Estudio Bíblico

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Ministerio Reyes y Sacerdotes - Guatemala

La culpa y la condenación.



Liberándonos de la culpa y la condenación.



Sal 139:1-3.

Muchos cristianos viven hoy, a pesar de haberle entregado a Cristo sus vidas, y de haber experimentado el perdón de sus pecados, sintiéndose culpables, condenados, menospreciados, minusvalorizados, por el tipo de vida que llevaron antes de conocer al Señor, y esos sentimientos les privan de alcanzar la plenitud de vida que tenemos en Cristo y servir al Señor en el llamado y los dones que El les ha dado para Su servicio. Ellos se sienten indignos de recibir la bendición de Dios y de servir al Señor por haber sido tan extremadamente pecadores antes de conocer a Cristo.
Pero esos sentimientos, o algunos otros parecidos que apuntan en la misma dirección y causan el mismo efecto, no provienen ni de la humildad, ni del Espíritu de Dios y son contrarios a todo lo que la Palabra de Dios nos enseña. Esos son pensamiento y sentimientos que vienen del diablo, que los quiere privar de alcanzar la plenitud de vida que Dios ha determinado para cada uno de ellos (Jn 10:10, 3 Jn 2, Efe 1:3), uno de cuyos aspectos implica el servicio a El.

La Palabra de Dios claramente nos enseña al respecto varias cosas.
En primer lugar, que para Dios, cuando nos llamó y nos salvó, no eran desconocidos ninguno de nuestros caminos, ni ninguno de nuestros pecados, El los conocía todos, absolutamente todos, aún aquellos que para nosotros estaban totalmente olvidados (Sal 139.1-3). Por lo tanto, cuando nos arrepentimos y los confesamos delante de El, El los perdonó y nos salvó.
En segundo lugar, que no solo los perdonó, sino que los olvidó voluntariamente, también de una vez y para siempre. El Sal 103:12 nos enseña que alejó de nosotros nuestras rebeliones, tan lejos como está el oriente del occidente, y en Miq 7:19 nos enseña que El sepultó nuestras iniquidades y echó nuestros pecados en lo profundo del mar. También en Heb 8:12 y Heb 10:17 dice la Escritura que El nunca más se acordará de nuestros pecados, iniquidades y transgresiones. Si El ya no se acuerda de ellos, si El ya los sepultó, ¿por qué seguir recordándolos y permitiendo que ellos nos limiten en cuanto a servir al Señor?
En tercer lugar, para El ya no somos lo que éramos antes de conocerle. En 2 Cor 5:17 nos dice que si estamos en El, somos nuevas criaturas, las cosas viejas pasaron y todas fueron echas nuevas. Si somos nuevas criaturas, la vieja criatura ya desapareció, ya no existe; y si todas las cosas viejas pasaron, pasaron. El pasado ya no determina nuestro presente ni nuestro futuro. Los pecados del pasado ya no determinan nuestro presente ni nuestro futuro. Ellos dos están determinados solamente por Cristo, y lo que El ha determinado es:
Uno. Que ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andamos ya conforme a la carne, sino conforme al Espíritu (Rom 8.1).
Dos. Que nuestra vida es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto (Prov 4:18)
Tres. Que Dios tiene planes de bien y no de mal para nosotros, para darnos un futuro y una esperanza, y que El los cumplirá en nosotros (Num 23:19) porque El no es hombre para que mienta ni hijo de hombre para que se arrepienta.
En cuarto lugar, que El nos ha dado dones para que le sirvamos, y que necesitamos ponerlos en práctica, independientemente de nuestro pasado, porque como parte de un cuerpo, si no funcionamos en aquello para lo cual Dios nos ha equipado, el cuerpo está incompleto, y por ende, no funcionará como está previsto (1 Cor 12).

Así, pues, como dice Pablo, despojándonos de todo lo que nos asedia (la condenación y acusación del diablo, Heb 12:1) y lo que queda atrás (la vieja vida, las cosas viejas), prosigamos hacia la meta del supremo llamamiento de Dios en Cristo, y sirvámosle (Fil 3:13-14).



Sal 139:4-6.

Igualmente, otros muchos cristianos viven hoy con el peso de los pecados que han cometido después de conocer a Cristo, teniéndolos también como una limitación en sus vidas para alcanzar la plenitud de vida en Cristo, a pesar de haberse arrepentido y haberlos confesado delante del Señor para obtener Su perdón. Y a pesar de que se acogen a la Escritura que dice que si confesamos nuestros pecados El es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos de toda maldad (1 Jn 1:9), de todos modos experimentan sentimientos de culpabilidad, condenación, menosprecio y desvalorización por haberlos cometido, sin acogerse y refugiarse en el perdón y olvido de Dios respecto a ellos.

La Biblia nos enseña que esos pecados también Dios ya los conocía aún antes de habernos llamado a Su salvación, que no lo tomaron por sorpresa, y que a pesar de conocerlos, de todos modos El nos llamó a ser parte de Su familia para experimentar la plenitud de vida que ella implica, y a ser parte de Su cuerpo para servirle (Sal 139:4-6).



Sal 139:7-12.

Otros creyentes en Cristo, después de pecar una vez que son salvos, tratan de resolver su pecado huyendo de Dios por los mismos sentimientos de culpa y condenación que el diablo ha traído sobre sus vidas (Rom 8:1, Apo 12:10).
Sin embargo, la Palabra de Dios nos enseña que no es posible huir de El, que a donde quiera que vayan tratando de escapar, ya sea por vergüenza o por otra causa, es tarea más que imposible. A donde vayan, El estará allí esperándolos, para hacerlos volver a El (Sal 139:7-12).
Lo mismo sucede cuando quieren huir de Su presencia para seguir en el pecado, que aún no han aborrecido, que los sigue engañando pensando que en él van a encontrar alguna satisfacción. Al querer huir de Dios lo único que van a lograr es agravar su situación (Sal 32:3-4). Lo mejor es que se vuelvan a El de todo corazón, arrepintiéndose y confesando sus pecados (Sal 32:5) para obtener el perdón de El y que sus vidas sean restauradas a la bendición de El (Sal 32:1).
Por más que traten de escapar de Su presencia, de alejarse de El, El no los dejará triunfar en ese intento, porque los ama y los anhela celosamente (Sant 4:5), y nada los puede separar de Su amor (Rom 8:33-39). Ya sea por agua o por fuego, voluntariamente o por el agravamiento de las circunstancias, caminando o arrastrados por las circunstancias de la vida, van a tener que regresar rendidos a sus pies, como el hijo pródigo (Luc 15:11-32) porque el que comenzó la buena obra en ellos, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo (Fil 1:6), y Dios no se da por vencido, aunque ello implique una creciente disciplina de Su parte (Heb 12:5-10).
Por lo tanto, es mejor que se arrepientan rápidamente, y que vuelvan en sí, volviéndose al Señor de todo su corazón, para ser restaurados a la familia y al cuerpo de El, y con ello, a la plenitud de vida que solo hay en El (Heb 12:12-14).





07 Dic 2009
Referencia: Problemas.