el gobierno civil se asigne a sí mismo el derecho de definir la disciplina corporal sabiamente administrada como “abuso infantil” y el que permita a los niños “divorciarse” de sus padres.
El estado no tiene ningún derecho de socavar o quitar la justa autoridad de los padres, ordenada bíblicamente, como tampoco puede reclamar o usurpar su papel como educadores, proveedores y protectores de los niños, salvo en aquellos casos en que los padres hayan sido convictos de abuso o abandono infantil.



Formando niños hacia la madurez.
La meta de la paternidad cristiana debe ser presentar a los hijos ante el Señor como adultos responsables y espiritualmente maduros para el momento que alcancen su plena madurez física (Luc 2:41-42).
La adolescencia no debe ni necesita ser artificialmente prolongada más allá de la plena madurez física; ni los adolescentes tienen el derecho de ser irresponsables y centrados en sí mismos; y sus mayores no deben esperar o permitir tal conducta de parte de ellos.



Relaciones familiares.
Los resultados tanto del pecado como de la impiedad afectan a las subsiguientes generaciones. Por ello, los padres cristianos deben esforzarse para darles a los hijos un fundamento más bíblico que el que ellos mismos tuvieron para que la Iglesia pueda crecer y no decaer (Deut 5:9-10, 16; Jer 35:18-19; Sal 78:1-8; 51:5; Lam 5:7; Exo 20:5; Hch 2:39, Isa 59:21). Los padres tienen un tremendo impacto sobre las vidas de sus hijos y de las generaciones subsiguientes.
La familia sujeta a Dios es un organismo que funciona unido hacia metas comunes, aún cuando Dios le da a los miembros de la familia diferentes roles y habilidades (1 Cor 12, por analogía). Aquellos en autoridad en las familias pueden, reconociendo las diferencias en roles, dones y habilidades, requerir ayuda de los talentos o de la sabiduría de aquellos puestos bajo su autoridad sin comprometer su propia autoridad (por ejemplo, un esposo puede diferir algunas veces con la sabiduría o juicio de su esposa sin comprometer su posición de liderazgo, igual que puede requerir ayuda de ella o de sus hijos sin que tampoco comprometa su posición de liderazgo). Entro ello, un padre puede aceptar la sugerencia sensible de un hijo sin comprometer la autoridad paterna. La familia no es una dictadura (1 Ped 5:2, por analogía) y ningún miembro de una familia debe manipular, aplastar o reprimir a otro miembro tratándolo como si no fuera una persona o ignorando sus necesidades y dones. Un esposo o esposa no debilitan su autoridad por diferir el juicio santificado de aquellos que se hallen bajo su propia autoridad (Prov 12:15), mientras buscan ponerse de acuerdo al respecto.
El concepto bíblico del amor (1 Cor 13.1-8) incluye la crianza, el sustento, el consuelo, el cuidado, el contacto físico y la expresión verbal del respeto interno como actos de amor entre los miembros de la familia. Por ello, los miembros de la familia deben y necesitan amarse, animarse, apoyarse,
protegerse, consolarse, respetarse, perdonarse y cuidarse cariñosamente unos de otros, tomando el tiempo para expresarse afecto y respeto los unos a los otros de manera física y verbal (1 Cor 13; Mar 10:14; Efe 6:4; Isa 40:11; Sal 27:11). Los miembros de la familia no deberían dar por sentado o privarse unos a otros del amor necesario.
Todos los miembros de la familia, como todos los otros seres humanos, son caídos e imperfectos y necesitados de perdón y redención por parte de Dios, y perdón por parte de los demás miembros de la familia. Los cristianos debiesen esforzarse por mostrarles la misma cortesía a los miembros de la familia que le muestran a aquellos fuera de la familia (Sant 2:8-9), manifestando amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y auto-control hacia ellos (Gal 5:22-23). Por ninguna razón, los miembros de la familia deberían comportarse de manera auto-justificante o negándose el perdón los unos a los otros. Un cristiano tiene la misma necesidad y responsabilidad de ejercer el autocontrol y la cortesía en el hogar como la que tiene en el mundo exterior (Gal 5:13-24; 1 Cor 13).
El principio gobernante de toda la interacción familiar debiese ser un amor justo y bíblico ejercido a través del poder del Espíritu Santo y entregado a pesar del desempeño, actitud o circunstancias. Este amor se expresa al poner las necesidades de los otros miembros de la familia antes que las propias (Jn 15:22; 13:35; 1 Cor 13; Col 3:14; Fil 2:1-4). Las actitudes egoístas de los miembros individuales de la familia, nunca son justas, además de que destruyen la unidad marital, perturban la unidad familiar, conducen al descuido de las necesidades de los cónyuges e hijos e interfieren con el ministerio a los otros.



Familias quebrantadas.
El Cuerpo de Cristo, en imitación a Dios, debe mostrar una gran compasión y apoyo a las familias quebrantadas con niños pequeños, sea que la ausencia de un padre sea debida a la muerte, al divorcio, la deserción, o por adopciones otorgadas a padres solteros (Isa 54:4-15). La gracia, la fortaleza, el perdón y el pastoreo de Dios están siempre disponibles para aquellos que le buscan de manera humilde y en espíritu de arrepentimiento (Ose; Prov 5:18; Efe 5:23-24, 32; Mar 10:2-12; Ecle 9:9; Rom 7:2; Mat 5:2; 19:1-12; Sant 4:1-3).
Las familias con uno solo de los padres (papá o mamá), aún cuando es posible que atraviesen muchas dificultades, no están inevitablemente condenadas al fracaso, y la familia de Dios debe redoblar sus esfuerzos para apoyarlas en salir adelante mediante un pastoreo y atención eficaces. No existe bíblicamente ninguna razón para rechazar a una familia de este tipo, aún cuando haya sido resultado de divorcio, excepto donde la disciplina de la Iglesia haya sido llevada a cabo de manera bíblica y que la persona no se haya arrepentido, y en este caso, la disciplina solo debe afectar al responsable, no así a sus hijos e hijas.



La adopción.
Adoptar un niño puede ser un llamado especial de Dios y puede ser una bendición para la familia y para el niño adoptado (Efe 2:10). Los cristianos que consideran la adopción deberían considerar y sopesar prioritariamente la adopción de los niños físicamente incapacitados o poco atractivos (1 Sam 16:7; Gal 2:6; Sant 2:1). En la consideración de todas las variables de la adopción debiera tener un peso muy importante la dirección del Señor así como el mejor interés del niño, no solamente los deseos, consideraciones y gustos de la pareja adoptante. La adopción no debería ser una respuesta automática a la infertilidad, al deseo de evitar el embarazo, o a cualquier otra razón centrada en los padres. En la adopción tampoco deberían ser considerados como motivos prioritarios, convencionalismos sociales y/o mentales que puedan hacen sentir a las parejas infértiles que son ciudadanos de segunda clase en lo terrenal y/o en el Reino de Dios (Gen 15:2; 16).



Los padres no casados y sus hijos.
Dios ha dado los hijos a sus propios padres (Sal 127:3-5). La Iglesia debe, por lo general, estimular a los padres a criar y educar a sus propios hijos; y en aquellos casos trágicos en los que una madre embarazada no casada haya decidido que no puede o no va a conservar y cuidar de su propio niño, la Iglesia puede recomendar, justa y sabiamente, que dé la custodia única al padre del niño si estuviese dispuesto o que dé el niño en adopción. La Iglesia no debería aconsejar automáticamente a los padres no casados a entregar sus hijos en adopción, sino que en primer lugar debería animarles a considerar como podrían cumplir su responsabilidad para su propia carne y sangre.



Los abuelos y los parientes ancianos o discapacitados.
La familia debe proveer cuidado amoroso emocional, espiritual y físico para sus miembros ancianos dependientes o incapacitados, y debe respetarlos reconociendo sus años de experiencia y potencial para enseñar sabiduría a aquellos que son más jóvenes (1 Tim 5:4-8; Mat 15:1-9).
Independientemente de su edad, Dios tiene un propósito para los abuelos y para los otros parientes ancianos de la familia (Gal 6:10); uno de ellos es que los abuelos son responsables de enseñar primero a sus hijos adultos cómo enseñar a sus nietos, y segundo, ayudar a garantizar que esto realmente ocurra (Sal 78:1-8, Deut 6:1-10). Otro propósito es compartir su conocimiento de la Palabra de Dios, su experiencia y su sabiduría con otros miembros más jóvenes de la sociedad (Sal 71:17-18, Sal 92:12-15, Tit 2:3-5)
La sociedad no debe abusar, ignorar, menospreciar y/o despreciar a sus miembros adultos, ancianos o discapacitados (1 Tim 5:1-3, Lev 19:32, Prov 16:31, Prov 20.29). Tampoco considerarlos como personas sin valor o mera carga, o apresurar sus muertes por medio de la “eutanasia” o cualquier otro medio (Exo 20:13, Deut 5:17).
Los parientes incapacitados debido a la edad o por cualquier otra incapacidad tienen el derecho de encontrar reposo y cuidado en los hogares de sus hijos u otros miembros cercanos de la familia de ser posible médica o físicamente. Los ancianos no deben ser vistos como una molestia ni ser rechazados para no habitar con sus hijos porque sean una carga o una inconveniencia (ver el libro de Ruth, en relación con Noemí).
Los cristianos debiesen proveer para sus parientes incapacitados (1 Tim 5:4, 8, 16), y para las personas ancianas en aflicción no necesariamente parientes (Sant 1:27).
La ancianidad no debe ser considerada como un tiempo para la búsqueda individual y egoísta de sus propios fines (Tit 2:2). Las personas mayores con cuerpos y mentes razonablemente sanas no deben esperar que otros les apoyen en un estilo de vida ocioso o egoísta (1 Tes 4:11, 2 Tes 3.10).



El aborto y el infanticidio, la eutanasia y la discriminación en el tratamiento médico
Toda la vida humana es santa y tiene un valor intrínseco dado por Dios, más allá de ser medida por la habilidad humana, debido a que, aún en el estado caído, porta la imagen de Dios, sin consideración de raza, edad, género, status prenatal o impedimento físico o mental (Mat 6:25; 10:31; Gen 2:7; 9:5-6; Sal 139:14; Jer 1:5).
El valor de la vida humana no puede ser medido por su “calidad”. Por ello el aborto a petición, el infanticidio, la eutanasia o la discriminación en el tratamiento médico en contra del incapacitado, el muy joven, el muy anciano, los miembros de alguna raza o género, es siempre injusta delante de Dios. Ninguna persona, sean cuales sean sus características, tiene un valor intrínseco mayor que algún otro (Deut 10:17, Deut 16:19, Job 13:10, Job 32:21, Prov 24:23-25, Hch 10:34, Rom 2:11, Gal 2:6, Efe 6:9, Col 3:25, Sant 2.1, Sant 2:9, 1 Ped 1:17).
Todo ser humano comienza la vida a partir del momento de la concepción. El cigoto, el embrión y el feto debiese, por lo tanto, recibir protección plena de la ley (Sal 139:14-15; Jer 1:5; Exo 21:22-25). Por lo tanto, matar el cigoto, el embrión o el feto por medio del aborto o alguna otra forma de violencia es asesinato (Exo 20:3, Deut 5:17). La remoción del cigoto, el embrión o el feto del vientre está justificada únicamente cuando dejar al niño en el interior de la madre causaría la muerte tanto de la madre como del niño. La Iglesia debiese fomentar la investigación para mejorar las oportunidades de supervivencia para un bebé y su madre en estas condiciones de tal manera que este extremo llegue a ser innecesario en la mayoría de casos posibles. Ni la madre, ni el padre, ni el gobierno civil, ni ninguna otra persona o institución tienen el derecho moral para decretar la muerte por aborto de algún niño por razón alguna, sea social, económica, psicológica, etc.
Ningún niño debe ser privado de alimentación o del cuidado médico necesario después del nacimiento por razón alguna (Deut 5:17).
Los hombres y las mujeres ya ancianos tienen valor a los ojos de Dios y tienen el mismo derecho a la vida dado por Dios como las otras personas. La “eutanasia”, tomar la vida de una persona ya sea a través de la acción positiva o el descuido, es, por lo tanto, asesinato (Exo 20.3, Deut 5:17).
El derecho a la vida, y la vida misma, no deben ser valorados por la utilidad de la persona a la sociedad. Por lo tanto, las personas ya ancianas, y aún aquellos muy severamente incapacitados, son personas con valor, y no deberían ser menospreciados, subvalorados, despreciados, o situaciones similares, y mucho menos, usados para experimentos médicos sin su consentimiento.



La familia y la iglesia.
Los hijos de los creyentes deben recibir su instrucción espiritual básica (cosmovisión bíblica, principios y valores del Reino, propósito del Dios para cada creyente en cuanto a la construcción del Reino, etc.) de parte de sus propios padres (Deut 6:1-10, Deut 11:19), con la ayuda de los miembros de más edad de la familia y la Iglesia. A los hijos de los no creyentes se les debe proveer la oportunidad de recibir esa misma instrucción espiritual por parte de la Iglesia con aprobación paterna.
Los adultos reciben su preparación para los roles en la iglesia (Efe 4:11-16) por medio de la administración exitosa de sus propias familias (1 Tim 3:4, Tit 1:6, 2:3-5); y los adultos solteros pueden beneficiarse al ser recibidos en los grupos familiares de la iglesia como un medio de ministrar y ser ministrados (Hch 2:41-47).
Las iglesias y las escuelas y colegios cristianos no deberían de tratar de reemplazar a los padres o al hogar en la enseñanza y en el entrenamiento de los hijos, si bien es cierto que pueden ser auxiliares en esa tarea. Tampoco los programas de la iglesia deberían interferir con la vida familiar fundamentada bíblicamente.
Dado el importante rol de los padres en la dirección de la instrucción bíblica de sus hijos, principalmente en las edades tempranas de su desarrollo, las iglesias e instituciones cristianas no deberían estimular el cuidado infantil institucionalizado para niños con padre y madre capaces de brindar ese cuidado.
Las iglesias deberían buscar establecer padres ancianos sabios, que sean escrituralmente calificados como modelos razonables de Cristo en las relaciones familiares, que sean capaces de entrenar a otros en los roles familiares, para que inviten regularmente a su hogar a los miembros de la iglesia más jóvenes e inexpertos en estos temas, y sean responsables de entrenar a aquellas familias bajo su cuidado en las cualidades que les capaciten para convertirse en agentes eficientes del Reino en sus familias, sus ocupaciones, sus relaciones, etc., y en idóneos para enseñar también a otros lo mismo (1 Tim 3:1-5; Tit 1:6-9; Efe 5:25-33; 6:4).
La Iglesia debería considerar, al momento de establecer sus autoridades, que no solo las calificaciones que da el entrenamiento institucional son suficientes para ello, sino que también la práctica familiar y sus frutos es un elemento esencial, por lo que el entrenamiento no debería excluir el desempeño de la persona dentro de la familia. Las familias nunca son un impedimento para el ministerio, sino muy al contrario, son la mejor escuela para él, y las iglesias no deberían demandar o esperar que debido a sus ocupaciones a favor del ministerio dentro de ellas, los hombres casados pasaran un tiempo excesivo lejos de sus hogares. Más bien, ello debería ser inadmisible (1 Tim 3:4; Tit 1:6; 2:3-5).



La familia y el estado.

Dios le da a la familia responsabilidades civiles, incluyendo el dar a luz a los niños, alimentarles, entrenarles y proveer para sus necesidades espirituales, emocionales, psicológicas y físicas, proteger la vida y cuidar de los miembros incapacitados de la familia, y ayudar a los necesitados de la comunidad a través de la hospitalidad y actos de misericordia.
Toda familia cristiana debe esforzarse para cumplir estas responsabilidades, y si necesita ayuda debiese buscarla primero en las ramas familiares y luego en la Iglesia (Gen 1:27-28; Deut 5:19; 6:7; 11:19; 2 Cor 9:7; 1 Tim 5:4, 8, 16; 3:2; Prov 31:20).
Las nalgadas bíblicas pueden causar magulladuras temporales y superficiales o verdugones que no constituyen abuso infantil, pero la brutalidad comprobada contra un niño que resulte en la desfiguración permanente o en heridas serias debe ser castigada por la ley (Exo 21:23-24; Prov 13:24; 22:15; 23:13-14). El derecho y la responsabilidad de administrar disciplina no les da a los padres el derecho de herir seriamente a sus hijos.
Dios le otorga a estado el poder de castigar las malas acciones y fomentar la buena conducta. Los crímenes que ocurran aún dentro de la familia deben ser castigados justamente; y el estado debiese promover un ambiente social, económico y físico que propicie la vida familiar (Rom 13:3- 4).
El abuso sexual y la privación deliberada por parte de los padres de refugio, vestido, alimentación, sueño, o del cuidado médico esencial para los niños, poniendo en peligro de este modo sus vidas y su salud física, debiesen ser tratadas como un asalto ilegal o como intento de asesinato y los ofensores deben ser castigados en consecuencia por el gobierno civil y ser disciplinados por la Iglesia.
La violación es un pecado y un crimen no importa quién sea la víctima, pero especialmente cuando es perpetrada contra un niño, y los violadores deben ser juzgados y castigados como criminales (Deut 22:23-27; Lev 18).
La pena escritural por los crímenes genuinos contra los niños cae solamente sobre el perpetrador, no sobre otros miembros de la familia o la víctima.
El estado no tiene derecho alguno de socavar o eliminar la justa autoridad de los padres en una familia ni reclamar para sí el rol de educador, proveedor o protector de los niños o de otros miembros de la familia, excepto en casos judicialmente comprobados de abuso, descuido o abandono o a petición de la familia.
El estado no tiene el derecho de establecer estándares extra-bíblicos con respecto a quienes pueden casarse, tener hijos, como los niños han de ser disciplinados y educados, y como los esposas y las esposas u otros miembros de la familia pueden relacionarse los unos con los otros.
Dios no le concede a los gobiernos civiles el derecho de coartar la libertad económica de sus ciudadanos a través de una política de impuestos que fomente la ruina, incluyendo el robarle a las viudas y a los huérfanos por medio de los impuestos a la herencia; o leyes opresivas respecto al uso de la tierra y de otros medios de producción, o el favoritismo para las grandes corporaciones, los monopolios y los oligopolios.
El estado no tiene derecho de legalizar o financiar el aborto, el infanticidio o la eutanasia.

Dado que el estado no puede mandar o imponer cuales creencias o actitudes particulares son saludables o aceptables, no tiene derecho de:
Imponer estándares no realistas sobre las familias, principalmente considerando crímenes contra los niños las llamadas ofensas de “abandono emocional,” “abuso emocional,” “abandono educativo,” etc., que forman el grueso de los reportes confirmados de “abuso y abandono infantil,”
Imponer y/o administrar o usurpar la custodia en casos de negligencia excepto cuando la vida o la salud física del niño estén obviamente en peligro.
Imponer y/o administrar penas criminales o usurpar la custodia en casos donde la única acusación atañe a la salud mental

La negligencia involuntaria causada por la pobreza u otras circunstancias incontrolables por parte de los padres no deben ser tratadas como un crímen. Aún para las familias pecaminosas no representa ninguna ayuda la amenaza de quitarles a sus hijos, pero si es de ayuda para ellas la oración, la instrucción piadosa y la ayuda amorosa.
El incesto no es un “tabú” social sino una actividad criminal que debe ser juzgada justamente. Sin embargo, los padres no deben ser condenados como abusadores sexuales en ausencia de evidencias convincentes, y menos cuando demuestren su cariño de maneras legítimas hacia sus hijos, como por ejemplo, con abrazos, besos y otras formas de afecto que no involucren estimulación sexual. El gobierno no tiene ningún derecho para sembrar desconfianza por los padres en las mentes de niños inocentes (Deut 18:15) ni que la custodia de un niño, en los casos legítimos de abuso, deba ser retirada del cónyuge que no sea el ofensor.
Igualmente son una realidad las llamadas violaciones “no violentas” y las violaciones “de cita” (cometidas durante una cita), y todas ellas son actitudes criminales que deben ser juzgadas justamente. Sin embargo, el gobierno civil no debe consentir en una “cacería de brujas” contra el abuso sexual, solicitando reportes anónimos o acusando a personas sin evidencia convincente. Los violadores no deberían recibir consejería, libertad bajo palabras o ligeras sentencias de cárcel en lugar del castigo dictado por la Biblia.


BIBLIOGRAFÍA.

La Cosmovisión Cristiana de la Familia.
www.contra-mundum.org.

Respecto al Matrimonio, El Divorcio y el Nuevo Matrimonio.
www.contra-mundum.org.

Las Características Bíblicas Distintivas Entre Hombres y Mujeres.
www.contra-mundum.org.



27 Jun 2009
Referencia: Tema No. 35.