Estudio Bíblico

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Ministerio Reyes y Sacerdotes - Guatemala

Pobreza.



LA COSMOVISIÓN CRISTIANA BÍBLICA (49).

LA IGLESIA: RESPONSABILIDAD, JUSTICIA Y CARIDAD.



Introducción.
El tema de la pobreza, en el mundo actual, es un tema de la mayor relevancia a nivel nacional e internacional en todos los países del globo, por sus magnitudes (por lo menos más del 60% de la población mundial vive en la pobreza) y porque es un problema creciente a pesar de la gran cantidad de recursos que se invierten anualmente para su combate. Los programas de los gobiernos y de las organizaciones no gubernamentales y la ayuda internacional dirigidos a aliviar la pobreza, por lo menos desde 1980 o antes, a la fecha, han despilfarrado muchos recursos, sacando a muy pocos de la pobreza, y los programas actuales tampoco ofrecen ningún resultado alentador. Es decir, que la pobreza le está ganando la batalla a la humanidad a pesar de todos los conocimientos, esfuerzos y recursos de que se disponen y se utilizan en contra de ella. A pesar del desolador panorama que ello presenta, la pobreza no tiene porque ganarnos la batalla, si la enfocamos desde la perspectiva correcta.
Hasta ahora, el tema solo ha sido abordado desde una perspectiva muy limitada, la humana, la terrenal, y no está dando resultados. Sin embargo, hay otra perspectiva mucho más amplia desde la cual se puede abordar el tema: la perspectiva de Dios. Los seres humanos tenemos entonces una coyuntura frente a nosotros: seguir abordando el tema desde la misma perspectiva que no nos ha dado resultado, y que la Biblia, desde hace más de dos mil años nos enseña que es una perspectiva fallida (Prov 16:25, Sant 3:15), o bien ser honestos y hacer un enfoque con cambio de perspectiva (Sant 3:17, Jn 15:5). La opción que como humanidad nos queda es seguir haciendo nuestros esfuerzos vanos según nuestros propios caminos que nos están llevando a la derrota o considerar otro punto de vista que nos puede dar la victoria (y que seguramente lo hará, porque Dios no miente, Num 23:19). La opción está enfrente de nosotros, y somos nosotros los que tendremos que decidir (Deut 30.19-20).



La perspectiva bíblica de la pobreza.
El tema, para ser efectivamente tratado, entendido y combatido, no puede ser abordado desde otra perspectiva que no sea la de la Cosmovisión Bíblica que implica el hecho fundamental de que Cristo es el Señor sobre todas las áreas de la vida (Rom 11:36, Sal 24.1, Col 1:17-20), incluida esta, y que la obediencia a ese señorío produce vida y vida en abundancia (Deut 28:1-14) en tanto que la desobediencia a ese señorío produce enfermedad, opresión, pobreza y muerte (Deut 28.15-68, Jn 10:10), una de cuyas manifestaciones visibles es la pobreza.
La otra premisa fundamental es la de que el ser humano es un ser integral (1 Tes 5:23: espíritu, alma y cuerpo) inmerso dentro de una serie de relaciones y actividades cuyas características esenciales están determinadas por el hecho de estar o no bajo el Señorío de Cristo, todo lo cual crea una sinergia que determina la situación real de cada individuo en la vida y en la sociedad. Cualquier tratamiento del tema de la pobreza y de su combate, si quiere ser efectivo, no puede obviar ninguna de estas dos premisas fundamentales.



La causa última de la pobreza.
En el principio (Gen 1:1-31) Dios creó al ser humano a Su imagen para ser creativo y productivo, y le capacitó para producir suficientes bienes para todas las gentes en cualquier lugar (Gen 1:26-28), de tal manera que en el mundo creado por Dios no había (ni hay) escasez inherente que pudiera frustrar los esfuerzos industriosos o que hiciera obligatoria la pobreza de los seres humanos.
Este mundo, para funcionar adecuadamente, requería de la obediencia al diseño de Dios (Gen 2:15-17), que implicaba la responsabilidad, la justicia, el amor y la misericordia como la base de las relaciones entre el ser humano y Dios y de los seres humanos entre sí.
La caída de Adán y Eva introdujo el pecado en el mundo (Gen 3:1-7) que se constituyó en una variable adicional contraria en ese esquema diseñado por Dios para la vida en plenitud y abundancia del ser humano, y que afectó a éste en su espíritu, alma y cuerpo, y las relaciones de éste con Dios, con otros y con la Creación (Gen 3:7-24), dando lugar, en la evolución de estos efectos, a la pobreza.
Por el efecto del pecado sobre todos los aspectos de la vida del ser humano que derivan en la pobreza en alguna o varias de sus manifestaciones en cada persona, es que ella no es solamente un fenómeno económico, sino un factor multifacético que afecta todo el ser de la persona: lo que ella es (identidad, pensamientos, decisiones, etc.,), sus relaciones, sus actividades.
En principio, el pecado tiene dos dimensiones a considerar: personal y social. Personal en cuanto es un acto de cada persona en contra de Dios (Exo 20:3-11), y social (Exo 20:12-17) en cuanto a que los actos de una persona necesariamente, al haber sido creados para vivir en interdependencia (Ecle 4:9-12) y comunidad (Gen 2:18, Gen 1:26-27), afectan a las demás. La humanidad, al haberse apartado de Dios en busca de sus propios caminos (Rom 1:18-31, pecado personal), a partir de allí construyó relaciones, definió estructuras y estableció sistemas opresivos e injustos (pecado social) sobre la base de la codicia, la avaricia, el materialismo, etc., (pecado personal) en lugar de la responsabilidad, la justicia, el amor y la misericordia, como era el plan original de Dios.



El principio de la solución.

Sin embargo, a pesar del pecado, Dios nunca cambió Su diseño respecto al propósito del ser humano en la tierra: que tuviera, bajo Su dirección, vida y vida en abundancia (Deut 8:18, Jn 10.10, Sal 1.1-3, Jos 1:8, Jer 29.11, Rom 12:2, 3 Jn 2, etc.). Y diseñó un plan para que ese propósito volviera a ser posible (Gen 3:15, Gen 3:21, Jn 3:16, Col 1:15-20):
La restauración del Señorío de Cristo sobre cada persona y su salvación (Rom 10:8-10)
La restauración de sus vidas mediante la renovación de su entendimiento por la Palabra de Dios (Rom 12:2, Efe 4:22-24, 3 Jn 2).
Esa restauración de vida se manifiesta en el cambio de su manera de pensar y de vivir, en sus relaciones y en sus actividades, que se manifiesta exteriormente, reconciliando todas esas cosas con Dios (Mat 5:13-16, Mat 13:33, 2 Cor 5:17-20, Rom 8:19-21).
Por la suma y multiplicación de las vidas restauradas y sus manifestaciones (relaciones, estructuras y sistemas) se restablece de nuevo el Reino de Dios sobre todas las cosas (Mat 28.18-20, Mat 6:33), y entre ello, lo social.

Por elo, el énfasis de la Biblia en cuanto al tema del combate a la pobreza, como a todos los demás problemas del ser humano, comienza por el cambio de la situación moral de la persona (volverse del pecado a Dios y restaurar con la ayuda del Espíritu Santo su vida a la luz de la Palabra de Dios en todo su ser, relaciones y actividades, Isa 1:18-19, 2 Cro 7.14, Rom 12:2, Efe 4:22-24, 3 Jn 2), siguiendo con la industriosidad (Prov 21:5, Prov 10:4, Deut 8:18, 2 Cor 8:9, y en la responsabilidad honesta (Prov 27:23, 2 Cor 8:13-15, 2 Cor 8:19-21, 2 Cor 9:6-13).
En el combate a la pobreza la Biblia no es utópica sino totalmente realista, enseñándonos también que, debido a la persistencia del pecado hasta el tiempo del fin, que se convierte en un factor limitante para la total erradicación de la pobreza, algunos problemas persistirán y no podrán ser eliminados antes de ese tiempo (Mar 14:7, Jn 12:8), lo que no implica que no sea totalmente factible la restricción de esos problemas al mínimo posible, es decir, la reducción significativa de las magnitudes de la pobreza hasta niveles que han sido, son y serán inalcanzables por los solos esfuerzos humanos, ya que en la base de esos esfuerzos está la misma raíz que causa la pobreza: el pecado de no tomar en cuenta a Dios (Rom 1:18-31), lo que equivale a querer volver potable agua envenenada echándole más veneno.



Las demás soluciones al problema de la pobreza.

Aún cuando hemos determinado que la causa principal de la pobreza es el pecado del ser humano, y al mismo tiempo hemos determinado también la solución básica al problema del pecado, ello no implica que la solución del problema de la pobreza implique solo eso. Como mencionamos anteriormente, el pecado afecta todas las facetas de la vida de las personas, y muchos de esos efectos cobran vida independiente. Una vez arrancada la raíz de los problemas, hay que eliminar todas sus ramificaciones. Entre esas ramificaciones podemos mencionar los problemas en la identidad, autoestima, empoderamiento, propósitos, etc., (Prov 13:23, Os 10:12) de las personas, que son un factor importante en la permanencia de las relaciones, estructuras y sistemas injustos que derivan en la pobreza.
La razón por la que los esfuerzos que se han hecho para combatir la pobreza no han resultado es que si bien es cierto, se han encaminado acciones para cortar las ramificaciones (cambios de pensamiento, cambios de estructuras, y hasta cambios de sistemas), y algunas de esas acciones han dado resultados temporales, las ramificaciones vuelven a aparecer porque la raíz del problema, el pecado, ha quedado intacta. Para desaparecer las ramificaciones, comenzamos por la raíz del problema y a partir de ello, al ir eliminando las ramificaciones, estas no volverán a surgir porque las raíces ya fueron cambiadas.
Haciendo una adaptación del adagio chino, al pobre no hay que darle solamente el pescado, también hay que enseñarle a pescar, pero también hay que cambiar la calidad de su mentalidad y de sus relaciones y actividades (almacenamiento, comercialización, canales de distribución), para que la solución sea integral.

En consecuencia, después de la solución del problema del pecado, necesitamos enfocarnos en:
La transformación de la forma de pensar de la persona (identidad, principios, valores, etc.) que determina su forma de vivir (Prov 23:7, 3 Jn 2).
La transformación de sus relaciones con otros (Mat 22:36-40), y el compartir experiencias de vida con ellos, para que también se sumen a esa transformación (2 Cor 5:18-20).
La multiplicación de personas siendo transformadas en todo nivel de la sociedad y de sus relaciones, va a determinar la formación de una masa crítica que comience el cambio, ya no de las relaciones sino de las estructuras y los sistemas sociales (Mat 5:13-16, Mat 13:33, Mat 28:18-20) en la dirección de los valores del Reino de Dios (Mat 6:10, Mat 6:33).



Un cambio de cosmovisiones.
Para que tanto la resolución de la causa principal de la pobreza como cualquier esfuerzo para la solución de las ramificaciones de ella tengan resultados positivos, se requiere un cambio de cosmovisión que nos permita el enfoque correcto del problema y de sus soluciones. Si el punto de partida del abordaje del problema es equivocado, las soluciones también serán equivocadas.
Eso es lo que ha sucedido con las soluciones que se le han querido dar al problema de la pobreza desde la perspectiva humana, apartando a Dios del asunto. En primer lugar, si Dios es Dios, El tiene algo que decir respeto a todo lo que sucede en el universo. De lo contrario, no sería Dios. Concebir un Dios que solo tiene que ver con las cosas del mundo espiritual, sin involucrarse en nada del mundo natural y social es un contradicción en sí misma (Gen 1:1, Hch 17.26-28, Heb 1:3, Mat 28.18). Por lo tanto, necesitamos considerar lo que Dios tiene que decir al respecto.



El mundo es el mundo de Dios.
Gen 1:1: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra.”. Ello nos indica claramente que en un estado primario de perfección, todos los seres humanos y todas las cosas fueron creadas por Dios, de Dios y para Dios.
En consecuencia, el mundo es el mundo de Dios. Ello implica que no solo la iglesia y las cosas espirituales necesitan estar bajo el Señorío de Cristo, sino todas las demás cosas que constituyen el mundo natural y social en el cual vivimos, es decir, entre otras, la economía, las finanzas, la educación, el arte, la ciencia, la tecnología, la política, el gobierno, los negocios, las organizaciones sociales, etc.
Si el problema del pecado las sacó del cauce y propósito diseñado por Dios para ellas, Su propósito entonces tiene que ver con regresarlas a ese cauce normal. Si bien es cierto que Dios podría haber vuelto todas las cosas a su cauce y propósito original, ello habría sucedido violando Su justicia y Su santidad, en primer lugar, porque El había dicho al ser humano que al desobedecer habría consecuencias (incumplir esto lo hubiera hecho mentiroso y por lo tanto no santo). Por el otro lado, al tomar acciones que eliminaran las consecuencias del pecado, en lugar de hacer responsable al ser humano de sus actos, lo hubiera llevado a la irresponsabilidad y a la indiferencia hacia lo bueno y lo malo, y a la repetición constante e ilimitada de sus actos de rebelión y pecado, sin posibilidades de arrepentimiento y cambio.
En lugar de ello, Dios diseña un plan de salvación que logre el mismo efecto, pero sin violar Su justicia y Su santidad, y por otro lado, haciendo uso de su Justa autoridad, pero sin violar su Santidad, limita el poder del pecado y la magnitud de sus ramificaciones a través de Su ley escrita en el corazón de los seres humanos, y a través de levantar un pueblo para sí que ora, intercede y establece límites a la acción del pecado sobre la tierra.



La historia es la historia del desarrollo del plan de Dios.

Heb 1:3: “el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder…” y Hch 17:26-28 nos enseñan que: “Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación; para que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros. Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos; como algunos de vuestros propios poetas también han dicho: Porque linaje suyo somos.”

Uno de los corolarios de estos pasajes es que la historia no es, como acostumbramos considerarla, la historia humana, sino la historia del desarrollo del plan de Dios para regresar todas las cosas al cauce y propósito original para el que fueron diseñadas. No puede haber una solución efectiva del problema si no entendemos la historia desde la perspectiva de Dios y ponemos nuestros esfuerzos para resolver el problema dentro del contexto del tiempo y el espacio adecuados. La historia desde la perspectiva de Dios, entonces, tiene las siguientes grandes etapas:
La Creación: Gen 1:1-Gen 2:25, el plan original de Dios para la Creación y el mundo.
La Caída: Gen 3:1-24, el pecado echa a perder el plan original de Dios.
La preparación para la Redención: Gen 4:1 a Mal 4:6, el desarrollo de las consecuencias del pecado en todos los ámbitos de la vida y la elaboración y el inicio del desarrollo del plan de Dios para rescatar lo que se había perdido.
La Redención: Mat 1.1-Jn 21:25, el punto culminante del desarrollo del plan de Dios con el nacimiento, muerte y resurrección de Cristo para rescatar lo que se había perdido.
La Restauración: Hch 1:1-Apo 3:22, la delegación de la autoridad en la Iglesia para traer a existencia la manifestación visible de la restauración de todas las cosas, desarrollando el establecimiento del Reino de Dios sobre todas las cosas en la tierra.
La Perfección: Apo 4:1-22:21, la culminación y perfeccionamiento de la restauración de todas las cosas, y la plenitud del Reino de Dios sobre todas las cosas (tierra y cielos nuevos y la Nueva Jerusalén).



El agente de la acción restauradora de Dios en el mundo.
La época de la historia en la que nos toca vivir es la época de la restauración, cuando las cosas van siendo regresadas a su estado original por los seres humanos redimidos que viven bajo el Señorío de Cristo (Mat 6:33, 2 Cor 5:17-18). Ello tiene que ser así porque si el ser humano es el que hecho a perder el plan original de Dios, la justicia de Dios demanda que asumiendo sus consecuencias y responsabilidades, sea el ser humano, y no Dios, quién regrese las cosas a la situación original (Hch 3:21, Mat 17:11, Heb 10:12-13, Mat 28.18-20) , aunque en esa tarea el ser humano no está solo sino cuenta con el total respaldo, apoyo y poder del Dios Todopoderoso que opera a través de él (Hch 1:8, Luc 4:18-19).
Por lo tanto, el actor visible de la restauración de todas las cosas al Señorío de Cristo en la tierra es la Iglesia, el Cuerpo de Cristo, siendo la Iglesia la que debe cobrar el papel relevante de liderazgo en el mundo para la solución del problema de la pobreza (1 Cor 12:32, 2 Cor 8:13-15, 2 Cor 8:19-21, 2 Cor 9:6-13). Ello implica un salir y un retomar en el nivel de lo personal y lo social.
En primer lugar, salir de la visión endiosada del estado como el todopoderoso agente de la atención del problema de la pobreza porque nada en la Biblia nos enseña que resolver el problema de la pobreza sea una de las atribuciones del estado. El estado fue diseñado por Dios para preservar los derechos esenciales de cada persona (Rom 13.1-7, la vida, la propiedad, la libertad) y administrar la seguridad y la justicia, castigando al malo y alabando al bueno. Esa visión endiosada del estado ha hecho al estado todopoderoso e interventor en todos los aspectos de la vida social, en ámbitos que no son de su competencia, generando en las personas una dependencia absoluta hacia él para la solución de todos sus problemas.
En segundo lugar, retomar el papel activo de la iglesia en la transformación y desarrollo de la sociedad, como lo fue desde el tiempo de los apóstoles hasta hace aproximadamente unos cien años, siendo la historia una fiel testigo de ello al consignar que al abrigo de la iglesia o bajo la influencia de los postulados del cristianismo se crearon y desarrollaron los hospitales, las escuelas, las universidades, los gremios artesanales que después dieron origen a las factorías industriales que impulsaron la industrialización superando las relaciones esclavistas de la antigüedad y semi-esclavistas del sistema feudal, los asilos de huérfanos y de ancianos, la imprenta, el reconocimiento de los derechos civiles de las mujeres y la emancipación de los esclavos, el arte en todas sus manifestaciones, el trabajo social, instituciones de servicio y beneficencia social, el trabajo social, etc.
Cualquiera que hayan sido las razones coyunturales por las cuales la iglesia adoptó, con algunas excepciones, pocas por cierto, hace cien años la posición del fariseo y del escriba de la parábola del buen samaritano (Luc 10:25-37), una posición de indiferencia hacia todo lo que no fuera eclesiástico, y hasta una posición de justificación para dejar que el mundo se hunda en el abismo de la maldad (los pre-mileniaristas), hoy, a la luz de las Escrituras honestamente interpretadas, ya no es posible seguir sosteniendo esa posición, debiendo la iglesia retomar su papel de atalaya y de intervención activa en el Nombre y para la gloria de Cristo, en la sociedad, que le fue asignado claramente por Dios, y para muestra, los siguientes pasajes, y el que tiene oídos para oír, oiga lo que el Espíritu dice a la Iglesia (Mar 4:9).
El buen samaritano: Luc 10:25-37. Y he aquí un intérprete de la ley se levantó y dijo, para probarle: Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna? Él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees? Aquél, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo. Y le dijo: Bien has respondido; haz esto, y vivirás. Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? Respondiendo Jesús, dijo: Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto. Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, pasó de largo. Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó de largo. Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia; y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él. Otro día al partir, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese. ¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones? Él dijo: El que usó de misericordia con él. Entonces Jesús le dijo: Ve, y haz tú lo mismo.
El juicio de las naciones. Mat 25:31-46. Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria, y serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí. Entonces los justos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos forastero, y te recogimos, o desnudo, y te cubrimos? ¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti? Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis. Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; fui forastero, y no me recogisteis; estuve desnudo, y no me cubristeis; enfermo, y en la cárcel, y no me visitasteis. Entonces también ellos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, sediento, forastero, desnudo, enfermo, o en la cárcel, y no te servimos? Entonces les responderá diciendo: De cierto os digo que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis. E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.



La integralidad del ser humano, de la pobreza y de las acciones para contrarrestarla.
En Gen 1:26-27, la Palabra claramente nos enseña que Dios hizo al ser humano a su imagen y semejanza, y siendo que Dios es espíritu, el ser humano también es un espíritu, que tiene un alma y vive en un cuerpo (1 Tes 5:23). La parte fundamental del ser humano no es su cuerpo ni lo físico como lo evidencia el relato paralelo de la creación del primer hombre en Gen 2:7, porque a pesar de que Dios había hecho el cuerpo primero del polvo de la tierra, este cuerpo no tenía vida sino hasta que Dios sopló en él aliento de vida.
Por lo tanto, reducir el abordaje de la pobreza a un tema puramente material y físico, además de ser una posición reduccionista, no va a solucionar el problema, porque el ser humano no es un ser que se pueda separar en tres partes, y solo una de las partes ser afectada por una situación específica, como la de la pobreza, porque las tres interactúan entre sí y producen una sinergia para bien o para mal. Un problema mal planteado produce una solución equivocada, y por ende, no soluciona el problema.
El hecho de considerar al ser humano en primer lugar como un espíritu pone el tema de la pobreza, y otros temas más, en el orden correcto para encontrar la solución, por cuanto la raíz fundamental de todos los problemas de él deben encontrarse en lo espiritual (Heb 11:3), y en este caso específico, en el pecado. Las otras causas aparte de las espirituales, son ramificaciones, pero no la esencia del problema.
Por ello es que la distribución gratuita de bienes o la prestación gratuita de servicios o los cambios de sistemas políticos, así como la gran cantidad de acciones que se han encaminado en todas partes del mundo para reducir o mitigar la pobreza no la han remediado, y esta sigue avanzando, y más bien, en muchos casos, a agudizado el problema en personas que han sido beneficiadas por esas acciones, al hacerlas dependientes de las instituciones y del estado. Ello porque desde esta perspectiva, se abordan solo las ramificaciones del problema en lo ideológico y en lo material, dejando de lado lo espiritual que es el aspecto fundamental.
Una atención adecuada e integral de la pobreza requiere no solamente de la provisión de ayuda material para el pobre de carácter inmediata y temporal, sino también del consejo de salvación y el entrenamiento bíblico en responsabilidad. Después de brindar todo ello, la persona persiste en su rebelión moral, ya no requiere del subsidio, es su propia decisión persistir en el pecado y la pobreza que es su consecuencia, y por un principio de responsabilidad, debe enfrentar las consecuencias de sus malas decisiones. Aún cuando suena muy duro, y parecería ser falta de misericordia, es necesario entender que hay pobres que viven en esa condición porque lo merecen y a ellos no se les debiera brindar, después de un tiempo y habiendo hecho todo el esfuerzo necesario para el cambio de su condición moral, más ayuda (Prov 11.19) (no hay que darle sándwiches al hijo pródigo, Luc 15:11-24, porque con ello solo prolongamos el momento en el cual vuelva en sí y ponga en marcha las soluciones al problema de su pobreza).



Los esfuerzos fuera de los principios bíblicos.
La iglesia debería requerir proféticamente la adopción de sistemas válidos bíblicamente para cuidar del pobre (Prov 16:25, Deut 30:19-20). Ningún sistema para cuidar del pobre puede ser neutral ya sea en principios religiosos o en efectos morales.
La justicia es una combinación de legitimidad (Job 8:3, Sal 33:5, Sal 37.6, Sal 85:10, Prov 21:21, Isa 16:5) y misericordia. La justicia no es parte de la caridad (Mat 6:33) La justicia significa mostrar imparcialidad a todos como es debido de acuerdo con la ley moral de Dios (Deut 16.19, Deut 10:17-18, Job 34.19), y como tal, no conlleva o implica cualquier distribución ideal de la riqueza en la sociedad, aunque si requiere el alivio y la reinvindicación de aquellos que han sido afectados por los actos opresivos de otros, siendo esta la tarea primaria de ayudar al pobre (Prov 31:8-9). La justicia no permite la parcialidad por parte de aquellos que tengan que hacer valer las leyes y requiere la ayuda y mediación de instituciones y del estado para defender adecuadamente a los pobres en contra de la opresión.
Los principios bíblicos sobre economía deben ser incluídos como un fundamento para el servicio social. Los principios económicos no bíblicos, por buenos que nos parezcan en nuestra opinión, no pueden ser de ayuda en la tarea de remediar la pobreza (Prov 16:25), principalmente en un mundo dominado por el egoísmo y el materialismo, cuyos principios económicos son precisamente los que han sembrado la pobreza en las dimensiones que tiene actualmente. Pueden ser un paliativo, pero no una cura, nunca lo han sido y no son un remedio definitivo para ella. Solo un sistema político-económico que promueva la libertad humana, la justicia y la productividad es crucial para la prevención y reducción de la pobreza, por lo que ningún sistema político-económico separado de la ética cristiana puede ser una solución adecuada para la pobreza (Deut 30:19-20, Deut 28:1-68).
La Biblia es la única guía infalible para el cuidado apropiado del pobre. Ninguna perspectiva que contradiga la sabiduría bíblica ha probado ni podrá probar ser fructífera en este cuidado. La ayuda voluntaria y la responsabilidad ética para con los pobres que solo puede venir de la fe en Dios y del recuerdo de Su gracia y misericordia para con nosotros, es el mejor reemplazo de las perspectivas estatistas de la beneficiencia (Lev 19:9-10, Exo 23:9-11, Lev 19:33, Sal 112:1-9).
El poder que el gobierno civil tiene para establecer impuestos de ninguna manera es para ejercer a través de ellos una supuesta distribución de la riqueza, sino para cumplir con sus fines de castigar al malo, proteger al bueno, la vida, la libertad y la propiedad privada, equilibrar el poder defendiendo el derecho de los más débiles frente a los más poderosos, y nada de ello justifica la implementación de un sistema general de redistribución de la riqueza a través de los impuestos, ni la ejecución de planes de asistencia permanente a los pobres y necesitados. Esa no es su función, sino de los y las creyentes y de la iglesia, a los que Dios les da la habilidad de hacer las riquezas (Deut 8:18, Mat 25:14-30) y la responsabilidad de utilizar esas riquezas para bendecir temporalmente, mientras desarrollan las condiciones para ser autosostenibles, a los pobres y débiles en la sociedad (Luc 19:8, Gal 2.10, Mat 25:31-46, 2 Cor 8 y 9).
La meta primordial de la ayuda social no deber ser suplir las necesidades de los pobres, sino capacitarlos para que se tornen capaces de auto-sostenerse y también capaces de ayudar a otros, y mientras se esfuerzan por lograrlo, apoyarlos con la provisión para suplir sus necesidades materiales (Ecle 2:24, Efe 4:28, 2 Tes 3.10). Por ello, las aproximaciones o perspectivas que engendren actitudes de dependencia del estado por largos períodos de tiempo no son útiles y/o morales.
Sin embargo, también es cierto que algunos casos de necesidad son sistémicos o perdurables (permanentes) y requerirán de misericordia continua (Sant 1.27). Ello no implica que los receptores de esa misericordia a largo plazo sean incapaces de alcanzar productividad o ministerios significativos en algún momento, y hacia ello se deben encaminar todos los esfuerzos posibles.



La perspectiva bíblica.
Hay una relación bíblica entre fe y trabajo, palabra y hecho.
La piedad o la espiritualidad no exime a los cristianos de las preocupaciones por las necesidades físicas (Luc 10:25-37).
La Escritura enseña que Dios bendice a aquellos que ayudan al pobre (Prov 19.17, Prov 28.27), principalmente si lo hacen a pesar de sus propias necesidades (2 Cor 8:1-5, Luc 6:38). De ninguna manera la Escritura apruebe una indiferencia insensible, o ignorancia, para con la opresión sufrida por el pobre (Prov 31:8-9).
La iglesia cristiana ha sido negligente en ministrar a los pobres en nuestro tiempo, no lo ha hecho sistémica y permanentemente, sino solo a través de esfuerzos mínimos y focalizados de algunos ministerios con pocos recursos a su alcance.
Nuestra responsabilidad como cristianos con respecto a nuestras responsabilidades sociales no va a disminuir en los días por venir.
Dios, en las Escrituras, expresa un interés y una preocupación por el pobre como una consecuencia del pecado, pero dicha preocupación no está por encima de otras categorías de consecuencias pecaminosas. La Iglesia es responsable de atender lo uno sin dejar de atender lo otro (equilibrio, Mat 23:23, Luc 11:42, Hch 6:1-3, Hch 2:41-47).
A la Iglesia se le ha encomendado la responsabilidad de ser la mayor agencia de beneficencia para sus miembros (Hch 2:41-47) y para los pobres en general, y también se le ha encomendado la tarea profética de requerir y modelar justicia y misericordia en el mundo (Jer 1:10, Ezeq 33:1-9, Est 8:6) aunque ello no implica que sea ni la primera ni la única responsable del mejoramiento del pobre.
La prioridad bíblica en el auxilio de los pobres (1 Tim 5:1-16) recae, primero, en cada persona, luego en la familia, después en la iglesia local y finalmente en otras organizaciones voluntarias. La Iglesia o la familia deben asistir solamente a aquellos que están dispuestos a trabajar o que se encuentran incapacitados para hacerlo. La iglesia es libre para adherirse a sus creencias y ética bíblica mientras dispensa ayuda material y puede recomendar ciertas conductas bíblicas y éticas como prerrequisitos para brindar asistencia.
Un ministerio activo de misericordia es una de las marcas de una iglesia obediente. Ninguna iglesia está exenta del mandato de instituír y mantener ministerios de misericordia (Gal 2:10).
Finalmente, en lo referente al cuidado de la educación de los niños y de la salud de todas las personas, ambas son condiciones que implican tanto el cuerpo como el alma y el espíritu y ambas tareas (y en lo que corresponde, ayudas sociales en esos campos) debieran ser practicadas con ese entendimiento. Desde esta perspectiva, la educación de los niños y el control o la provisión de cuidados médicos para todas las personas por parte del gobierno no es el mejor medio para hacer el cuidado de la salud accesible a los necesitados, por cuanto que por lo general, cuando el estado se involucra en estas tareas solo lo hace desde una perspectiva limitada, del desarrollo de las habilidades psico-pedagógicas en el caso de la educación, y desde la perspectiva del cuidado físico en el caso de la salud. De la comprensión de este asunto derivó que, hasta hace aproximadamente 50 años o menos, las instituciones de salud y las educativas, en buena medida, contaban con el apoyo de personas de las iglesias para poder llevar adelante esas tareas. De hecho, las escuelas, los hospitales, los asilos, etc., se originaron dentro de las instalaciones eclesiásticas en la antigüedad, debido a la comprensión, cumplimiento y aplicación de estos principios bíblicos por parte de la iglesia.


Conclusión.
Es el tiempo, de acuerdo con la cosmovisión bíblica y el entendimiento de los tiempos que nos toca vivir (1 Cro 12:32), de retomar las sendas antiguas (Jer 6:16), los fundamentos (Sal 11:3), y recuperar y restaurar lo que el diablo, de alguna manera, le ha robado a la iglesia y a las personas (Hch 3:21, Mat 17.11).
Ello, en relación con la ayuda social, implica que la iglesia se convierta en la mayor agencia prestadora de ayuda social para los pobres y los necesitados en la sociedad, y lo haga, no con un enfoque parcial y asistencialista, sino con un enfoque integral (1 Tes 5:23, espíritu, alma y cuerpo) y restaurador de la capacidad del ser humano de ser productivo, fructífero y auto-sostenible (Gen 1:28), rescatando esas tareas de la manos de la religión humanista y estatista que busca elevar al estado a la categoría de dios.
Ese trabajo, obviamente, desde el campo de lo político, debe ir acompañado del ejercicio (parcial y/o total) del gobierno por personas justas, bíblicamente formadas, de acuerdo con la voluntad de Dios para el gobierno (Rom 13:1-7), que orienten las leyes y la sociedad en su conjunto, hacia la aplicación y vivencia de los principios del Reino de Dios y su justicia (Sal 33:12), y que contribuyan a la transformación de las estructuras y sistemas sociales pecaminosos de la actualidad, en estructuras y sistemas sociales justos, para que nuestras naciones prosperen de acuerdo con la voluntad de Dios en todos los órdenes de la vida (Deut 28:1-14)


BIBLIOGRAFÍA.

El Equilibrio del Poder: La Iglesia, el Estado y la Libertad.
Rubén Alvarado - Christian Cultural Studies Page
www.contra-mundum.org

Iglesia, Reino y Liturgia: El Lenguaje Político del NuevoTestamento.
Rubén Alvarado – Christian Cultural Studies Page
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La Asistencia Social y la Iglesia.
David Hall.
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Respecto a las Responsabilidades Cívicas de los Cristianos.
www.contra-mundum.org.

La Cosmovisión Cristiana de la Ayuda al que Sufre.
www.contra-mundum.org.


27 Jun 2009
Referencia: Tema No. 49.