Estudio Bíblico

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Ministerio Reyes y Sacerdotes - Guatemala

Pilares del matrimonio: amor y perdón



Recordemos: los cuatro pilares del matrimonio.
Amor y perdón.
Visión y entendimiento (principios de la Palabra de Dios).
Respeto y honra.
Confianza (creer en la otra persona) y compromiso (para toda la vida).
De estos cuatro pilares, el primero es fundamental: amor y perdón. Sin amor (y el perdón es la otra cara de la “moneda” del amor) la relación matrimonial (y cualquier otra relación) no es viable.



El amor.

“Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando.” (Jn 15:12-14).
“Si solo están preocupados por su propia vida, la van a perder. Pero si están dispuestos a dar su vida por causa mía, les aseguro que la van a ganar.” (Mat 10:39, Biblia en Lenguaje Sencillo).
Dios es amor (1 Jn 3:8).
El amor es el principal y fundamental ingrediente para el éxito en el matrimonio (Ecle 4:9-12, 1 Cor 13:1-3).
Sin amor: solo hacemos ruido, no somos nada y de nada sirve lo que hagamos.

Amar es un verbo (1 Cor 13:4-8), ello es indicativo que implica acciones (obras son amores y no buenas razones) más que sentimientos. Y la Palabra de Dios nos lo enseña muy claramente cuando define el amor:
Es sufrido: no amamos para ser felices; amamos para hacer feliz a la otra persona aún al precio de nuestra propia felicidad y sufrimiento.
Es benigno: solo busca lo bueno, lo mejor, para la otra persona, no para sí mismo; es servicial, da su vida por la otra persona.
No tiene envidia: no experimenta dolor por no tener lo que otros tienen; más bien se goza con ello; no experimenta celos de ningún tipo (temor a perder lo que tiene, a la otra persona).
No es jactancioso: no hace alarde ni se basa en su justicia propia, en sus méritos, ni en sus habilidades, ni en sus capacidades; no reclama derechos ni reciprocidad por sus acciones.
No se envanece: no se enorgullece de sus actos, no se alaba a sí mismo por sus actos.
No hace nada indebido: es respetuoso de la otra persona, honra, no usa.
No busca lo suyo: no es egoísta, no está centrado en sí mismo sino en la otra persona.
No se irrita: tiene paciencia, no manifiesta violencia de ningún tipo ni en ninguna escala (aunque sea mínima) en contra de la otra persona cuando las cosas no son como él o ella quisieran.
No guarda rencor: no toma en cuenta el mal que le pueden hacer y ante él, vive continuamente en el perdón, haciendo lo que este de su parte para estar en paz con la otra persona; no deja que ninguna falta de perdón permanezca en su corazón, para que no se arraigue alguna raíz de amargura que lo contamine y contamine a otras personas impidiéndoles alcanzar la gracia de Dios (Heb 12.14-15).
No se goza de la injusticia: no busca ni quiere venganza, no se alegra con el mal, el dolor, el sufrimiento, los problemas, las contrariedades, las adversidades, etc., ajenas. Más bien, está presto a auxiliar, levantar, animar, apoyar, etc.
Se goza de la verdad: se goza en seguir la Palabra, en lo eterno, más que en lo temporal. Está dispuesto a sacrificar lo temporal por lo eterno, y lo hace con gozo.
Todo lo sufre: no toma en cuenta el mal, el dolor, el sufrimiento, anteponiendo los intereses de la otra persona a los suyos propios. Si debe negarse a sí mismo, lo hace con gusto.
Todo lo cree: no deja de confiar en la otra persona; cree de ella como Dios cree; la ve como Dios la ve; siente acerca de ella como Dios siente; piensa de ella como Dios piensa. No se guía por lo mundano, sino por lo que dice la Palabra de Dios.
Todo lo espera: espera el tiempo que sea necesario por el bien de la otra persona; no se desespera.
Todo lo soporta: es paciente, perseverante, firme, persistente.

Un matrimonio sin Dios (el amor) en control y sin la aplicación de sus principios, más temprano que tarde va a ser un fracaso (Jn 15:1-10). Por ello, nuestra meta personal en el matrimonio necesita ser desarrollar cada día más esas características. No es que tengamos que ser perfectos en ellas desde el principio, pero si que estemos empeñados en lograr el mayor grado de ellas en nuestra vida matrimonial (Prov 4:18, Fil 1:6).


El perdón.

La Palabra nos enseña que todos ofendemos muchas veces, continuamente (Sant 3.2).
Las ofensas son el resultado del pecado que nos rodea, y de la carne que aún existe en nosotros en alguna medida.
La solución para las ofensas solamente es una: el perdón. Y el perdón tiene dos facetas o vías:
o Cuando nos ofenden: perdonar.
o Cuando ofendemos: pedir perdón.

El perdón no es:
Hacer como que la ofensa no sucedió (eso es negación, evasión, y finalmente, un pecado porque es mentira).
Olvidar: esa es otra forma de lo mismo anterior. El perdón no es olvido, que muchas veces es posible, pero el perdón despoja al recuerdo del dolor que la ofensa implicó.
Asumir nosotros toda la responsabilidad de lo que sucedió. La ofensa, aún cuando nosotros tengamos responsabilidad en el asunto, sucedió y la otra persona tuvo parte en ello, y necesitamos resolver ambas partes para tener una verdadera sanidad en nuestro corazón.

Perdonar es:
En primer lugar, reconocer:
 Que una persona nos ofendió.
 Que hay una ofensa que provocó en nosotros dolor.
 Que esa ofensa provocó también ramificaciones que nos dolieron.
 Que esa ofensa provocó en nosotros reacciones carnales y pecaminosas.
En segundo lugar, decidir perdonar:
 A la persona, la ofensa y las ramificaciones que provocó la situación.
En tercer lugar, pedir perdón por nuestras reacciones carnales y pecaminosas a la persona que recibió nuestras reacciones.
 Si no pedimos perdón, nuestras ofrendas (alabanza, adoración, oración, peticiones, ofrendas monetarias, etc.) no pueden ser recibidas por el Padre (Mat 5:23-26) y por ende, estarán a la espera de ser presentadas (cuando pidamos perdón) y de ser respondidas.

La cantidad de veces que debemos perdonar es 7 multiplicado setenta veces por sí mismo (Mat 18:21-22). Ello implica, prácticamente, vivir perdonando cada segundo de cada día, si ello fuera necesario. El perdón es, entonces, parte del estilo de vida del discípulo.
La base del perdón es la sangre de Cristo que perdonó, limpió y borró todo los pecados presentes, pasados y futuros de toda la humanidad (Efe 4:32, Col 3:13).

Perdonamos porque Dios ya perdonó en Cristo, no solo a la persona, la ofensa y las ramificaciones que nos afectaron, sino a nosotros mismos (y por cosas mucho mayores que las que nos hicieron a nosotros) (Mat 18:23-35, la parábola de los dos deudores).
Si no perdonamos al otro (ya Dios lo perdonó en Cristo, por Su sangre derramada en la Cruz), invalidamos la Sangre de Cristo para el perdón de todos los pecados, y por lo tanto, la invalidamos para perdonar los nuestros:
Si no perdonamos a los que nos ofenden, nuestro Padre no puede perdonarnos nuestros pecados (Mat 6:14-15, Mar 11:25-26) porque, al no perdonar los pecados de otro ya perdonados por El, estamos invalidando Su gracia y la sangre de Cristo como suficientes para el perdón de todos los pecados.

14 Jul 2010