Estudio Bíblico

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Ministerio Reyes y Sacerdotes - Guatemala

Un corazón sano.



Gen 1:26-28.
Cuando Dios creó al ser humano, lo hizo para que este viviera en una vida abundante, como resultado de que su corazón era un corazón sano, a la imagen y semejanza del corazón de Dios. Prov 23:7 nos enseña que conforme es el corazón del ser humano, así será su forma y calidad de vida. Por lo tanto, de un corazón sano, iba a emanar una vida sana (Prov 4.23), abundante, plena, satisfactoria, con bienestar (bendición).
Pero, el diablo, en la caída, con el pecado, tenía como uno de sus objetivos hacer que el corazón del ser humano fuera dañado por el temor, el rechazo, la división, etc., de tal manera que fuera privado de vivir en esa vida de bendición, y por el contrario, viviera una vida de maldición (Gen 3:1-19).
Dios en su infinita misericordia, envió a Jesucristo, para rescatar todo lo que se había perdido en la caída (Luc 19.10).


Jn 10.10.

Jesús vino a darnos vida y vida en abundancia.
Jer 29.11: El tiene planes de bien y no de mal para nosotros, para que tengamos un futuro y una esperanza.
Prov 4.18: la vida del justo es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto.
3 Jn 2: El dese que nosotros seamos prosperados en todas las cosas y tengamos salud, así como prospera nuestra alma.

Por otro lado, la Palabra de Dios nos enseña en Prov 4:23, que sobre toda cosa guardada guardemos nuestro corazón porque de él mana la vida.
Si Jesús vino a darnos vida en abundancia, y la vida mana de nuestro corazón, ello quiere decir que nuestro corazón es el canal que Dios usa para enviar la vida abundante que El desea que nosotros tengamos.
Por ello es de vital importancia que nuestro corazón esté sano. Si nuestro corazón no está sano va a constituirse en un obstáculo para que la vida de Dios llegue a nosotros.
De hecho eso es lo que nos enseña Heb 12:15: si en nuestro corazón hay amargura (y la amargura es el resultado directo o indirecto del pecado), no vamos a alcanzar la gracia de Dios (la vida de Dios para nosotros).


Por lo tanto, necesitamos un corazón sano. Y un corazón sano es el resultado de cuatro cosas:
Haber recibido el Señorío de Cristo sobre nuestro corazón y el perdón de Dios por nuestros pecados, de tal manera que hayamos nacido de nuevo y recibido un nuevo corazón (de carne y no de piedra). Ello sucede cuando somos salvos.
Una vez salvos, cada vez que hayamos pecado, arrepentirnos y pedirle perdón a Dios de inmediato (1 Jn 1:9).
Vivir en el perdón hacia los demás por las ofensas y el dolor que nos han causado (Mat 6:14-15).
Pedir perdón por nuestras ofensas hacia los demás (Mat 5:21-26).
Es decir, el corazón sano es el resultado de un estilo de vida caracterizado por vivir en el perdón (recibido y otorgado) en todas sus manifestaciones



Luc 4:18-19, Isa 61.1-11.

La Palabra de Dios nos enseña que Jesús vino al mundo, precisamente, para que nosotros pudiéramos tener un corazón sano, para sanar nuestro corazón en todas sus dimensiones, y remover todo obstáculo de el, de tal manera que la vida abundante que El compró para nosotros en la Cruz, no tuviera ningún obstáculo para fluir libremente a través de nuestro corazón. Según Luc 4:18-19, vino para: dar buenas nuevas a los pobres, sanar a los quebrantados de corazón, dar vista a los ciegos, dar libertad a los cautivos, sacar a los presos de la cárcel, proclamar el año agradable del Señor.
Y todo ello, significa, según Isa 61:1-11 (de donde Jesús toma esa cita de Lucas), sanidad para el corazón de: los abatidos, los quebrantados, los enlutados, los afligidos, los angustiados, los confundidos, los deshonrados.

Jesús vino a traer sanidad en todas sus formas a nuestro corazón, ¿para qué?
Para que fuéramos árboles de justicia, plantío de Jehová, para gloria suya (vivir en comunión y en la presencia de Dios).
Reedificar las ruinas antiguas, levantar los asolamientos primeros, restaurar las ciudades arruinadas y los escombros de muchas generaciones (restaurar las cosas al plan original de Dios).
Vivir una vida de abundancia.
Ser sacerdotes y ministros del Señor.
Es decir, para que tuviéramos una vida plena, de bendición, de abundancia en todo sentido.

Eso quiere decir, que los frutos de un corazón perdonado y perdonador, de un corazón sano, son que:
Glorificaremos a Dios.
Seremos reconstructores de vidas.
Abundancia material, emocional y espiritual.
Doble honra y perpetuo gozo.
Buena enseñanza y herencia nuestras generaciones.
Salvación, justicia.



Los resultados de un corazón perdonador.

No vive en el pasado sino en el presente y el futuro, y por lo tanto vive con esperanza y entusiasmo.
Sabe que la vida plena de Dios no está en el pasado, sino en el hoy y en el futuro (Jer 29.11).
Sabe que para entrar al Reino de Dios y todas sus bendiciones (Mat 6:33), tiene que ver para adelante, no para atrás (Luc 9:62).
Sabe que el premio del supremo llamamiento de Dios está delante de él, no atrás (Fil 3:13-14).
Por lo tanto, deja atrás el pasado (aprende de él, perdona lo que haya que perdonar, y sigue adelante), sabiendo que todas las cosas obran para bien de los que aman a Dios (Rom 8:28-29).
No sigue arrastrando el pasado, se liberó de El mediante el perdón (Heb 12.1) y corre la carrera de la vida abundante de Dios.

No teme el rechazo ni el dolor, no tiene limitaciones ni topes (2 Cor 6:12, Isa 54:2-4), puede emprender grandes proyectos sin temor al que dirán, a la oposición ni al rechazo.
Gen 1:26-28, Efe 2.10: grandes logros.

Vive una vida abundante, plena: buenas nuevas, libertad, la buena voluntad de Dios, consuelo, gloria, gozo, alegría (Isa 61:1-3).
Sensación de libertad (después de haber estado presos).
Sensación de júbilo (nuestro pasado ha sido perdonado).
Borrón y cuenta nueva (nuevas oportunidades).
Sensación de alivio (recibimos consuelo y dignidad).
Experimentar alegría y esperanza a largo plazo.

Siente pasión por lo que es (Sal 139:13-16, Cant 2:14).
Dejamos de preocuparnos por lo que piensan los demás (no dependemos de la opinión de otros).
Comenzamos a ocuparnos en lo que podemos hacer para bendecirlos (sin esperar nada a cambio).
Viviremos una vida llena de pasión en todo lo que hagamos, cumpliendo la misión que Dios nos asignó (sentiremos pasión por el papel que Dios nos ha puesto a desempeñar en esta tierra).

Sueña apasionadamente con lo que Dios hará en, por y a través de él (Efe 2:10, Sal 139:13-16, Hab 2:2-4).


08 Mar 2010