Estudio Bíblico

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Ministerio Reyes y Sacerdotes - Guatemala

La conquista de nosotros mismos.




El primero, más poderoso y persistente gigante que hay que vencer: nuestro yo.



Prov 16:32. Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte; y el que se enseñorea de su espíritu, que el que toma una ciudad.

En este pasaje la Palabra de Dios nos enseña varias cosas importantes que necesitamos tomar en cuenta para alcanzar la plenitud de vida que Dios quiere darnos en Cristo (Jn 10.10) y para vivir dentro de los planes de bien que El tiene para nosotros para que tengamos un futuro y una esperanza (Jer 29.11):
Que las victorias internas son más importantes que las victorias externas.
Que las victorias internas requieren mayor esfuerzo que las victorias externas.
Que las victorias externas, sin las internas, no son lo relevantes que debieran ser.

Si vemos con cuidado a lo largo de toda la Palabra de Dios, en lo que El enfatiza que requiere de nosotros es precisamente la victoria en esas batallas, para ello es que El nos ha dado el poder de Su Espíritu Santo (Hch 1:8, 2 Tim 1:7) nos ha hecho más que vencedores (Rom 8:37), para ello es que vino el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo (1 Jn 3:8) que nos han lastimado y deteriorado el corazón.
En Prov 4:23 enfatiza esa situación: sobre toda cosa guardada necesitamos guardar el corazón, porque de él emana la vida, la calidad de vida que vamos a vivir. Y lo mismo es a la inversa. Si no guardamos el corazón, no vamos a tener calidad de vida, no vamos a alcanzar el propósito de vida que tenemos en Cristo Jesús.

Jesús, cuando iba a ser entregado para morir les dijo a sus discípulos, que el príncipe de este mundo, el príncipe de las tinieblas (el diablo) venía contra El, pero que El no tenía nada que temer porque el diablo no tenía nada en El (Jn 14:30). Lo que Jesús estaba diciendo era que el diablo no le podría hacer nada porque no tenía nada en El, porque en el corazón de Jesús no había ni la más mínima cosa de la cual el diablo se pudiera “agarrar” para hacerle daño a Jesús. Jesús estaba lleno de la Palabra de Dios, de las obras de Dios, del ejemplo de Dios, de tal manera que no había ningún espacio para nada del diablo (Jn 14:7-11). Es lo mismo que nosotros necesitamos llegar a hacer y a decir: estar tan llenos de Dios, de Su Palabra, de Sus obras, de Su poder, que el diablo ya no tenga nada en nosotros.

El diablo no puede hacer nada contra nosotros a menos que tengamos algo en el corazón de lo que él pueda echar mano para fastidiarnos (Sant 1:12-15). Por ello la necesidad que tenemos de renovar toda nuestra alma (pensamientos, sentimientos, decisiones; mente, emociones y voluntad) (Rom 12.2, Efe 4:22-24). No es una obligación hacerlo, es una necesidad. La gran mayoría de problemas y conflictos que enfrentamos diariamente (si no es que todos) se deben, no al diablo ni a las circunstancias ni a las demás personas, sino fundamentalmente, a la falta de control sobre nuestros pensamientos, sentimientos y decisiones. Cuando Jesús les enseñó a sus discípulos acerca de lo que contaminaba al ser humano (Mat 15:17-20) les enseñó que no era lo que comían, sino lo que salía del corazón lo que los contaminaba, lo que los afectaba, lo que los arruinaba, porque era del corazón de donde salían todas las cosas malas que se convertían en pecado (por ello la importancia de guardar el corazón, de ponerle guardas).

La forma como opera el diablo es que el nos manda sus “dardos” (pensamientos o percepciones de las cosas (Efe 6:16), para ver si en nuestro corazón encuentran lugar para tocar “la tecla” que activa nuestros malos pensamientos o emociones, que derivan en decisiones que se convierten en acciones (Sant 1:12-15) cuyo fruto al final es muerte (maldición, mala calidad de vida, problemas, etc.). Por lo tanto, la forma de resolver esos asuntos que nos causan problemas, es guardar el corazón, conquistarlo, de tal manera que esté sometido a nosotros, a nuestro espíritu, que a su vez esté sometido al Espíritu de Dios para que nos vaya bien en todas las cosas. El dolor, el temor, la inseguridad, el desánimo, la frustración, la decepción, el pecado, la malicia, etc., son todas situaciones internas de nuestro corazón, que derivan de nuestros pensamientos, sentimientos y decisiones fuera de control, que nos llevan a actuar de determinadas maneras y nos roban la plenitud de vida en la que Dios quiere que vivamos, pero que no necesariamente tiene que ser así.

La solución a ello nos la da el Padre en 2 Cor 10:3-6 a través de Pablo. Nos enseña que las armas de nuestra batalla no son carnales, no son humanas, no son naturales, sino sobrenaturales, divinas, espirituales, que son tremendamente poderosas para la destrucción de las fortalezas internas que quieren impedir que nuestro corazón sea conquistado, y que están construidas a base de argumentos y pensamientos que se levantan y se oponen al conocimiento de Dios (nuestros propios pensamientos, derivados de la forma de pensar del mundo, que está bajo el maligno, y que por lo tanto, tienen su origen en el diablo, aunque a nosotros nos parezcan nuestros –Prov 16:25--). La forma de destruir esas fortalezas es con la Palabra de Dios (Efe 6:12-18 –la armadura de Dios: la Verdad, la Justicia, el Evangelio, la Fe, la Salvación, la Espada del Espíritu, armas todas que derivan directamente de la Palabra), llevando todo pensamiento (y por ende, todo sentimiento y decisión) “cautivo” a la obediencia a Cristo.

La obediencia a la Palabra de Dios es la base de nuestra bendición (de la vida abundante, de la vida próspera, del cumplimiento de los planes de Dios para nosotros, del cumplimiento del propósito de dios para nosotros –Jn 10.10, Prov 4:18, Jer 29.11, 3 Jn 2, Sal 1:1-3, Jos 1:8, Deut 28:1-14). Y la obediencia a la Palabra comienza con la convicción de renunciar a nuestros propios pensamientos, paradigmas, conceptos, etc., de cómo debe ser nuestra vida en Cristo, aún de aquellos que parecen ser muy teológicos pero que de alguna manera contradicen o minimizan lo que dice la Palabra de Dios, para adoptar los de la Palabra y solamente ellos.

Algunos de esos pensamientos que necesitamos ver transformados son, por ejemplo, todos aquellos que han degradado, en mayor o menor medida, el evangelio, convirtiéndolo en un evangelio “light” que no requiere mayor esfuerzo de nuestra parte contrario a lo que dice la Palabra de que el Reino de los Cielos solo los valientes lo arrebatan (Mat 11:12), y que aún bajo la gracia, necesitamos ser esforzados (2 Tim 2.1). Derivado de ello hay algunos pensamientos que también necesitamos destruir:
Que solo necesitamos leer la Biblia de vez en cuando, o por momentos durante el día, contrario a lo que nos enseña el Sal 1.1-3, que necesitamos meditar en ella de día y de noche y tener en ella nuestra delicia para que nos vaya bien en todo.
Que solo necesitamos orar un poquito de tiempo, de vez en cuando, contrario a lo que nos enseña 1 Tes 5:17, y 1 Tim 2:8, que oremos sin cesar, en todo lugar (que nos mantengamos en comunión con Dios en todo lugar).
Que solo necesitamos ir a la iglesia de vez en cuando, contrario a lo que nos enseña la Palabra en Heb 10.25, que no nos dejemos de congregar disciplina y sistemáticamente.
Que solo por el hecho de haber pasado al frente a hacer una oración ya fuimos salvos, en lugar de lo que la Palabra de Dios dice, respecto a que es necesario que el Señorío de Cristo sea establecido en nuestras vidas y nazcamos de nuevo para ser salvos (Rom 10:8-10).

Necesitamos revisar a la luz de la sola Palabra de Dios, todos los pensamientos que la religión, la tradición, la costumbre, y aún las buenas intenciones pero con gran ignorancia, nos han inculcado, que a pesar de tener apariencia de piedad, la niegan, tal como Jesús les enseñó a los fariseos en su tiempo (Mat 15:1-9), que por sus tradiciones, costumbre (formas de pensar que ellos y sus antepasados habían determinado), habían invalidado la Palabra de Dios, y pensando que honraban a Dios, en realidad no lo estaban haciendo porque su corazón no estaba con el Señor sino con esas tradiciones engañosas.

Necesitamos animarnos a conquistar el alma, a conquistarnos a nosotros mismos, aunque parezca difícil. En realidad no lo es, solo requiere armarnos de valor y fe con la mirada puesta en el fruto que cosecharemos (la vida abundante, la vida plena, la vida prospera, la calidad de vida en todos los aspectos). Recordemos a Goliat: parecía invencible, cubierto totalmente de coraza, yelmo, etc., al punto que parecía impenetrable (como los tanques de hoy), pero que una piedra y una honda guiadas por Dios fueron más que suficientes para vencerlo a pesar de tan acorazada defensa. En Dios lo difícil se hace fácil, lo imposible se hace posible, y lo que está cerrado se abre (Mat 7:7).





09 Feb 2010